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El galeón La Pepa

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Una de las principales críticas que se hacen a España es el empeñarse en vivir de espaldas al mar a pesar de tener su territorio en una península con muchísimos kilómetros de costa, sin contar con los archipiélagos y plazas de soberanía fuera de ella. Pero no siempre es así y la iniciativa de construir la réplica de un barco de los siglos XVI-XVII es una buena prueba: el galeón La Pepa.

En realidad nació como galeón Andalucía porque fue la Junta de esa región, junto con la Fundación Nao Victoria, la que impulsó y patrocinó una idea de Ignacio Fernández Vial con un doble objetivo: promocionar el proyecto Guadalquivir Río de Historia y enzalzar con su presencia el Pabellón de España en la Expo de Shanghai. Terminadas estas funciones, realiza viajes científicos y de representación por todo el mundo.

Los galeones eran embarcaciones que evolucionaron de las naos renacentistas e integraban las flotas de Indias y Tierra Firme del Imperio Español durante el reinado de los primeros Austrias. En sus bodegas llegaban especias y otras riquezas de Asia y Oceanía (Manila) a América (Acapulco) para luego reunirse formando grandes escuadras y poder defenderse de los ataques corsarios durante la travesía del Atlántico hacia España.

El Andalucía, rebautizado La Pepa en 2012 con motivo del segundo centenario de la primera Constitución, es una reproducción fiel que mide 49,40 metros de eslora por 10,12 de manga y 3,40 de calado. Tiene tres mástiles y un bauprés que cargan un total de siete velas que alcanzan 930 metros cuadrados, y su espejo de popa se remata con decoración alusiva a la Virgen (la Esperanza de Triana). El casco es de madera de roble, iroko y pino pero se ha recubierto de fibra de vidrio para evitar el atque de la broma, un molusco que se adhiere y corroe el material.

Construído y botado en astilleros de Huelva, quienes quisieron verlo zarpar en su primer viaje, hacia China, tuvieron que buscar vuelos baratos a Sevilla en la segunda mitad de marzo de 2010. En su singladura atravesó el Mediterráneo, cruzó el Canal de Suez y llegó a Asia, de donde retornó cinco meses más tarde para hacer otros itinerarios; los últimos, bajo el nombre genérico de El Galeón, por EEUU para conmemorar el descubrimiento de Florida.

Foto: Shlomiliss en Wikimedia

El Museo Naval de Amsterdam

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Uno de los puntos fuertes de Amsterdam es la extensa y variada cantidad de museos que se pueden visitar en la ciudad. Y tratándose de un puerto, inevitablemente tenía que contar con un Museo Naval dedicado a ilustrar al curioso sobre la historia marítima local y de todo el país.

El Scheepvaartmuseum tiene su sede desde 1981 en un gran edificio de 1657 que fue Depósito Naval Nacional, o sea, el antiguo arsenal del almirantazgo, por lo que presenta un aspecto macizo, oficial, con fachadas de cuerpo central resaltado y coronadas por frontones triangulares diseñadas por el arquitecto municipal Daniel Stalpaert. Increíblemente, sólo tardó en construirse 9 meses y, en cambio, un incendio lo destruyó en 1791. El aspecto actual es fruto de una reconstrucción.

La primera planta está dedicada al llamado Siglo de Oro holandés, el XVII, cuando la flota de esta país alcanzó su máximo esplendor de la mano de la Compañía de las Indias Orientales. Un cénit plasmado en las hazañas protagonizadas por los héroes locales Piet Heyn, el marino que en 1628 capturó a los españoles frente a Brasil un fabuloso tesoro que transportaba su flota, y Michel de Ruyter, almirante que se enfrentó a los ingleses entre 1665 y 1667.

Todo ello reforzado con una interesante colección de piezas que incluye imponentes retratos de marinos y otros cuadros de eṕoca que representan famosos combates (como la Batalla naval de Gibraltar, pintada por Cornelis Claesz en 1622), medio millar de maquetas, armas, planos, instrumental de navegación (en una sala cuyo techo es una representación de la bóveda celeste) ylas cartas náuticas del famoso William Blaeu y su hijo. Aparte, también destaca un ejemplar de De Moluccis insulis, la primera obra que narró la vuelta al mundo de Magallanes.

