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La colina Testaccio

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Uno de los rincones más insólitos de Roma no es un palacio ni un templo ni una plaza ni un museo. Si hubiera que catalogarlo sería difícil, pues aunque se trata de un monte, no se puede calificar de parque ni de paisaje propiamente dicho. La colina Testaccio es una elevación artificial creada por la mano del Hombre, aunque luego la naturaleza hizo su trabajo y la cubrió de vegetación.

Este peculiar e insólito lugar se formó por la acumulación durante siglos de restos de cerámica, así que podría decirse que, en cierto modo, quien reserve vuelos baratos a Roma y le haga una visita será para contemplar una especie de vertedero. Eso sí, un vertedero de valor incalculable para la arqueología. Porque los pedazos de cerámica corresponden a aproximadamente 26 millones de ánforas de la época imperial.

Estos recipientes llegaban por vía marítima desde regiones como Tripolitania, Galia y, sobre todo, la Bética, transportando aceite. Al llegar, el líquido se trasvasaba a depósitos para su posterior comercialización en frascos más pequeños y las ánforas se rompían porque no compensaba limpiarlas y devolverlas. Los trozos se transportaban en carros hasta los pies del Aventino y se colocaban en la citada colina, que contaba con muros y plataformas para ello, cubriéndose luego con cal para prevenir malos olores.

A costa de repetir la operación desde el siglo I al III d. C., fue creciendo de tamaño. Y aunque en la actualidad ha perdido un poco, en su momento llegó a tener un perímetro de 1.500 metros y una altura de 50. En total una impresionante superficie de 20.000 metros cuadrados.

Testaccio viene de testae, la palabra en latín para referirse a las vasijas de barro cocido, que facilitan una importantísima información a los arqueólogos sobre las rutas comerciales de la Antigüedad con Roma, ya que antes de meterse en el horno se marcaban con sellos del propietario, fechas, lotes…

Las catacumbas de San Calixto

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Al tomar alguno de los vuelos baratos a Roma hay que ser conscientes de que se llega a la ciudad donde se originó la Iglesia tal como ahora es, como institución, tras asociarse al Estado por el edicto imperial. Pero antes la comunidad cristiana sufrió una brutal persecución que obligó a los fieles a vivir su religión en secreto y reunirse en los únicos lugares ocultos a la vista: las catacumbas donde se enterraba a los muertos.

La ciudad tiene varias de estas complejas redes de galerías subterráneas que llegan a alcanzar decenas de kilómetros; las de San Calixto, por ejemplo, suman 20, ocupando 30 hectáreas de las que la mitad se hallan destinadas a tumbas distribuidas en 6 pisos, el más profundo a unos 20 metros. Hay cerca de medio millón de inhumaciones, según cómo se cuenten, pues estas catacumbas se unen con las de San Sebastián. Están en la Vía Appia Antica y constan de varias zonas de diferente antigüedad.

Las más viejas corresponden al siglo II y son las criptas de Santa Cecilia y de los Papas. La primera fue una patricia martirizada y ejecutada por su fe; decapitada, tardó en morir y antes de hacerlo aludió a la Santísima Trinidad con los dedos. Así fue representada por el escultor Maderna tras hallarse su cuerpo incorrupto en 1559. Los restos se trasladaron a la iglesia que ahora está sobre su casa, en el Trastevere pero en las catacumbas hay una copia de la estatua, además de excelentes frescos y mosaicos altomedievales.

Respecto a los Papas, hay varios pontífices enterrados porque el cementerio pasó a ser el oficial de la Iglesia por orden de San Calixto, que antes de ser designado cabeza de la Iglesia, cuando era diácono, había trabajado en él. Se conoce al lugar como Pequeño Vaticano. Otras criptas son del siglo III (San Tarsicio, San Milcíades, San Eusebio y San Cayo, esta última con un mausoleo tan grande que se usaba para asambleas) y del IV (de los Sacramentos y de Liberiana).

En la superficie, flanqueadas por una avenida de cipreses, hay 2 basílicas trícoras, es decir, con tres ábsides, en una de las cuales puede verse el sepulcro del papa Ceferino, el que nombró diácono a San Calixto y le encargó cuidar del cementerio. Desde esta iglesia se baja a las que se consideran catacumbas más importantes de Roma por los frescos que contienen. Abren a diario de 9:00 a 12:00 y de 14:00 a 17:00 salvo los miércoles. También cierran el mes de febrero. La entrada cuesta 8 euros.

