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Saint-Denis, panteón real de Francia

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Es una pena que un lugar tan fascinante como la catedral de Saint-Denis no sea tan conocido no tan visitado como otros de París. La explicación hay que buscarla en que se halla fuera del centro de la ciudad, al noreste, en la misma zona que el Stade de France, el Museo del Aire y el Ejército, el Parque de la Villette o la Gèode. Pero merece la pena coger el Metro (Línea 13) o el RER (Línea D) y acercarse al lugar donde se enterraba a los reyes de Francia, pues encima abre todos los días.

La catedral sólo tiene esa categoría desde 1966, que fue cuando se creó la diócesis de Saint-Denis. Por lo demás sigue siendo una abadía benedictina que se construyó para rendir culto a los restos del santo en cuestión sobre el mismo lugar que antes ocupara una iglesia carolingia y, antes, un cementerio romano. El nuevo templo empezó a construirse en estilo románico pero pronto se pasó al gótico para permitir ventanales mayores y, por tanto, más luz para exponer las mencionadas reliquias. También en Saint-Denis se custodiaba la Oriflama, el pendón de guerra que enarbolaban los monarcas en campaña.

Desde que fue inhumado el primero, Dagoberto I, la catedral fue acogiendo a los miembros de la realeza gala y hoy se pueden encontrar allí los mausoleos de Hugo Capeto, Blanca de Castilla, Francisco I (el enemigo de Carlos V por excelencia), Enrique IV (autor de la frase inmortal «París bien vale una misa»), Catalina de Médici, Luis XIII y su esposa Ana de Austria (inmortalizados por Dumas en Los tres mosqueteros), Luis XIV (el Rey Sol), Luis XVI y su mujer María Antonieta (guillotinados durante la Revolución) y otros muchos soberanos y familiares, aparte de personajes históricos como Carlos Martel o Bertrand Du Guesclin y una curiosidad: el corazón del Delfín de Francia único resto que queda del que hubiera sido Luis XVII.

Y es que durante la Revolución las tumbas fueron profanadas y los cadáveres enterrados bajo un túmulo, no sin que antes algunos se expusieran públicamente a la multitud para que comprobara que no se diferenciaban del resto de los ciudadanos. Pasado el furor revolucionario Napoleón mandó restaurar los sepulcros y Luis XVIII devolvió los restos mortales a su sitio. Así, todos ellos están inhumados entre el transepto, la girola y la cripta, donde además se exponen diversos objetos y tesoros que se pueden contemplar siempre que no haya misa.

Respecto a la catedral, llegó a amenazar ruina y tuvo que ser sometida a procesos de restauración en varias fases, en alguna de las cuales participó el prestigioso Viollet-le-Duc, hasta que en 1840 se declaró al edificio Monumento Histórico. Fue el mismo año en que se instaló un magnífico órgano, el primero del maestro Aristide Cavaillé-Coll. Todo ello dota a Sain-Denis de un gran atractivo turístico que añadir al plan a la hora de buscar vuelos baratos a París.

Los Inválidos de París

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Una de esas visitas obligadas que hay que hacer cuando se reservan vuelos baratos a París es la de Los Inválidos. Y es que, aparte de la monumentalidad del propio edificio, su iglesia y sus museos, no se puede pasar por la capital de Francia sin ver la tumba de quien fue el amo de Europa entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, Napoleón Bonaparte.

La historia del Hôtel des Invalides, sin embargo, empezó mucho antes. Fue a iniciativa del monarca Luis XIV, que encargó al arquitecto Libéral Bruant una residencia para militares retirados que estuvieran heridos y/o no tuvieran hogar. Las obras comenzaron en 1670 bajo la dirección de Jules Hardouin-Mansart y concluyeron en 1674, dando alojamiento inmediatamente a 4.000 veteranos que empleaban su tiempo de ocio en fabricar zapatos, uniformes y correajes. Los heridos y lisiados fueron albergados en el hospital que, tras la Segunda Guerra Mundial, recuperaría esa función. El edificio presenta una larga fachada de 196 metros de longitud decorada en su parte superior con estatuas, tras la cual parece brotar la imponente cúpula barroca revestida con láminas de plomo dorado y que nunca pierde su brillo porque se renueva cada 50 años.

