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Chocolate con Churros en el Barrio Gótico de Barcelona

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Una famosa chocolatería situada en una preciosa calle, es La Pallaresa que está en el Carrer Petrixol, número 11 del Barrio Gótico en Barcelona. Hay chocolates y dulces caseros de gran calidad.

No dejen de visitar la carrer Petrixol cuando tomen vuelos baratos a Barcelona, esta calle adoquinada, fue la primera en convertirse en peatonal de la ciudad y es un placer caminarla. Hay varias granjas en el carrer Petritxol donde tomar chocolate caliente.

El local La Pallaresa, está situado en una de las calles laterales estrechas. Petrixol es una calle de poco mas de 129 metros de largo y un ancho de unos 3 metros. Se encuentra dentro de la Ciutat Vella, es paralela a Las Ramblas entre la Calle Puertaferrisa y la Plaza del Pi.

La Granja la Pallaresa fue fundada en 1947, antes era una lechería, y a lo largo de los años se ha hecho muy famosa como uno de los lugares típicos donde degustar deliciosos churros, bollos suizos y otros dulces artesanos, ademas de servir un riquísimo chocolate con nata a la taza.

Otro establecimiento histórico es la Granja Dulcinea que está en el número 2 de Petritxol. Personajes famosos como Salvador Dalí y Àngel Guimerà, que tenía su domicilio en esta calle, eran clientes asiduos.

También en la calle Petritxol se encuentra el estudio donde hasta hace poco ensayaba la soprano Montserrat Caballé, tal y como recuerda una placa situada en la fachada, al lado mismo de la Granja La Pallaresa.

Foto de Matt Biddulph

Casa Lleó-Morera

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El modernismo, ese estilo arquitectónico tan característico, es probablemente uno de los principales responsables de la alta afluencia de vuelos a Barcelona llenos de turistas. Pero cuando se habla de modernismo tiende a pensarse instantáneamente en Gaudí, olvidando que hubo otros genios que lo practicaron. Uno de ellos fue Lluis Domènech i Montaner, del que una de sus obras más representativas es la Casa Lleó-Morera.

Este edificio se sitúa en el número 3 del Paseo de Gracia, en la llamada Manzana de la Discordia, la misma donde también se ubican la Casa Batlló, ésta sí de Gaudí, y la Casa Amatller, de Josep Puig i Cadafalch; es decir lo más granado de la arquitectura modernista reunido.

La mansión es, en realidad, el resultado de una reforma encargada en 1902 por Francesca Morera sobre la ya existente Casa Rocamora, construida en 1864. Las obras finalizaron en 1905, cuando ella ya había fallecido, de manera que sería su hijo Albert Lleó i Morera el que le acabó dando nombre.

Después vendrían más reformas, como la de Raimon Duran i Reynals en 1943, la de Óscar Tusquets en el último tercio del siglo XX, la realizada en 1992 para recuperar el aspecto original de la fachada o la rehabilitación general de 2006 por parte del grupo Núñez y Navarro, que la había comprado.

Gracias a esa última actuación, la casa se ha podido abrir al público, mostrándose no sólo el exterior sino la rica decoración de sus dependencias (mosaicos, vitrales, relieves, esculturas, molduras…), en la que colaboraron decenas de artistas, y el patio.

La visita, que se hace en grupos de 25 personas máximo, dura casi una hora. Puede hacerse a diario, excepto los domingos, a las 10:00, 12:00, 16:00 y 18:00, en castellano, catalán o inglés.

La entrada cuesta 15 euros (13,50 para mayores de 65 años y menores de 25; los niños entran gratis hasta los 12 años) y es necesario reservar con antelación en la web oficial. Pero, sin duda, se trata de uno de los lugares más emblemáticos de Barcelona.

Foto: Pere prlpz en Wikimedia

El barcelonés Centro Comercial Arenas

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Dentro del capítulo de grandes rehabilitaciones y transformaciones de antiguos edificios en desuso para nuevas utilidades, es destacable uno que está situado en la Gran Vía de les Corts Catalanes de Barcelona, asomado a la célebre Plaza de España. Se trata de la antigua Plaza de Toros de las Arenas, que tras una reconversión casi integral ha pasado a convertirse en el Centro Comercial Arenas.

Diseñado por el arquitecto británico Richard Rogers en colaboración con Alonso Balaguer-Arquitectos Asociados, el complejo fue concebido como una serie de grandes estructuras de acero, hormigón armado, madera, piedras naturales y muchísimo vidrio, con el objetivo de aprovechar al máximo la luz natural y las espléndidas vistas.