Foto: GerardM en Wikipedia

Las termas de Caracalla

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En la antigua Roma la arquitectura civil tenía un marcado uso social. La basílica, o el foro que había en todas las ciudades son buenos ejemplos. Pero además podían combinarse con un carácter lúdico o de ocio y, en ese caso, es inevitable hablar de circos, teatros, anfiteatros y baños públicos. De estos últimos, la capital del imperio estuvo bien surtida en cantidad y calidad. Los más grandes fueron los de Diocleciano, pero casi iguales en tamaño y bastante mejor conservadas son las Termas de Caracalla.

Aunque las empezó a construir Septimio Severo en el año 206 d. C. la mayor parte de las obras recayó en Caracalla entre el 212 y el 217; después, Heliogábalo y Alejandro Severo les hicieron añadidos. Lo curioso es que entonces se llamaban Termas Antoninas porque el nombre del emperador era Marco Antonio Antonino y nadie le conocía aún como Caracalla.

El servicio se ofrecía a todos los ciudadanos romanos -aunque los patricios solían acudir a otros baños más exclusivos-, da ahí las dimensiones colosales del balneario: 13 hectáreas que permitían un aforo de 1.500 personas simultáneamente. Allí se reunían para bañarse pero, sobre todo, para confraternizar, jugar, hacer deporte… Las tardes estaban reservadas para las mujeres.

La planta era cuadrada, con un jardín alrededor y un patio. En el centro estaba el edificio principal, construido sobre una antigua piscina, equipado con los tradicionales frigidarium , tepidarium y caldarium, además de un enorme hipocausto de 50 hornos, unas cisternas con 80.000 metros cúbicos de capacidad y las salas auxiliares alrededor del conjunto, como vestuarios, gimnasio, biblioteca, etc.

Los godos que invadieron la ciudad en el 537 d. C. destruyeron las canalizaciones de agua (un ramal del acueducto Aqua Marcia que traía el líquido desde los manantiales de Subiaco, a 100 kilómetros), por lo que las termas dejaron de usarse. La puntilla fue un terremoto en el año 847, que hundió la planta superior. La rica decoración del lugar fue desapareciendo poco a poco, utilizándose los objetos para otros menesteres (las bañeras se reaprovecharon como pilones en fuentes públicas) o simplemente saqueando esculturas y mosaicos. Alguna estatua, como el célebre Toro Farnesio se conserva en el museo Arqueológico de Naṕoles y todavía quedan restos de mosaicos pero la mayor parte se perdieron.

Los vuelos baratos a Roma permiten al turista acercarse al comienzo de la vía Apia, en concreto a la intersección entre el viale Aventino y el viale delle Terme di Caracalla, para ver los grandes muros y arcos que siguen en pie y abren de 9:00 a 18:00 salvo los domingos. En verano se representan óperas utilizando las ruinas como decorado.

La pirámide de Cayo Cestio

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Seguro que más de un usuario de los vuelos baratos a Roma que visite la ciudad se llevará una sorpresa al encontrarse una pirámide. No tan antigua como las de Giza y, desde luego, bastante más pequeña, pero al fin y al cabo inspirada en ellas. Y es que la civilización faraónica se puso de moda en los últimos tiempos de la República, cuando el Egipto ptolemaico acababa de ser incorporado como provincia.

Fue el pretor, tribuno y sacerdote Cayo Cestio Epulón quien la mandó levantar para que fuera su mausoleo, allá por el año 12 a. C. aproximadamente. Las inscripciones que aún pueden leerse en dos de sus caras indican que las obras duraron 330 días, durante los que fue creciendo hasta alcanzar los 36,40 metros de altura por 30 de lado que le confieren un singular aspecto alargado. Al igual que las egipcias, está cubierta por una capa de materiales nobles, en este caso mármol, que embellecen el simple ladrillo interior. Y por dentro, precisamente, está decorada con elegantes frescos que representan candelabros y figuras femeninas.