En la segunda planta se reúne todo lo referente a la navegación en los siglos XIX y XX, su carácter fundamentalmente comercial (especias, aceite de ballena) pero incluyendo también la Chalupa Real que el rey Guillermo I utilizaba en ceremonias oficiales en 1818.

Pero quienes reserven vuelos baratos a Amsterdam y hagan esta visita no pueden perderse la parte más espectacular del Scheepvaartmuseum, que está anclada en el embarcadero y al que se llega por una pasarela de madera: es la réplica del Amsterdam, un navío mercante al que una tempestad hizo naufragar frente a la costa inglesa en 1749 durante su viaje inaugural. Con 3 mástiles (el palo mayor mide 56 metros), una eslora de 42,5 metros, una manga de 11,5 y 42 cañones para protegerse, se construyó entre 1985 y 1991 a partir de planos e ilustraciones y tiene una tripulación de actores que recrean cómo era la vida a bordo.

Foto: Robert Orr en Flickr

El pailebote Santa Eulalia

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Una de las visitas más recomendables para quienes reserven vuelos baratos a Barcelona con intenciones turísticas es el Museo Marítimo, que tiene su sede en las Reales Drassanes, es decir, las antiguas Atarazanas. Pero también forman parte del museo algunos barcos, siendo el más importante el pailebote Santa Eulalia, anclado apenas unos metros más allá, en el Moll de la Fusta (Muelle de Madera) del Port Vell.

El Santa Eulalia es un barco de tres palos, fabricado en madera de pino y olivo y aparejado con velas cangrejas, escandalosas y foques, que fue botado en los astilleros Martí de Torrevieja (Alicante) en 1919 como parte de una serie de tres. Entonces se lo bautizó con el nombre de la hija del armador, Carmen Flores, siendo los otros dos el Pascual Flores (que era el mencionado armador) y el Esperanza. Medía- y mide- 34,6 metros de eslora (47 si se incluyen el bauprés y la botavara) por 8,5 de manga, con un calado de 4,05 metros y un peso de 190 toneladas. La altura de los mástiles desde cubierta era de 27 metros, usando un total de 526 metros cuadrados de velamen (12 piezas) y contando con una tripulación de 5 marineros más el capitán. Podía alojar a 12 pasajeros.

Durante varios años se dedicó al transporte de mercancías entre Torrevieja e Ibiza, transportando sal, madera y minerales. En dos ocasiones incluso atravesó el Atlántico para viajar a Cuba. En 1931 cambió de nombre por primera vez, pasando a llamarse Puerto de Palma, y así siguió hasta 1936, cuando se convirtió en el San Viçens. En 1975 su época había pasado pero una empresa de trabajos submarinos y salvamento lo compró, dándole una nueva denominación: Seyremar Uno.

Finalmente, en 1996 terminó embargado por la Seguridad Social y sacado a subasta; lo adquirió el Museo Marítimo, que lo rebautizó con la gracia de la copatrona de Barcelona en 2000 y procedió a su restauración. En 1928 ya se la había puesto el primer motor y en 1973 se le añadió otro más potente hasta el punto de que se le quitó la arboladura; esta parte hubo que reconstruirla por entero y hoy vuelve a tener sus mástiles junto a un motor Volvo Penta de 367 CV.

La visita al pailebote incluye todos sus recovecos, desde la cubierta a la bodega, pasando por los camarotes. Además, en julio, chicos y chicas entre 12 y 14 años pueden hacer salidas al mar en él para aprender el arte de la navegación, mientras que los más mayores pueden alquilarlo para celebrar su boda. Y tres ancianos venerables lo usan e 5 de enero para llegar desde Oriente con sus regalos: los Reyes Magos.

A bordo del Santísima Trinidad en Málaga

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En Inglaterra el puerto de Porsmouth presume del HMS Victory mientras que aquí hay que conformarse con una copia inexacta del Santísima Trinidad en Málaga pero, al fin y al cabo, el buque de Nelson es el original mientras que el nuestro se hundió frente a la costa de Cádiz. El Santísima Trinidad fue un navío de línea de la Armada Española que se hizo famoso por ser el buque más grande de su época. Era el único que, tras una reforma, llegó a tener cuatro puentes en los que se distribuía la impresionante cifra de 140 cañones. Un coloso, pues, al que se conocía popularmente como el Escorial de los mares. Pero ese tamaño y armamento que le hacían temible eran, a su vez, un lastre que lo volvía lento y poco maniobrable hasta el punto de que más de un experto sugirió destinarlo sólo a pontón.