De esta forma, y urbanísticamente hablando, Arenas de Barcelona funciona como el engranaje central del eje formado por el Palacio Nacional, edificio representativo de La Exposición Internacional de 1929 y sede del Museo Nacional de Arte de Cataluña, Feria de Barcelona, la Avenida María Cristina, la Plaza España, el parque de l’Escorxador, la calle Tarragona y la Estación de Sants. Una conexión directa a dos líneas de metro y a los Ferrocarriles Catalanes lo convierten en un punto de muy fácil acceso.

Son 106.250 metros cuadrados que se inauguraron en 2011 con 115 locales, 12 salas de cine y 1.750 plazas de aparcamiento, todo ello repartido en 6 plantas de comercio y ocio más otras 4 de párking. En el exterior se ha conservado la fachada de estilo neomudéjar de principios del siglo XX. Porque esa plaza fue inaugurada originalmente en 1900, con diseño de August Font i Carreras, para espectáculos taurinos.

Entonces tenía aforo para casi 15.000 espectadores y un ruedo de 52 metros de diámetro. La tauromaquia alternó celebraciones con eventos deportivos (baloncesto, ciclismo en pista) y en 1977 fue la última corrida. Desde entonces quedó vacía de contenidos hatsa que se planteó su recuperación con otros fines, iniciada en 2005.

Hoy, quien busque vuelos baratos a Barcelona y se acerque hasta allí, encontrará una amplia oferta de restauración, comercio y entretenimiento.

Foto: Félix König en Wikimedia

Parque del Laberinto de Horta

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Uno de los rincones más bellos que pueden encontrar quienes reserven vuelos baratos a Barcelona y busquen lugares al aire libre donde respirar y tomarse un descanso de su maratón modernista es el Parque del Laberinto de Horta, que además presume de ser el más antiguo de la ciudad condal.

Se trata de un parque ubicado a los pies de la sierra de Collserola, en el Paseo de los Castaños. Diseñado en 1794 por Doménico Bagutti para el sexto marqués de Llupià a partir de una finca particular perteneciente a los Desvalls, que terminaron cediéndolo al municipio en 1967 junto con el palacete para su apertura al público cuatro años más tarde. El sitio experimentó diversas ampliaciones y hoy abarca nueve hectáreas de árboles, jardines, senderos y estatuas.

Como indica su nombre, Parc del Laberint d’Horta en catalán, lo más destacado es el laberinto: setecientos cincuenta metros cuadrados de callejones formados por setos que llevan hasta un centro decorado con la estatua de Eros. Pero además hay un jardín neoclásico dieciochesco en dos terrazas separadas por un templete italiano y estatuas de las diosas Dánae y Artemisa.

Ésta referencia al mundo clásico es una constante: aparte de otras figuras repartidas por el recinto, en la parte superior también hay un pabellón de dedicado a las nueve musas que antaño servía para las recepciones familiares y está flanqueado por un estanque, todo ello enlazado mediante una escalinata monumental.

A ese jardín le acompaña otro de estilo romántico, decimonónico, de trazado irregular y emanante de cierto aire misterioso hasta el punto de que, en su día, llegó a albergar la réplica de un cementerio medieval. La vegetación exuberante le confiere un aspecto distinto al anterior.

Como decíamos antes, la familia Desvalls no sólo cedió al Ayuntamiento de Barcelona el jardín sino también la residencia neogótica, adosada a la Torre Sobirana renacentista que se había integrado en el conjunto.

Aunque la entrada es de pago, salvo para niños, desempleados y jubilados, los miércoles y domingos es gratis. No obstante, conviene advertir de que hay un aforo máximo limitado a setecientas cincuenta personas. El horario depende de la estación del año en que se visite, aunque la apertura habitual es a las 10:00, cerrando generalmente entre las 18:00 y las 20:00.

Foto: Canaan en Wikimedia

El mosaico de Miró en la Rambla barcelonesa

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Sería difícil establecer qué artista tiene más relevancia en Cataluña en general y Barcelona en particular. La respuesta más evidente y fácil parece Gaudí, pero al tratarse de un arquitecto (aunque con un estilo muy plástico) quizá no sea tan representativo. Otro podría ser Salvador Dalí, que al fin y al cabo tiene su museo en una localidad de la región. y, por citar uno reciente, Javier Mariscal (aunque en realidad es valenciano de nacimiento) por su trabajo para las mediáticas Olimpiadas del 92.

