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Teatro de la Maestranza

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Los vuelos baratos a Sevilla no sólo descubrirán al visitante las callejuelas de los barrios típicos, los palacetes, las hermosas plazas o cualquiera de las bellezas tradicionales de la capital andaluza. Algunos de sus atractivos son mucho más jóvenes, casi recientes se podría decir, como todas las edificaciones nacidas con ocasión de la Exposición Universal de 1992.

Y un buen ejemplo de ello es el Teatro de la Maestranza, hoy convertido en el primer centro artístico de la ciudad. Fue construido en 1991 según el diseño de los arquitectos Aurelio del Pozo y Luis Marín, que debían dotar a Sevilla de un espacio para representaciones musicales acorde al magno evento que se avecinaba para el año siguiente. Su proyecto aunaba funcionalidad y estética, aprovechando el solar que hasta entonces ocupaba el cuartel de la Real Maestranza de Artillería que le da nombre; de ese edificio se decidió conservar la fachada.

Tal como estaba previsto, la inauguración fue un soberbio espectáculo en el que intervinieron algunas de las figuras más destacadas del bel canto, como Plácido Domingo, José Carreras, Montserrat Caballé, Alfredo Kraus, Teresa Berganza o Pedro Lavirgen, entre otros. Lo hicieron en un complejo cilíndrico de 20.000 metros cúbicos realzados por una cúpula de 47,20 metros, ante los 1.800 espectadores que abarrotaban el aforo.

Una acústica envidiable que permite representar obras de géneros diversos (ópera, zarzuela, conciertos, ballet, flamenco…) y el uso de tecnología puntera son lógicos en un lugar que había de servir de sede de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y a la temporada de ópera de la ciudad. Pero, además, el Teatro de la Maestranza dispone de otras salas complementarias para exposiciones temporales, por ejemplo, o teatro experimental, así como una para representaciones de óperas de cámara, más pequeñas. Además ha incorporado a su recinto los antiguos jardines de la Caridad, donde se alza la estatua de Miguel Mañara.

Foto: secciondeactividades.blogspot.com

El teatro romano de Málaga

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Una de las ventajas de Málaga es que se puede recorrer en un solo día la mayor parte de su patrimonio monumental arqueológico porque todo él se halla en un mismo barrio. Por eso resulta espectacular contemplar unas ruinas romanas junto a otras medievales y éstas al lado de las más modernas. Y por eso la visita al teatro romano es especialmente grata: porque está ubicado en el número 8 de la calle Alcazabilla, justo a los pies del cerro donde se yergue la imponente Alcazaba.

Construido en el siglo I a. C durante el gobierno del emperador Octavio Augusto, se diferencia de los teatros de su época en que se hizo siguiendo el tradicional modelo griego de aprovechar la ladera de la colina, algo que les vino muy bien a los árabes cuando decidieron aprovechar sus piedras como cantera para la fortaleza que construían en lo alto de ella. Al fin y al cabo, debieron pensar, sólo estaban reutilizando algo que había dejado de usarse en el siglo III d. C; al menos para representaciones escénicas, pues parece probable que en las centurias siguientes sí se le diese alguna función de distinta naturaleza.

En cualquier caso, nadie tuvo noticia del teatro hasta el año 1951, en que afloraron sus restos durante las obras de construcción de los jardines de la llamada Casa de Cultura. Por increíble que parezca, ello no fue obstáculo y continuaron los trabajos de lo que fue oficialmente el Palacio de Archivos y Bibliotecas, que se alzó allí hasta que en 1994 fue demolido para facilitar los trabajos arqueológicos y la posterior rehabilitación del edificio romano.

Hoy se pueden distinguir las tres partes clásicas: una cavea o graderío semicircular (de 31 metros de radio por 16 de altura) dividido en secciones por praccinctiones (pasillos) y dotado de vomitorios abovedados; una orchesta, también semicircular, de 15 metros, que dividía las gradas del escenario y que servía de palco; y un proscenium o escenario, con su pulpitum (tarima de madera) y su frons scenae, pared tan alta como la cavea y que, colocada al fondo, servía para mejorar la acústica.