En otra época se llegó a considerar que era la tumba de Remo, el mitológico fundador de Roma, sin más imaginación que fundamento. Lo cierto es que no era el único edificio de estas características en la ciudad, pues se sabe de, al menos, otros dos: uno cercano a la Piazza del Popolo y otro en la Vía della Conciliazione, al lado del Vaticano. De ninguno quedan restos.

La Pirámide Cestia, como se la llama en Italia, se alza pegada a la Porta de San Paolo y en el siglo III estuvo integrada en la Muralla Aureliana como una parte más del sistema defensivo de la ciudad. Hoy forma un extraño conjunto con el cementerio Protestante que está justo detrás y la mencionada puerta.

El camposanto también recibe el divertido nombre de Cimitero Acattolico y es un lugar interesante y recoleto en el que se pueden encontrar las tumbas de algunos ilustres visitantes de la ciudad, como los poetas John Keats y Percy B. Shelley (el marido de Mary Shelley, autora de Frankenstein), que eran vecinos y murieron en tierra italiana, uno de tuberculosis y el otro ahogado. También yacen allí el filósofo Antonio Gramsci y el hijo de Goethe.

Las catacumbas de Domitila

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Uno de los lugares más fascinantes que puede encontrar quien haga uso de los vuelos baratos a Roma no se halla bajo el sol italiano precisamente, sino en el subsuelo. Y no es el Metro. Se trata de las catacumbas, la red de túneles a la que tuvieron que recurrir los primeros cristianos entre los siglos I y IV para enterrar a sus muertos, pues en la Antigüedad era inconcebible que un fallecido no pudiera ser sepultado adecuadamente, sin las correspondientes honras fúnebres, que la proscrita religión no podía realizar a la vista.

De hecho, a partir de la persecución del emperador Decio, en el año 250, las necrópolis subterráneas tuvieron que ocultar las entradas exteriores que bajaban hasta las largas galerías, algunas de hasta cinco pisos de altura y con nichos en las paredes para albergar los sarcófagos. Una curiosidad es que las inhumaciones más altas son las más antiguas, pues cuando se llenaba todo el espacio disponible se ampliaba hacia abajo, excavando.

Pero no sólo había cadáveres. A menudo, aquellas claustrofóbicas construcciones (¿o sería mejor decir excavaciones?) sirvieron para celebrar el culto litúrgico a salvo de los perseguidores y, en cualquier caso, quedaron también como testimonio del arte paleocristiano, representado por los frescos policromados de los muros (palomas, peces, el crismón o escenas de la Biblia)o los relieves de las lápidas.

Si las catacumbas más importantes de Roma son las de San Calixto, en la vía Appia Antica, las más extensas corresponden a las de Santa Domitila (vía Sette Chiese/vía Andreatina). Efectivamente, estas últimas, descubiertas en 1593, suman 12 kilómetros y se hallan en lo que fue la finca de Flavia Domitila, una joven patricia emparentada con la familia imperial que en el siglo I fue desterrada por ser cristiana y luego ejecutada por orden de Domiciano, su tío. En ellas se puede visitar una basílica semisubterránea erigida tres siglos después encima de las tumbas de los santos Nereo y Aquiles, que fueron soldados de la guardia pretoriana convertidos. El edificio se desplomó en el año 897 a causa de un terremoto.

Además resulta muy interesante el hipogeo de la familia Flavia, que en realidad no es tal puesto que se llamó así por un error de identificación, tratándose de un lugar de enterramientos paganos correspondiente al siglo III. Tiene un pozo de agua de 11 metros de profundidad y una sala para celebrar refrigerios, es decir, banquetes funerarios, costumbre adoptada también por el cristianismo pero transformándola en eucaristías.

Lamentablemente, las catacumbas de Santa Domitila fueron expoliadas por saqueadores en el siglo XVIII. Si alguien se decide a verlas, sepa que están menos concurridas que otras, por lo que la visita apenas llevará más de media hora. La entrada cuesta 8 euros (5 en tarifa reducida). Ojo, que cierra los martes.