Sin embargo, quizá la propuesta más ajustada sería la de Joan Miró, que encima es nativo de la ciudad condal. Muchas de sus obras adornan la capital catalana y en ella tiene sede la fundación que lleva su nombre, al igual que pasa con un parque donde se alza una de sus esculturas más populares, la peculiar Dona l Ocell. Asimismo, un gran mural suyo decora el aeropuerto de El Prat.

Pero no es el único rincón donde se puede ver una obra suya de ese tipo. También hay un mural en la celebérrima Rambla, sólo que suele pasar desapercibido para muchos turistas; al menos para aquellos que no miren el suelo, puesto que está precisamente en el pavimento. Se puede contemplar (y pisar) en la Pla de l’Ós, casi al lado del famoso Teatro del Liceo.

El artista eligió ese rincón porque nació muy cerca, en el Pasaje del Crédit. Y, así, el 30 de diciembre de 1976 inauguró el mural, que tiene forma circular por ser ésta la mejor representación cosmolórgica de la perfección. En su interior, perfilado con grueso trazo negro, destaca la habitual composición de vivos colores que el artista solía dar a sus creaciones. Son el rojo, el amarillo y el azul, además de blanco y negro,.

Tras haber sido pisados sus adoquines pintados por millones de peatones, dichos colores habían perdido parte de su intensidad, que les fue devuelta en 2006 tras un proceso de restauración. Por eso, la próxima vez que se reserven vuelos baratos a Barcelona y sa pase por la que es la principal arteria turística de la ciudad, es recomendable hacerlo mirando hacia abajo de vez en cuando, no vaya a pasar inadvertido.
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Foto: Visit Barcelona

El monasterio de Sant Pau del Camp

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Los vuelos baratos a Barcelona llevan a la ciudad montones de turistas ansiosos por descubrir sus joyas arquitectónicas modernistas y, en todo caso, las góticas, ignorando que aunque sea la excepción, también hay una románica. Se trata del monasterio de Sant Pau del Camp (San Pablo del Campo), que además está en pleno centro urbano, en el barrio de El Raval, si bien en su época quedaba extramuros, de ahí el nombre.

Se trata de un cenobio benedictino del que hay pocos datos pero se supone empezado a construir a finales del siglo IX y terminado en el X, según se deduce de la lápida funeraria de Wifredo II Borrel, hijo del célebre Wifredo el Velloso, fallecido en el año 911 y enterrado tras sus paredes. Poco más se sabe, puesto que al estar fuera de la protección de las murallas barcelonesas fue arrasado por las tropas de Almanzor y aunque cien años más tarde se intentó revitalizar, volvió a ser atacado hoy sólo se conserva su iglesia.

Por eso, cuando en el siglo XIV el perímetro protector urbano lo acogió por fin ya era demasiado tarde. Desde entonces se lo fueron anexionando varios monasterios de los alrededores (Montserrat, San Cugat, Portella) e incluso se procedió a abrir un noviciado para tratar de recuperarlo una vez más. Pero como si un destino inevitable estuviera sobre él, en 1835 llegó la Desamortización de Mendizábal y se cerró definitivamente.

Al igual que otros conventos de entonces, se procedió a darle diferentes usos, todos ellos civiles: escuela, cuartel… En 1879 obtuvo la catalogación de Monumento Nacional pero aún le quedaba otra prueba de fuego; literalmente además, puesto que fue pasto de las llamas en 1909 (durante la Semana Trágica) y 1936 (al estallar la Guerra Civil).

Gracias a las restauraciones efectuadas, hoy se puede ver una iglesia de una sola y sencilla nave con planta de cruz griega, cúpula sobre el crucero y tres ábsides. Los techos son de bóveda de cañón, como corresponde al románico, y la portada, con tímpano esculpido de medio punto y flanqueada por columnas visigóticas, se remata en lo alto con un pequeño rosetón. Seguramente no es el templo original sino el levantado en el siglo XII, aunque conserve algunos elementos anteriores.

Algo similar ocurre con el claustro, que también es posterior (del siglo XIII) y tiene arcadas geminadas con capiteles de diversos temas, rodeando el conjunto unos jardines que proporcionan algo de aislamiento respecto al caos urbano del resto de Barcelona.

Foto: PRMMaeyaert en Wikimedia

La Casa Vicens

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Una de las ventajas que tiene Barcelona al tratar sus atractivos turísticos es el aparentemente inacabable filón que supone el Modernismo. Este estilo artístico, que no se dio exclusivamente en esa ciudad pero que sí le ha dado un carácter especial y emblemático ante el resto del mundo, se respira por muchos rincones barceloneses, sobre todo en la zona del Ensanche. Y, claro, tuvo como máximo exponente a Gaudí, del que la Casa Vicens fue uno de sus proyectos primigenios.