En octubre de 2010 se añadió el centro de interpretación, un pequeño edificio cuadrangular de acero, madera y cristal decorado exteriormente con grabados de extractos de leyes romanas. Sin embargo, las entradas no se sacan aquí sino en la taquilla de la Alcazaba, y son gratuitas. Más razones, pues, para aprovechar alguno de los vuelos baratos a Málaga y acercarse a la Alcazabilla. Sólo cierra los lunes y hay visitas nocturnas previa reserva.

El bonaerense Teatro Colón

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Si alguien hace uso de los vuelos baratos a Buenos Aires y decide recorrer turísticamente la ciudad, uno de los sitios más emblemáticos que puede visitar es el Teatro Colón. Se trata de uno de los mejores teatros del mundo tanto por su magnífica acústica como por la belleza de su decoración.

Originalmente concebido como espacio para la lírica, el Colón fue inaugurado en 1908 después de casi 20 años de obras dirigidas por arquitectos del fuste de Francesco Tamburini, Vittorio Meano y Jules Dormand, que le confirieron ese eclecticismo de estilos tan típico de finales del siglo XIX: a la apariencia griega exterior se suman características de la arquitectura renacentista italiana o la decoración francesa, entre otras.

Ubicado en Cerrito, entre Tucumán y Viamonte, ocupa 8.200 metros cuadrados en los que caben 2.487 espectadores distribuidos en varios niveles, los cuales se identifican con una divertida nomenclatura extraoficial: cazuela, tertulia, galería, gallinero, paraíso e infierno, según la altura a la que se encuentren. En cualquier caso, todos abocados a la gran sala de 32 metros de diámetros por 75 de fondo (tiene forma de herradura) cubierta por la esplendida cúpula de Marcel Jambon, que en 1966 sería repintada por el artista local Raúl Soldi, y de la que cuelga la espectacular araña de 7 metros de diámetro y 702 bombillas. El escenario, por su parte, también es considerable, midiendo 35 x 34 metros.

Pero no sólo destaca la belleza de la sala. Desde la entrada misma, en la que una marquesina de hierro forjado aporta el toque más moderno, se aprecia un gusto exquisito por la decoración: el hall está cubierto por otra gran cúpula (ésta de vidrio, a 25 metros de altura) y da acceso, mediante una escalinata de mármol de Carrara, a salones como el de Bustos (adornado con efigies de compositores), el Dorado o el Blanco. Incluso hay un museo.

El teatro fue sometido a restauración en 2006 de cara a los fastos del Bicentenario de la Independencia de Argentina, reabriendo en 2010. A la política de abrir la ópera al público popular se añaden las visitas guiadas que recorren pasillos, talleres, camerinos, sótanos y otros recovecos que ayudan a mostrar el día a día de este singular monumento de Buenos Aires.

El Teatro Arriaga

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Los vuelos baratos a Bilbao llevan inevitablemente a hacer una visita al barrio del Arenal, lo que obliga a pasar ante el Teatro Arriaga, uno de los edificios emblemáticos por excelencia de la ciudad en el terreno de las artes interpretativas junto al Palacio Euskalduna: si éste se dedica, por su mejor equipación técnica, a la música, el Arriaga ha quedado en exclusiva para la escena, adaptándose a los tiempos.

En realidad fue su dedicación primigenia después de que la población se quedara sin lugar fijo para las funciones al arder el Teatro Cómico, construido en la calle Ronda en 1799 y quedar su sustituto de 1834, el Teatro de la Villa, muy maltrecho por los sitios de Bilbao durante las inacabables Guerras Carlistas que jalonaron el siglo XIX. Como, de todas formas, se quedaba pequeño para el creciente número de habitantes, se encargó al arquitecto municipal, el cántabro Joaquín de Rucoba y Octavio de Toledo, la erección de un nuevo edificio sobre el anterior que debía tener 1.500 plazas y una curiosa condición: no obstaculizar las labores habituales en el cercano muelle de la ría. Así nació, en 1890, el Teatro Arriaga, nombre puesto en honor de uno de los compositores nacionales más importantes, popularmente conocido como el Mozart español. Quien lo deseara, podía pagar 15 pesetas y oir las actuaciones de ópera ¡por teléfono!