El Santísima, diseñado por Mateo Mullan y construido en los astilleros de La Habana con las mejores maderas, como la caoba, se botó en 1769 para engrosar la flota española en un plan de rearme llevado a cabo por los gobiernos ilustrados que inició el ministro Ensenada. Las primeras pruebas obligaron a realizar algunos ajustes como añadir el citado cuarto puente (en realidad una prolongación del alcázar) e incrementar un par de metros la eslora, dejando las medidas finales en 63,36 de longitud por 16,67 de manga y 8,50 de calado y un peso total de 4.902 toneladas. El coste final fue de 40.000 ducados.

El barco participó en varias batallas, como el asedio de Gibraltar, el cabo Espartel, San Vicente y Trafalgar. En esta última, capitaneado por Francisco Javier de Ugarte y Borja -también llevaba a bordo al jefe de escuadra, Baltasar Hidalgo de Cisneros, fue atacado por siete navíos ingleses que lo desarbolaron matando a dos centenares de marineros y soldados (llevaba 1.159): el Santísima resultaba demasiado torpe, más aún con las deficientes tripulaciones españolas de leva que apenas recibían entrenamiento porque nunca había dinero. Tras rendirse y cuando era remolcado a Gibraltar por dos fragatas enemigas, el temporal lo hundió con sus bodegas llenas de heridos. Era el 24 de octubre de 1805 y los hechos quedaron inmortalizados por Galdós en el primero de sus Episodios Nacionales.

Aunque se rescataron algunos cañones, hoy expuestos en el Panteón de Marinos Ilustres del Arsenal de la Carraca (San Fernando, Cádiz), la nave sigue bajo el mar. No obstante, si alguien quiere hacerse una idea de su aspecto en vivo no tiene más que reservar alguno de los vuelos baratos a Málaga, donde hay una réplica. Costó tres millones de euros y tres años de trabajo y no es original sino que se trata de una adaptación de un viejo barco mercante cuyo casco de acero se forró de madera, además de colocársele mástiles, en Galicia. Luego, en Algeciras, le añadieron el espejo de popa, el beque de proa y la arboladura. Estuvo listo en 2006.

Se halla anclado en el puerto y en su interior tiene una galería de antigüedades que incluyen mapas, instrumentos de navegación, armas de época, mobiliario y otros objetos navales, pero no es un museo exactamente porque carece de fondos suficientes, como admite su dirección. En cambio acoge un restaurante, una sala de fiestas y un local de copas, sirviendo la cubierta principal de terraza. La entrada cuesta 5 euros con derecho a una consumición y visita a algunos salones y puentes.

Una visita al H.M.S Belfast

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Buena parte de las visitas que pueden realizar quienes viajan con los vuelos baratos a Londres, se pueden ir haciendo siguiendo el curso del Támesis: la National Gallery, el Parlamento, la Torre, el Tower Bridge… Pero hay alguna que está en el río mismo, como ocurre con el HMS Belfast, un auténtico buque de guerra que los ingleses, siempre tan atentos a conservar el recuerdo de su tradición marinera, han restaurado, convertido en Patrimonio Nacional e incorporado al Imperial War Museum como una sección forzosamente autónoma. Por 12,95 libras (estudiantes 10,40 y menores de 16 años gratis) se pueden ver las entrañas de esta formidable máquina bélica, desde la sala de máquinas al puente de mando, pasando por los camarotes de marineros y oficiales, la enfermería, las cocinas y las torres de los cañones.

Se trata de un crucero ligero, fabricado y botado en los astilleros Harland and Wolf de Belfast, que se entregó a la Royal Navy en 1938, justo en el mejor momento dada la inminencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El Belfast tenía 187 metros de eslora, 19,3 de manga y 6,5 de calado, desplazando hasta 13.175 toneladas y alcanzando una velocidad de 32 nudos. Estaba armado con 36 cañones, 6 tubos lanzatorpedos y dos antiaéreos, que no tardó en emplear.