Foto: historiadelarte.webatu

Basílica de San Juan de Letrán

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Puede que los usuarios de los vuelos baratos a Roma se sorprendan al descubrir que la ciudad tiene otra catedral, aparte de San Pedro del Vaticano. Se trata de la basílica de San Juan de Letrán, tan antigua que fue fundada por el emperador Constantino como primera iglesia cristiana oficial, y que albergó la sede del papado desde Silvestre (314-335) hasta el siglo XV, cuando se trasladó al Vaticano tras el paréntesis de Aviñón (1305-1377). Hasta Juan Pablo II el Santo Pontífice celebraba misa allí en Jueves Santo, bajo el espectacular baldaquino gótico que se halla en el centro del edificio y utilizando el altar mayor que, según la tradición, usaba San Pedro para sus misas.

La basílica, ubicada en la plaza de San Giovanni in Laterano, está dividida en cinco naves separadas por columnas y una especie de alargada girola que casi ocupa la mitad del complejo y culmina en un ábside. La particularidad del lugar radica en que desde el exterior sólo puede apreciarse la fachada, ya que el resto queda tapado por el anexo palacio de Letrán (donde se firmaron los acuerdos entre la Santa Sede y el estado italiano), el claustro y el baptisterio. Este último, de planta octogonal, es de lo poco que queda de la iglesia que mandó construir Constantino en el año 432 tras expropiar las tierras de la familia Laterani. Sin embargo ha sido tan restaurado desde entonces que no parece original.

Y es que el lugar fue destruido varias veces por un terremoto y dos incendios (mas la última, en 1993, por una bomba), por lo que hubo que someterlo a sucesivas restauraciones con el paso de los siglos. Las más importantes corrieron a cargo de Domenico Fontana, el mismo que reconstruyó el palacio pontificio, que en 1586 le añadió la fachada norte (dos arcadas de medio punto superpuestas desde las que el Papa da su bendición), y Francesco Borromini, que en el siglo XVII reformó completamente el interior. Entre 1740 y 1750 Alessandro Galilei hizo la fachada principal, dotándola de gigantescas estatuas de Cristo y sus Apóstoles con un aspecto de conjunto similar al de San Pedro. Luego quedan los claustros, erigidos por la familia Vassalletto en 1220 con columnas en espiral y mosaicos de mármol, que sobrevivieron al fuego.

La llamada omnius urbis et orbis ecclesiarum mater et caput (madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo) guarda además dos reliquias: las cabezas que la tradición atribuye a San Pedro y San Pablo, pues ambos estuvieron predicando en Roma.

El arco de Constantino

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Quienes hayan hecho uso de los vuelos baratos a Roma sabrán que la Ciudad eterna conserva tres arcos de triunfo antiguos: el de Tito, el de Septimio Severo y el de Constantino. De ellos, este último es el más moderno y el mejor conservado, en parte porque está construido a retales y en parte, probablemente, porque el emperador que lo erigió gozó de mayor prestigio social por haber sido el que legalizó el cristianismo.

Constantino se enfrentó a su rival, Majencio, con quien compartía el trono, por ser el único césar de Roma. La tradición cuenta que la batalla decisiva, librada en el Puente Milvio en el año 312 d. C, de decantó hacia las armas del primero gracias a un sueño que tuvo, donde aparecía la imagen una cruz y una voz que decía «Hoc signo vincitur» («Con este signo vencerás»). Constantino decidió hacer caso al presagio enarbolando una cruz como estandarte y, en efecto, ganó.

Así fue cómo se terminaron las persecuciones a los cristianos. En realidad los historiadores aclaran que el cristianismo estaba ya demasiado extendido como para seguir negándole derechos y el propio emperador no se convirtió hasta 22 años después, ya en el lecho de muerte. El caso es que aquel mismo año de la victoria que le hizo ganarse el sobrenombre de el Grande el Senado le dedicó el arco (cuya inscripción no habla de religión sino de su triunfo militar).

El lugar elegido fue el final de la Vía Sacra, separando el Foro del entorno del vecino Coliseo. Inspirado en el de Septimio Severo, mide 21 metros de altura por 25,7 de ancho y 7,4 de profundidad, componiéndose de tres puertas; por la central, más grande, pasaba la Vía Triunfalis, la calzada por la que las legiones desfilaban desde el Campo de Marte hasta el Capitolio para ser aclamadas por la gente si habían ganado una batalla.