Frente al estilo neoclásico del predecesor, el nuevo teatro es neobarroco, presentando una planta exenta trapezoidal, fachada curva con balcón corrido sustentado por ménsulas en forma de titanes -que no son de piedra sino de hormigón, importados de Francia-, pequeño frontón flanqueado por torrecillas cupuladas y abundancia de decoración escultórica exterior por todo el conjunto. En el interior destacan los tres niveles sobre el patio de butacas, sostenidos por columnas y con barandillas doradas a elegante juego con el terciopelo rojo de las butacas. El foso tiene capacidad para una orquesta de 60 músicos y el telón es cortafuegos.

No obstante, conviene advertir que en 1914 sufrió un incendio en plena función de zarzuela, por lo que hubo que encargar una restauración -y, de paso, ampliación- a Federico de Ugalde, que se terminó en 1919. No sería la única desgracia, pues en 1983 las terribles inundaciones que sufrió la ciudad lo dejaron en muy mal estado. Para entonces se encontraba en medio de nuevas reformas ordenadas a Francisco Hurtado de Saracho por el Ayuntamiento, su nuevo gestor desde 1978, pues había estado languideciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX hasta terminar reconvertido en cine. Concluidas las obras en 1986, hoy está gestionado por una sociedad anónima municipal. Anecdóticamente se pueden comparar los mil millones de pesetas invertidos, frente al millón que costó la construcción en 1890.

El Palacio Euskalduna de Bilbao

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Bilbao está mucho más al alcance del turismo que nunca gracias a una importante serie de ofertas de vuelos. Buena parte de esta atracción proviene del plan de recuperación de la ría y su entorno, en el curso del cual se dotó a la ciudad de importantes infraestructuras. La más conocida es el Museo Guggenheim pero hay otra que también fue crucial para modernizar y poner en el candelero a la capital vizcaína: El Palacio Euskalduna.

El Palacio Euskalduna de Congresos y de la Música se levantó entre 1994 y 1999 siguiendo el proyecto ganador del concurso que se había convocado, El buque fantasma, obra de los arquitectos Federico Soriano y Dolores Palacios. Ambos proponían un innovador edificio que se inspiraba en el casco de un barco en pleno proceso de construcción en un astillero, en homenaje a los terrenos donde había de emplazarse, lo que antes eran los Astilleros Euskalduna que, a la postre, darían nombre definitivo al complejo. Para acentuar ese aspecto una de sus fachadas, la que se halla de cara a la ría, está hecha de planchas metálicas oxidadas que recuerdan así la antigua actividad siderúrgica naviera; la otra presenta materiales más convencionales, como piedra y cristal, decorándose el terreno de alrededor con el llamado Bosque de farolas, compuesto por elementos de iluminación de varios brazos, como si fueran árboles.

En el interior, el auditorio, fabricado en madera, tiene capacidad para 2.164 localidades y presume del escenario más grande de España y segundo de Europa, con 1.770 metros cuadrados. Además hay tres salas menores, otras ocho de ensayo, siete de conferencias y varias instalaciones complementarias, entre ellas el Restaurante Etxanobe, dirigido por Fernando Canales Etxanobe, que posee una estrella Michelín y dos soles de la Guía Repsol. En total es un complejo de 53.000 metros cuadrados (25.000 construidos) para todo tipo de espectáculos interpretativos -entre ellos la temporada de ópera de Bilbao-, reuniones, congresos y similares que se ha convertido en una de las locomotoras económicas de Vizcaya: se calcula que a lo largo de estos diez años de actividades ha generado 7,5 euros, más dinero del que costó su construcción, presupuestada en 81 millones de euros.

Para asistir a alguno de sus eventos o simplemente disfrutar de la arquitectura de este lugar, catalogado como Mejor centro de congresos del mundo por la AIPC (Asociación Internacional de Palacios de Congresos), basta con reservar alguno de los vuelos baratos a Bilbao y acercarse hasta la Avenida Abandoibarra número 4. Se puede hacer en tranvía o Metro.

Foto: www.plataformaarquitectura.cl

El Royal Albert Hall

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Desde que abundan tanto los vuelos baratos a Londres la gente empieza a familiarizarse con algunos lugares emblemáticos de Europa. Uno de ellos es el Royal Albert Hall, el teatro más importante de Inglaterra -con permiso de El Globo shakespeariano-, un símbolo del poder del Imperio Británico y de la era de grandeza que ahora es Monumento Histórico Nacional.

