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Las murallas y baluartes de Dalt Vila (Ibiza)

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Los vuelos baratos a Ibiza no sólo suponen playa, sol y fiestas locas en discotecas. También es de gran interés conocer la capital y,sobre todo, el casco viejo conocido como Dalt Vila que, envuelto en un impresionante sistema defensivo a base de murallas y baluartes fortificado, ha sido catalogado como Conjunto Histórico Monumental.

Las murallas presentan las características habituales de la época en que se levantaron, el siglo XVI, cuando la isla estaba amenazada por los piratas berberiscos al servicio del sultán de Turquía, en sustitución de las anteriores medievales (siglo XIII), que resultaban ya insuficientes. Por encargo de Carlos V, el ingeniero italiano Juan Bautista Calvi (autor de las Atarazanas barcelonesas) diseñó un proyecto que pagaron a medias la Corona y el Arzobispado de Valencia y que llevó 31 años terminar, ya durante el reinado de Felipe II. Calvi dotó a Ibiza de un típico sistema de fortificación poligonal (heptagonal para ser exactos) con terraplén, casamatas artilladas y niveles escalonados, todo ello en aras de dificultar un asalto de infantería y facilitar el tiro a los defensores, eliminando los ángulos muertos.

Se utilizó sillar de cantería y se establecieron 7 baluartes (pequeños castillos con guarnición propia) que se comunicaban mediante señales de humo con 14 torres de vigilancia en la costa. Dichos baluartes son: Sant Joan, en la barrio de Sa Marina; Sant Jordi (al sur), situado bajo la Almudaina, con la que se une por una galería subterránea, guarnecía la entrada principal; Sant Jaume, en poniente, el primero realizado por Calvi junto a Sant Jordi (1555-56), tenía la misión de defender el flanco más débil y tiene enfrente la necrópolis de Puig des Molins; Santa Llúcia, en Sa Penya, es uno de los más grandes y sus gruesos muros albergaban el polvorín que, de todas formas, estalló por un rayo en 1746; Sant Pere, en el noroeste presentaba el Portal Nou protegido por cañones y el llamado Caballero de Sant Lluc, un bastión elevado adaptado a los desniveles del terreno; Santa Tecla tenía como misión la vigilancia de los acantilados; finalmente a Sant Bernat, el último construido, se lo conoció como Recinto Fratín porque lo terminó este ingeniero de Felipe II.

Hoy los baluartes ya no tienen necesidad de defender nada y están salpicados de monumentos, jardines, estatuas romanas, mercadillos hippies, plazas que acogen conciertos de jazz y rock e incluso el Museo de Arte Contemporáneo.

Las Torres de Quart

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Uno de los lugares a donde nos tienen que llevar a ver los vuelos baratos a Valencia es la puerta oeste de la ciudad, conocida como Portal de Cuarte porque era el paso a través de la muralla hacia el pueblo de Cuart de Poblet, en el camino de Castilla, o Puerta de la Cal, porque por allí debían entrar a la urbe los cargamentos de esta mercancía. Sin embargo ésos son los nombres tradicionales; desde la segunda mitad del siglo XIX se impuso la denominación Torres de Quart, que es la que ha llegado a nuestros días.

Se trata de dos torreones gemelos que se construyeron en la muralla medieval, en la confluencia de las calles Quart y Guillén de Castro, para sustituir a la antigua puerta de 1356, que se había quedado pequeña. Los maestros canteros Francesc Baldomar, Pere Compte y Pere Bofill fueron los autores de la obra, que se desarrolló entre 1441 y 1460. Se trata de una edificación de mampostería, cantos, cal y sillares que presenta dos cuerpos laterales, las torres, cilíndricos pero de gola abierta (seccionados por la parte posterior), y un cuerpo central con arco de medio punto coronado por un escudo de Valencia (que antes era un ángel custodio). La disposición es oblicua para adaptarse al camino.