En cuanto a los materiales, la estructura principal del arco es de mármol hasta el nivel de los capiteles de las columnas adosadas que lo decoran. Desde ahí, el llamado ático está fabricado de ladrillo embellecido, habiéndose perdido el bronce original de la inscripción. Sin embargo hay que destacar que muchos de los elementos que adornan el monumento fueron tomados de otros anteriores de Marco Aurelio (relieves), Trajano (relieves dacios) y Adriano (medallones) porque la Roma del siglo IV d. C. estaba empobrecida e incluso perdería la capitalidad en favor de Constantinopla.

En la actualidad ha tenido que ser protegido por una valla metálica para evitar que los insensatos se lleven piedras de recuerdo.

Santa María la Mayor de Roma

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Todos los vuelos baratos a Roma por turismo deberían incluir una visita a Santa Maria Maggiore, una de las cuatro basílicas patriarcales más grandes de la ciudad junto a San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Nadie se arrepentirá porque si el exterior es bonito, el interior lo es aún más, solemne, rico e impresionante.

La historia de este templo se remonta a una leyenda del año 352 d. C., según la cual el papa Liberio soñó que la Virgen le ordenaba construir una iglesia donde encontrara nieve por la mañana. A pesar de estar en pleno verano, esa noche nevó en el Esquilino y el pontífice obedeció el encargo. De ahí que cada 5 de agosto se conmemore la fecha arrojando pétalos de flores blancas imitando los copos (aunque últimamente se han ido sustituyendo primero por confetti y luego por láser).

Varias veces reconstruida a lo largo de los siglos, Santa María la Mayor presenta por ello una gran mezcla de estilos arquitectónicos en los que destacan el barroco de las dos fachadas (principal y trasera) y de las cúpulas gemelas y el baldaquino, el románico del campanile (que es más alto de Roma, con 75 metros), el original clásico (siglo V) de las tres naves jalonadas con columnas y el renacentista del artesonado del techo, este último una espectacular obra de Sangallo que lo recubrió con el primer oro que trajo Colón de América. También tienen presencia el gótico en la tumba del cardenal Rodríguez e, incluso, el arte egipcio, en el obelisco de la plaza del Esquilino (la columna de la piazza de Santa Maria Maggiore, en cambio, es romana, procedente de la basílica de Constantino, en el Foro).

El interior del templo es espectacular, con naves de 86 metros de longitud, suelos de mármol estilo cosmati y elaborados mosaicos, destacando la Cappella Paulina que hizo Flaminio Ponzo en 1611 para el papa Pablo V Borghese llenándola de piedras preciosas o la Cappella Sixtina obra de Domenico Fontagna entre 1585 y 1590 para albergar el sepulcro de Sixto V.

Todas las noches se mantiene la tradición, desde el siglo V, de celebrar misa solemne.

El Ara Pacis

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Los vuelos baratos a Roma permiten al turista descubrir cientos de monumentos con siglos o milenios de antigüedad en una ciudad que carece de Metro porque cada vez que se excava aparecen restos arqueológicos. Sin embargo hay uno, reconstruido, protegido y que ronda los dos mil años, que suele pasar desapercibido para el gran público pese a su importancia: el Ara Pacis.

Se trata de un altar de sacrificios, integrado en una estructura arquitectónica, que el Senado romano erigió para celebrar la pacificación de Hispania y la Galia por parte de Octavio Augusto, de ahí el nombre, Altar de la Paz. El lugar lo eligió el propio emperador: el Campo de Marte, una llanura habitualmente utilizada para maniobras militares que por entonces empezaba a urbanizarse y que también estaba destinada a acoger el mausoleo imperial y el Horologium, un gran reloj de sol. Se construyó entre los años 13 y 9 a. C con mármol de Carrara y unas medidas de 11 x 10 x 4,60 metros, sin techo, dotándoselo de dos puertas a este y oeste: la principal, para los sacerdotes; la otra para introducir hasta el ara central los animales a sacrificar, dos bueyes y un cordero. Lo inauguraron las vestales de Roma con una gran ceremonia.