Sin embargo el Royal Albert Hall no nació por arrogancia sino todo lo contrario. Fue la muerte del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, marido de la reina Victoria, la causa de su construcción. Él murió en 1861 y su esposa decidió honrar su memoria erigiendo diez años después aquel teatro que, junto con los cercano Albert Memorial y el Victoria & Albert Museum, forman una zona casi temática en Kensington que algunos llaman en broma Albertópolis.

Lo diseñaron Francis Fowke y H. Y. Darracott Scott como un clásico anfiteatro romano, con forma oval (91 x 72 metros de diámetro x 41 de altura) de paredes de ladrillo rojo y una cúpula de cristal engarzado en hierro forjado, muy típica de la época. Dimensiones gigantescas para el siglo XIX, pues podía acoger hasta 8.500 espectadores, aunque en la actualidad se limita el aforo a 5.000 por seguridad. El perímetro del vestíbulo está decorado con un friso corrido, que representa el triunfo de las Artes y las Letras, obra de la Ladie’s Mosaic Class del Victoria & Albert Museum. Además se le dotó con el órgano más grande del país.

Pese a su ambición, en 1969 hubo que instalar en el techo unos difusores de fibra de vidrio porque la acústica era tan mala que generaba eco. Fue el mismo año en que Pink Floyd terminó su concierto disparando dos descomunales cañonazos que hicieron temblar la estructura y provocaron el veto al grupo para siempre. Y es que por el Royal Albert Hall han pasado cientos de grupos de música moderna que con los conciertos de música clásica suman más de 150.000 representaciones, entre ellas algunas de otra naturaleza (Cirque du Soleil, ballet, boxeo, sumo, etc).

Pero lo más característico son los Proms, varias semanas de conciertos populares (el patio central se llena de espectadores de pie) que terminan con el público cantando al unísono Rule Britannia mientras enarbola banderas. Este espectáculo ha originado una tradición -esto es Londres– denominada Standing the qeue, que simplemente es guardar horas y horas de cola para sacar una entrada. Merecería la pena echar un vistazo al buscador de vuelos para intentar asistir (es en verano).

También en el Royal Albert Hall celebra su Remembrance Sunday la Legión Británica, en recuerdo de los caídos en las guerras mundiales. Y muchos cinéfilos no olvidarán la escena final de El hombre que sabía demasiado que Alfred Hitchcock rodó allí dándole el mayor suspense posible a un toque de platillos.

Teatro Nacional Cervantes

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Uno de los edificios más importantes de Buenos Aires, catalogado como Monumento Histórico Artístico Nacional en 1995, es el Teatro Nacional Cervantes, situado entre la calle Libertad y la avenida Córdoba. Se trata del único teatro de consideración nacional de Argentina, por lo que merece una visita si el viajero está en suelo porteño aprovechando alguna de las ofertas de vuelos a la ciudad.

Lo curioso es que este edificio guarda una estrecha relación con España, que fue quien impulsó su creación y no en tiempos coloniales sino bastante más recientes. Todo empezó en 1897, cuando la prestigiosa actriz y directora María Guerrero, renovadora del arte dramático y de su puesta en escena, arribó a la capital argentina con la compañía que dirigía su marido, Fernando Díaz de Mendoza. Su triunfo fue apoteósico hasta el punto de que cada año se esperaba la llegada de su gira con impaciencia. Fruto de esta amistosa reciprocidad, la actriz decidió financiar la construcción de un gran teatro en 1918.

La idea entusiasmó en Argentina pero también en España, donde una decena de ciudades donaron diversos materiales (azulejos, pintura, tapices, cortinajes, lámparas…) y el rey Alfonso XIII solicitó a todos los buques que viajaban al puerto bonaerense que fueran trasladando dichas piezas. Con ellas y lo aportado en propio suelo local los arquitectos Fernando Aranda y Emilio Repetto diseñaron un edificio inspirado en el de la Universidad de Alcalá de Henares, mezclando estilos plateresco y herreriano. Setecientos trabajadores aunaron esfuerzos para erigirlo y el 5 de septiembre de 1921 se inauguró con una representación de la obra de Lope de Vega La dama boba, protagonizada, claro está, por María Guerrero. Ésta rechazo modestamente que se diera su nombre al lugar.