El conjunto es de estilo gótico tardío con influencia provenzal y está almenado porque tenía un carácter defensivo. No en vano su diseño se inspiraba en el Castelnuovo de Naṕoles, obra del mallorquín Guillem Sagrera (por entonces la ciudad italiana pertenecía a la Corona de Aragón). De hecho, su primer uso, claramente militar, fue como polvorín en 1562. En 1623 sus bóvedas de crucería -en el cuerpo central- y apuntadas -en las torres- se convirtieron en prisión para prostitutas, frente a las Torres de Serranos, que lo eran de nobles (por cierto, estas otras torres son un metro más bajas que las de Quart, que alcanzan 34 metros). Durante la Guerra de la Independencia la artillería de Moncey dejó un buen número de impactos que aún se pueden ver (aprovechados por las aves para hacer sus nidos). Luego, cuando el mariscal Suchet tomó la ciudad, continuó dando al lugar un uso carcelero que continuó hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Finalmente, en 1931, las Torres de Quart fueron declaradas Monumento Nacional Histórico Artístico y hoy acogen la Colección Museográfica de Cerrajería mientras se procede a someterlas a un proceso de limpieza, pues el exceso de tráfico rodado las ha ennegrecido.

La muralla de Jerez

Aprovechando los vuelos baratos a Jerez y acercándose hasta una de sus plazas más populares, la de la Alameda Vieja, se encuentra el corazón histórico de la ciudad que remite a la Edad Media. Al fin y al cabo esa amplia explanada se construyó en el siglo XIX rellenando el desnivel exterior de la muralla levantada por los almohades ochocientos años antes.

Los almohades, expertos guerreros, eran también magníficos arquitectos militares y fortificaron aquella ciudad llamada Sheresh con un muro de piedra y ladrillo de 10 metros de altura y 2,5 de ancho dotado de foso, barbacana, alcázar y unas construcciones insólitas en la época, las torres albarranas, que eran exentas y se colocaban en los ángulos del perímetro (de 4.000 metros ) uniéndose a la muralla principal mediante pequeñas cercas llamadas corachas. La Torre del Oro sevillana es el mejor ejemplo pero en Jerez también las hay, aunque a menor escala. Una de ellas, que estaba en la esquina de la calle Ponce con Porvera, tenía su leyenda: un grupo de caballeros templarios logró tomarla por sorpresa originando el nombre de albarran (=soltero, porque eran monjes); en el siglo XIX se encontraron numerosos esqueletos en una extraña postura, con las manos en la mejillas, para la que no hay explicación aún.

La forma del recinto amurallado era más o menos cuadrada (46 hectáreas) y en cada uno de los cuatro lados se abría una puerta monumental: la de la Rota, la de Sevilla (que tenía tres torres) y las de Santiago y el Real (cinco). Discurría por la actual plaza del Arenal (en cuyo suelo se marca con diferentes colores de baldosa), las calles Lancería, Larga, Porvera, Ancha, Santiago y del Muro, las puertas de Rota y Arroyo y el alcázar, conservándose íntegramente hasta el siglo XVI porque las leyes de entonces obligaban a mantener las defensas urbanas. Luego se empezaron a construir edificios adosados contra los que no actuó la justicia porque ayudaban a sostener los muros. Cuando la ciudad empezó a expandirse cambió su fisionomía y fueron desapareciendo muralla y puertas.

Hoy quedan lienzos aquí y allá, algunos mejor conservados que otros pese a que se declaró Monumento Histórico Artístico en 1931. Una operación de restauración a finales de los noventa ha permitido lavarle la cara y recuperar cierto esplendor en ciertos puntos. Uno puede ser la Puerta del Arroyo, erigida por Felipe II en 1584 como dice una placa del intradós. Lamentablemente, otras habían sido demolidas, como la de la Rota, la Merced, la del Postigo del Algarve o la de Santiago.

Recorrer el callejero jerezano siguiendo el rastro de las fortificaciones medievales es una de las rutas urbanas clásicas para el turismo. Antes hay que reservar billetes de avión baratos para llegar hasta allí, claro.