La decoración exterior está basada en alto y bajorrelieves de clara influencia helenística (las Panateneas son muy parecidas), con cuatro alegorías en la fachada principal -aunque sólo se conservan dos, las de Gea y Eneas- y procesiones en las laterales, muy interesantes porque están representados todos los personajes de la época, desde la familia imperial a los senadores y demás cargos. En cuanto al ornato interior, consiste en frisos de guirnaldas y bucráneos (cabezas bovinas) por razones obvias.

Las crecidas del Tíber obligaron a levantar un muro de protección que tapaba el Ara Pacis, provocando que cayera en el olvido. No se volvió a saber de él hasta 1568, cuando los trabajos de construcción de un palacio sacaron a la superficie restos de esculturas y losas de mármol que se reaprovecharon para la nueva obra. Hubo que esperar a 1903 para que se llevaran a cabo las primeras excavaciones arqueológicas pero fue el gobierno de Mussolini el que, empeñado en rescatar los tiempos gloriosos del Imperio, mandó reconstruir el monumento aprovechando el segundo milenario del nacimiento de Augusto en 1938; las prisas llevaron a que se utilizara simple hormigón en vez de mármol.

Finalmente, tras algunas reformas en las décadas siguientes, en 1970 se erigieron alrededor unas paredes y techo que lo protegieran de la contaminación; en 1995 el arquitecto Richard Meier sustituyó esa estructura por otra acristalada que levantó cierta polémica por su aspecto excesivamente moderno.

El castillo de Sant' Angelo

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Más de un melómano habrá reservado alguno de los vuelos baratos a Roma con la intención de acercarse a ver la almena del Castel Sant’ Angelo desde la que se arrojaba Tosca para suicidarse por el amor de Mario. Es una de las escenas culminantes de la ópera de Puccini pero cuadra bastante bien con la tormentosa historia de este lugar.

Porque, ya para empezar, fue concebido por el emperador Adriano como su futuro mausoleo. De hecho, el puente sobre el Tíber frente al que está emplazado se llamaba antaño pons Aelius, que era el nombre de su hijo adoptivo. Pero aunque lo empezó Adriano en el 135 d. C. fue Antonino Pío quien lo terminó cuatro años más tarde. Y, en efecto, allí se fueron depositando las cenizas de los césares romanos hasta Caracalla, en el 217. Aún se conservan algunas en el segundo piso pero no la rica decoración que se supone debía tener el lugar porque los godos lo saquearon en el año 537. Para entonces hacía más de un siglo que se le había cambiado su función funeraria por un uso militar, integrándolo en la Muralla Aureliana.

Según la leyenda este peculiar castillo cilíndrico recibió su nombre actual del papa Gregorio I el Magno apenas 53 años después del paso de los bárbaros, en el 590, cuando Roma estaba diezmada por una epidemia de peste: en plena procesión navideña el pontífice tuvo una visión del arcángel San Miguel en la que éste, envainando su espada, le anunciaba el fin de la enfermedad. Por eso también el edificio está coronado por una estatua angélica, un bronce de Pierre van Verschaffel de 1753 que sustituyó a otro anterior de mármol, obra de Raffaello da Montelupo y que sigue un boceto de Bernini.

En el Medievo el castillo fue fortaleza y prisión. Tras sus muros fue torturado Giordano Bruno por hereje, al igual que probaron el encarcelamiento el escultor Benvenutto Cellini o el el conde de Cagliostro. Los papas reforzaron aquel lugar como protección ante eventuales peligros y acertaron. Entre 1277 y 1281 Nicolás III ordenó construir el llamado Pasetto, un pasadizo cubierto de 800 metros de longitud que lo une con el Vaticano. Resultó un auténtico salvavidas para Clemente VII en 1527, cuando los lansquenetes (mercenarios alemanes) de Carlos V llevaron a cabo el famoso Sacco de Roma: el pontífice tuvo que refugiarse en el castillo mientras el ejército imperial arrasaba la ciudad, quedando atrapado hasta que se rindió un mes después. Luego, en el siglo XVII, León IV rodeó el complejo con una muralla pentagonal, según los usos militares de entonces.

Actualmente se llama Museo Nazionale del Castel de Sant’ Angelo y la visita describe su historia mostrando tanto los calabozos como las suntuosas habitaciones papales. El salón principal está destinado a armería y tiene otras salas para exposiciones itinerantes. Un paseo para el que bien merece recurrir a los vuelos económicos a la capital italiana