Y, sin embargo, se perdió gran parte del conflicto porque una mina le partió la quilla en 1939, pasando 3 años en el dique seco. Durante ese período se ampliaron su manga y calado a 22,6 y 7,1 metros respectivamente, además de dotárselo con cañones pesados. Así, volvió al frente consiguiendo hundir al crucero alemán Scharnhorst en 1943 con la ayuda del Duke of York, el Jamaica y varios destructores. Al año siguiente, con la guerra decantada a favor de los Aliados, cubrió con su artillería el Desembarco en Normandía y capturó sin necesidad de combatir un submarino enemigo.

No fue ése el final de sus andanzas, pues luego se sometió a un proceso de modernización para participar en la Guerra de Corea (1959). Terminados los grandes conflictos sirvió en diversas misiones humanitarias de la ONU hasta que en 1971 fue retirado del servicio activo y anclado en el corazón de Londres como museo flotante, a la manera del Victory en Portsmouth. Abre de 10: 00 a 18:00.

Museo Fragata Presidente Sarmiento

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Para poder contemplar uno de los Monumentos Históricos Nacionales más singulares de Argentina hay que hacer dos cosas: primero, reservar alguno de los vuelos baratos a Buenos Aires y, segundo, trasladarse hasta el dique III de Puerto Madero. Allí está anclado el que fue primer buque escuela de la Armada nacional, el Presidente Sarmiento, hoy transformado en Museo Naval y visitable de lunes a viernes entre las 9:00 y las 20:00 y fines de semana de hasta las 22:00.

Fue encargado en 1895 a un astillero británico, el Laird Brothers de Birkenhead (Liverpool) para cubrir la necesidad de enseñanza de los cadetes y lo diseñó el ingeniero Bevis siguiendo los planos de otro navío creado por él, un clípper que había ganado tres veces la regata Inglaterra-Cabo de Buena Esperanza llamado HMS Clive. Botado el 31 de agosto de 1897, recibió el nombre de Presidente Sarmiento en honor del político bajo cuyo mandato se había fundado la primera Escuela Naval Militar argentina, Domingo Faustino Sarmiento. Era una fragata de tres palos (midiendo el mayor 54,3 metros de altura), casco de acero forrado de madera de teca, 85,5 metros de eslora y 13,32 de manga. Disponía de una superficie vélica de 2.300 metros cuadrados, aunque también contaba con un motor de dos hélices de 1.800 cv, con expulsión por una pareja de chimeneas, que le permitía alcanzar una velocidad de 13 nudos. Para dirigirlo tenía una rueda de timón triple. El precio final ascendió de 143.143 libras esterlinas.

Pese a estar dotado de armamento 12 cañones, 2 ametralladoras y 3 tubos lanzatorpedos), obviamente no estaba destinado al combate sino a la enseñanza. Realizó su primera singladura a Europa el 14 de julio de 1898 al mando del capitán Enrique Thorne, tocando los puertos de Vigo y Génova antes de regresar a Buenos Aires. Desde entonces y hasta 1939 llevó a cabo 39 viajes más, recorriendo un total de 1.100.000 millas marinas y formando a 23.000 cadetes. Había estado presente en las revistas navales con ocasión de las coronaciones del káiser Guillermo, Eduardo VII y Alfonso XIII y en la inauguración del Canal de Panamá, pasando entonces a limitarse a salidas nacionales de entrenamiento. Dejó de navegar en 1961 y al año siguiente lo declararon Monumento Histórico Nacional, siendo relevado en sus funciones por la fragata Libertad.

Si uno reserva alguno de esos billetes baratos y decide visitarlo se lo encontrará anclado, pintado de blanco, con la República Argentina como mascarón de proa. A bordo se ven el comedor, la cocina, una peluquería y los camarotes a los que sólo los 32 oficiales de alta graduación tenían derecho, pues el resto -unos trescientos marinos- debían dormir en coys al viejo estilo. También hay algunas piezas pintorescas, como una piedra de la Gran Muralla china, una bandera argentina cuyo sol tiene los ojos achinados porque se bordó en Shangai y el cuerpo disecado de Lampazo, un perro terranova que fue mascota del buque.