Esta cúpula corresponde a la iglesia, que no se terminó hasta 1706 porque al Rey Sol no le gustó el diseño inicial: no quería asistir a los oficios religiosos mezclado con la plebe, así que Hardouin-Marsant optó por dividir el espacio interior en dos iglesias aunque arquitectónicamente aparenten una sola: la del Dome, destinada a la familia real, y la de Saint Louis, para los soldados. La primera estaba concebida también como panteón de reyes, aunque ninguno llegó a ser enterrado allí. Sí lo fue, en cambio, Napoleón, cuyos restos fueron traídos en 1840 desde la isla de Santa Helena por orden de Luis Felipe de Orleans respetando así el deseo del Emperador de descansar junto al Sena. Las cenizas están metidas en 6 ataúdes encajados uno de otro con una tumba exterior de porfirio rojo importado de Rusia y realizada por Joachim Visconti. Se halla colocada en el centro de una cripta circular en las que las paredes se adornan con las hazañas militares del difunto. En el segundo piso, desde el que se ve la mejor perspectiva del mausoleo, están enterrados sus hermanos José y Jerome; en 1940 Hitler entregó también los restos de su hijo al Gobierno de Vichy. Los sepulcros se completan con los de los mariscales Lyautey, Foch y Leclerc.

Los alojamientos de los soldados son hoy las salas de los museos militares de París: Musée de l’Armée (del Ejército, desde la Prehistoria hasta la Segunda Guerra Mundial), Museo de la Orden de la Liberación (fundada para rendir honores a los héroes de ese conflicto), Museo de Planos y Relieves (cartografía y maquetas) y Memorial Charles de Gaulle (en el ala nueva, donde hay una exposición sobre esa misma guerra). Además hay que destacar los jardines diseñados por De Cotte en 1704, con largas filas de cañones de bronce, y el patio de honor, que aún se usa para paradas militares y donde resalta la estatua de Bonaparte.

La Catedral Metropolitana de Buenos Aires

Catedral Metropolitana Buenos Aires

En el barrio de San Nicolás, frente a la plaza de Mayo, la Catedral Metropolitana de la Santísima Trinidad de Buenos Aires es ruto de un larguísimo parto con dolores y fórceps. Pocas catedrales, si es que hay alguna otra, han sido reedificadas cinco veces partiendo de sus cimientos. Y es que desde la primera iglesia parroquial de 1580 hasta el templo actual, inaugurado oficialmente en 1791 (sin acabar del todo), los sucesivos obispos bonaerenses tuvieron que afrontar la reconstrucción de unos muros que casi siempre encontraban en estado ruinoso. Tanto es así que alguna vez incluso se derrumbaron, como en 1752.

El proyecto definitivo tardó 38 años en terminarse, aunque hubo que añadirle luego un frontis y las torres, ya en el siglo XIX. Aún así, el edificio está hoy catalogado como Monumento Histórico (1942), y con razón: no hay muchos que puedan presumir de un pasado tan intenso.

Arquitectónicamente tiene un frontal neoclásico -como se ha visto, fue lo último que se añadió- muy similar al de La Madeleine parisina. Las doce columnas representan a los Apóstoles y el frontón recrea escenas de Jacob y José, metáfora en realidad de la unificación nacional (por el Pacto de San José de Flores, en 1859, Buenos Aires, hasta entonces independiente, se incorporó a la Confederación Argentina).

En el interior, una vez traspasado el nártex, encontrarás un espacio de proporciones ciclópeas: 3.000 metros cuadrados estructurados en cinco naves abovedadas, la central con una altura cercana al centenar de metros. En su intersección con el crucero está la cúpula barroca, asentada sobre un gran tambor.

De la decoración cabe destacar la sillería del presbiterio y las tallas del Santo Cristo de Buenos Aires (del siglo XVII) y la Virgen de los Dolores. Pero, sobre todo, hay que fijarse en el churrigueresco altar mayor, y en el mausoleo de José de San Martín, obra del escultor francés Carrier-Belleuse, donde descansan los restos mortales del libertador de Chile y Perú, que era porteño. Si tomas un vuelo a Buenos Aires para conocer esta cosmopolita ciudad y visitas la catedral podrás asistir al espectáculo del cambio de guardia que efectúan cada día los granaderos encargados de escoltar el sepulcro.