El Mausoleo de Augusto

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Todo aquel que reserve vuelos baratos a Roma con la intención de visitar especialmente las ruinas imperiales debe tener en cuenta que buena parte de lo que se conserva se debe la etapa de esplendor propiciada por Augusto a lo largo de sus cuarenta años de gobierno. El Foro que lleva su nombre, el Ara Pacis, el Panteón que levantó su yerno, el templo de Apolo Sosiano, el teatro de Marcelo, la casa de su esposa Livia o la suya del Palatino son algunos ejemplos que se completan con el mausoleo donde descansan sus restos mortales.

Se trata de un edificio funerario situado en la piazza Augusto Imperatore, al lado del río Tíber, en el antiguo Campo de Marte. Es de planta circular porque, se dice, el emperador se inspiró en la tumba helenística de Alejandro Magno que había visto en Alejandría, Egipto, ciudad que visitó cuando aún se llamaba Octavio tras derrotar a Marco Antonio y Cleopatra para poder acceder al poder.

Los trabajos de construcción se iniciaron hacia el año 29 a.C. (se dice que Agripa fue el arquitecto) y el resultado fue una estructura arquitectónica redonda, con cinco pasillos concéntricos en su interior en los que se debían distribuir las urnas con las cenizas de los fallecidos que pertenecieran a la familia imperial, la Julia-Claudia. Entre ellos figuraban algunos personajes conocidos de la historia de Roma, como Druso, Germánico, Livia, Tiberio, Calígula, Claudio -éste no es seguro-, Vespasiano o Nerva.

Debió ser un lugar hermoso e impresionante, pues su planta medía 87 metros de diámetro por 40,5 de altura, coronándose con un doble tambor sobre el que se situó una estatua de bronce de Augusto que indica la posición exacta de sus cenizas (en el centro exacto). Sin embargo, hoy es difícil imaginarlo en todo su esplendor porque el paso de los siglos de los milenios, ha ido degradándolo de diversas maneras: a la acción implacable del paso del tiempo en sí, se unieron las inclemencias meterológicas, el abandono e incluso su reutilización para otros usos, tales como jardí, viñedo, bastión defensivo durante la Edad Media y hasta escenario para espectáculos taurinos allá por el siglo XVIII.

Por eso no se conservan ni los dos imponentes obeliscos que flanqueaban la entrada ( o sí, sólo que ahora están el las plazas del Esquilino y el Quirinal) ni el mármol travertino que recubría el edificio ni las placas de bronce que, a cada lado de la puerta, narraban las gestas del emperador (Res Gestae Divi Augustae). Si acaso, quedan algunos de los cipreses que rodeaban el conjunto, que ocupaba una hectárea.

Foto: Alexander Z en Wikimedia