De hecho fue el primero importante tras licenciarse en Arquitectura en 1878. El palacete debía ser la residencia estival de la familia Vicens i Montaner, de ahí su nombre. Curiosamente, en el proyecto se juntó el interés por la cerámica de ambas partes, pues a la ya conocida afición de Gaudí por la decoración a base de teselas se unía el hecho de que los Vicens tuvieran una empresa dedicada a la fabricación de azulejos. Así que no ha de resultar extraño el aspecto final de la fachada; o fachadas, para ser exactos, pues tiene tres.

Construida entre 1883 y 1888, está ubicada en el número 24 de la calle Carolines, adosada al convento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en lo que hoy es el barrio de Gracia pero que entonces no formaba parte del núcleo urbano sino que era una villa municipal vecina. El edificio resulta un tanto atípico en su autor porque predominan las rectas sobre las curvas, aunque ya se deja notar la afición ornamental orientalista; algo evidente en la habitación llamada del Fumador.

Tiene cuatro plantas (bodega, buhardilla para el servicio y las dos centrales viviendas) y un jardín que se cerrajaba con una verja y en el que había una fuente, todo esto último demolido luego para hacer viviendas. Los muros, de mapostería y ladrillo rojo, no sólo forman la estructura sino que sostienen un buen puñado de elementos decorativos, desde los citados azulejos a torres, celosías, tribunas, rejas, chimeneas, balcones… Por dentro, el suelo es de mosaico y los techos se sostienen con vigas de madera policromada a juego con las pinturas de las paredes. Y, como sería habitual, Gaudí también diseñó los muebles.

La Casa Vicens, que ya no pertenece a esa familia sino a la Jover de Herrero, sufrió algunas reformas. Una de ellas, dirigida por Joan Baptista Serra, fue premiada en 1927 por su respeto al original pues hasta se hicieron consultas al autor. Y si en 1969 la declararon Bien de Interés Cultural, desde 2005 forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Por eso no debería faltar en la lista de visitas cuando se reserven vuelos baratos a Barcelona.

Foto: Canaan en Wikipedia

Museo del Mamut de Barcelona

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Cualquiera que use los vuelos baratos a Barcelona y visite el Parque de la Ciudadela se encontrará una popular escultura: un gran mamut ante el que todos se hacen fotos de recuerdo y por cuyos colmillos y trompa trepan los niños. La figura fue creada por un artista con el objetivo de situar una animal prehistórico en cada parque de la ciudad pero no pudo cumplirlo por un repentino fallecimiento. Sin embargo la idea ha sido recogida parcialmente por el Museo del Mamut, sólo que concentrando la fauna en un solo punto… y con ejemplares auténticos.

Este curioso museo privado está en la Casa de la Custodia, un palacete gótico (siglo XIV) de la calle Montcada 1, desde su fundación en 2010. El hecho de que se haya elegido Barcelona para ubicarlo obedece a que en sus inmediaciones, en Casa Guardiola (Viladecans), está el yacimiento prehistórico animal más importante de España, descubierto en 2008. En el mismo casco urbano barcelonés, en la avenida Pearson, se encontró un esqueleto de mamut en los años veinte. Había materia prima.

No obstante, muchos de los ejemplares que se exhiben en el museo proceden de las llanuras de permafrost (suelo helado) que se extienden por Siberia, Yakutia, Alaska y Canadá, donde han permanecido en relativo buen estado durante decenas de miles de años gracias a que se conservan a temperaturas entre 10º y 70º bajo cero (se extraen echando agua para fundir el hielo).

Porque una de las características diferenciadoras de este lugar es que no muestra fósiles sino esqueletos auténticos, es decir, no son impresiones dejadas por el cuerpo muerto en el terreno sino los verdaderos cuerpos. Y lo mejor de todo: se pueden tocar. Y en algunos casos oler, pues aún conservan el olor del animal en las partes que no son hueso, como ocurre con el cuerno de un impresionante rinoceronte lanudo (está hecho de queratina) pese a tener 15.000 años de antigüedad.

Junto al rinoceronte y los mamuts hay un muestrario de la fauna de la Edad del Hielo, como un oso de las cavernas, un buey almizclero, un tigre de dientes de sable, un bisonte, un alce gigante, un caballo, un uro… En algunos casos reconstruidos y en otros sólo el esqueleto. Y, por supuesto, también hay un apartado para el Hombre, pues no hay que olvidar que convivió con ellos; las bóvedas del museo están cubiertas de reproducciones de pinturas rupestres.