Quien reserve alguno de los vuelos baratos a Buenos Aires y lo visite podrá admirar los tres salones que lo componen: el principal es el María Guerrero, de estilo italiano, que tiene capacidad para 860 espectadores entre su platea, palcos y balcones; luego está el Orestes Caviglia, pensado para que 150 personas asistan a conciertos de cámara y otros espectáculos pequeños; por último el Luisa Vehil, también llamado Dorado por su parecido con el salón homónimo del Palacio Real de Madrid (a su vez conocido como Salón María Luisa), carece de platea y escenario porque es polivalente.

Sin embargo faltó poco para que el teatro desapareciera. En 1926 los altos costes de mantenimiento provocaron el endeudamiento del matrimonio Guerrero-Díaz, algo que se pudo salvar gracias a la intervención del artista Enrique García Velloso, quien convenció al gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear para que el Estado se hiciera cargo. Desde entonces, el teatro pasó a ser patrimonio nacional. Pero el dinero no pudo evitar el incendio que lo destruyó casi por completo en 1961. Una laboriosa reconstrucción tomando como modelo lo poco que se había salvado y completando el resto a base de documentación fotográfica permitió reabrirlo siete años después.

El Palau de la Música Catalana

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Quien haya escrito Barcelona en su buscador de vuelos y se haya planteado una visita a este exhuberante Palau de la Música Catalana debe tener en cuenta que, salvo que vaya en un tour, es difícil lograr verlo por dentro: no se hacen reservas y normalmente hay que sacar entrada con días de antelación. Ahora bien, si se consigue, merece la pena.

En 1904 el Orfeón Catalán le encargó al arquitecto Lluís Doménech i Montaner la construcción de una sede social, para lo cual se adquirieron los terrenos que ocupaba el viejo claustro del convento de San Francisco. Las obras duraron cuatro años y en 1908 una nueva joya del Modernismo, aún más suntuosa si cabe que las demás, se erigía en la calle Sant Pere més Alt, en el barcelonés barrio de La Ribera. concebido por su autor como una oda a Cataluña. Al estar en un callejón estrecho es difícil contemplar toda la fachada, realizada en ladrillo rojo con columnas y arcos decorados mediante mosaicos de trencadís (cerámica); quizá por eso la esquina del edificio se convierte en protagonista, con una enorme escultura de piedra (realizada por Miquel Blay) dominada por una gran figura femenina sobre la que se alza San Jorge y que, junto a otras figuras que representan tipos catalanes, es una alegoría de la cançó popular local.

Sin embargo lo más impresionante es el interior. El piso bajo está destinado a oficinas pero el vestíbulo, con una preciosa escalera que alterna piedra con vidrio, prepara al visitante para que, ya en la segunda planta, pueda enmudecer de asombro a la vista del auditorio, la gran sala de conciertos (2.049 personas de aforo) dominada por una espectacular cúpula invertida de vidrio que permite la iluminación natural de la estancia. Algo en lo que ayudan las paredes, también de cristal (caso único en Europa), con pilastras ornamentadas a través de motivos florales y cabezas de dragón entre otros muchos. El escenario, cuyo fondo lo constituyen los tubos del órgano, se halla flanqueado por esculturas de Diego Massana (terminadas por Pablo Gargallo) que representan la música internacional (Cabalgata de las walkirias; Wagner siempre tuvo muchos seguidores en la ciudad condal) y la de Anselm Clavé, creador del Orfeón.

Falla, Stravinsky, Ravel, Prokofiev, Strauss, Caballé y otros clásicos dejaron su arte en el Palau. Pero también Ella Fitzgerald, Serrat, Raimón y actores, pues es un local multidisciplinar. Tanto que incluso alberga actos políticos: en 1960 el público cantó el Els segadors en el centenario del poeta Joan Maragall como protesta por la prohibición franquista, terminando todo con la intervención de la Policía.

En 1971 se declaró Monumento Nacional al Palacio, procediéndose a una restauración. Entre 1983 y 1989 el arquitecto Óscar Tusquets dirigió una ampliación a través de un edificio adosado y en el año 2000 se dotó a éste de biblioteca, archivo y camerinos. Trea años antes, en 1997, la UNESCO le había concedido la categoría de Patrimonio Mundial. Si además de visitarlo turísticamente aprovechando los vuelos baratos a Barcelona se puede asistir a alguno de los más de doscientos conciertos que hay al año, tanto mejor pues su acústica es excepcional.