Una curiosa tienda donde se pueden comprar recuerdos tan insólitos como una garra de oso (eso sí, a 500 euros) y la organización de talleres y fiestas hacen al lugar especialmente atractivo para los niños. El Museo del Mamut abre todos los días de 10:00 a 21:00. La entrada cuesta 7,50 euros, 5 para los estudiantes y usuarios de la biblioteca, mientras que los niños hasta 15 años y los mayores de 65 pagan 3,50. Los menores de 5 años entran gratis.

El Hospital de la Santa Creu y Sant Pau

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Lluís Domenéch i Montaner es el arquitecto que forma ese trío de genios modernistas, junto a Gaudí y Puig i Cadafalch, capaces de convertir los vuelos baratos a Barcelona en una riada de turistas ansiosa por descubrir ese estilo artístico tan ligado a la ciudad.

Una de las obras más destacadas de Domenéch es el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, un proyecto diseñado en 1902 para renovar el complejo sanitario fundado en 1401 y que ya estaba más que obsoleto. La idea era hacer algo completamente revolucionario para aquella época, un lugar moderno, aireado, práctico y a la vez bello. Financiado por un mecenas, el banquero Pau Gil -al que se honró con su onomástica-, las obras se terminaron en 1930 tras dos fases constructivas, la primera dirigida por el arquitecto y la segunda por su hijo.

El hospital estaba situado en el Ensanche oblicuamente, rompiendo la alineación en cuadrícula que Domenéch, como buen modernista, detestaba. Estaba orientado a la costa para aprovechar la brisa marina y se componía de un edificio administrativo y 27 pabellones médicos comunicados por pasillos subterráneos, más una iglesia algo más separada y un jardín para cultivar plantas medicinales.

Como era habitual, los estilos se combinan formando, sin embargo, un conjunto armónico en el que los edificios van sucediéndose en tamaño creciente desde la entrada al final delante a atrás, tanto en el ala masculina como en la femenina (entonces se separaba a los pacientes por el sexo). Todas las construcciones edificios están decoradas en vivos colores para alegrar la estancia a los enfermos; artistas como Pablo Gargallo y Eusebi Arnau colaboraron con sus esculturas, Francesc Labarta con pinturas y mosaicos, y Josep Perpiyá con adornos de hierro forjado.

En 2003 se decidió vaciar los pabellones modernistas para evitar su deterioro, dado que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Así, 6 años más tarde los enfermos pasaron a alojarse en un nuevo edificio con helipuerto, aunque algunos pabellones aún mantienen cierta actividad, al ser hospital universitario de Barcelona.

Foto: Luidger en Wikimedia

El Pez Dorado de Frank Gehry

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Nunca habrá bastantes vuelos baratos a Barcelona para descubrir todas las sorpresas artísticas y, muy especialmente, arquitectónicas que la ciudad tiene esperando a ser descubiertas. Algunas incluso mezclan ambos conceptos y no son desconocidas, aunque sí pueden pasar algo desapercibidas en medio de la marea modernista y contemporánea que decora cada rincón urbano.

Así, lo que en otro lugar serían auténticos emblemas aquí se limitan a caracterizar una zona concreta. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el Pez Dorado del puerto deportivo. Combinación sutil de escultura y arquitectura, está firmado por un creador de talla mundial como el canadiense Frank Gehry, que lo diseñó para una ocasión histórica: los inolvidables Juegos Olímpicos de 1992.

Se trata de una enorme estructura pisciforme, un tema recurrente en Gehry como demuestra su gran obra maestra en suelo español, el Museo Guggenheim de Bilbao. Si el espectacular edificio vizcaíno esa una referencia al mundo naviero de la ría, aquí lo es a la fauna marina. porque, como dice su propio nombre, este Peix d’Or (en catalán) representa un pez que, asomado al Mediterráneo casi sobre la playa y con una gran boca abierta, parece dispuesto a arrojarse al agua.

Si uno contempla la figura de cerca descubrirá su curiosa textura: está hecho a base de un entramado de listones de acero inoxidable que se cruzan y remachan entre sí sobre una estructura metálica. Pero cuando se ve de lejos el cuerpo parece rellenarse de piel y brilla en reflejos dorados bajo los rayos del sol como si estuviera cubierto de escamas.

Gehry utilizó un ordenador por primera vez para diseñar esta enorme escultura de 54 metros de longitud por 35 de altura. Ubicada junto a dos torres que también se convirtieron en seña de identidad de Barcelona durante un tiempo, la de Mapfre y la del Hotel Arts, el Pez Dorado decora y ambienta las animadas terrazas de Marina Village y posa estoicamente ante las cámaras de los turistas.