Archivos mensuales: marzo 2011

La Alameda Principal de Málaga

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Los vuelos baratos a Málaga revelan al visitante la fisionomía de una ciudad abierta al mar, al que le han ganado terreno mediante la Alameda Principal, que parte de lo que hace tres siglos era la desembocadura del río Guadalmedina y separa el norte del sur urbanos, el casco histórico del Ensanche. Es una de las arterias más importantes de la ciudad, bien comunicada merced a la red de transportes públicos que circulan por ella.

Fue en el siglo XVIII cuando se demolieron las viejas murallas medievales para hacer un elegante paseo en el que levantó sus palacetes la burguesía comercial, creciente y pujante en la época. Luego, en 1925, la calle fue rebautizada con el nombre de Alfonso XIII y abierta al tráfico rodado. Los coches siguieron circulando aunque el nombre cambió a Avenida del Generalísimo y ésta se prolongó sobre el río en 1966 mediante el Puente de Tetuán.

Aún sobrevive, sin embargo, la arquitectura que le da un carácter especial. Del siglo XVIII, Archivo Municipal (antigua Audiencia), la Delegación de Gobierno de la Junta de Andalucía y la sede de la ONCE, además de la casa que hace esquina a la Puerta del Mar. Del XIX también hay varios ejemplos, destacando el curioso edificio de Banesto, que tiene un torreón solitario que algunos comparan con la catedral, y la que alojó al escritor danés Hans Christian Andersen. Del XX merecen la pena mencionarse la casa de los Heredia, de fachada neomudéjar, y la iglesia de Stella Maris diseñada por García de Paredes, un edificio moderno que mezcla ladrillo, acero y cristal pero que contiene un Cristo del XVIII.

La avenida termina en la Plaza de la Marina ante el monumento al Marqués de Larios, obra del escultor Mariano Benlliure, justo donde empieza la calle dedicada a este personaje local. Pero al otro lado se puede seguir paseando agradablemente protegido del sol de Málaga por la sombra de los árboles del Parque que impulsó Cánovas del Castillo.

La Capilla del Salvador en Ibiza

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Como ya se ha dicho aquí en más de una ocasión, los vuelos baratos a Ibiza deberían llevar implícita una visita a Dalt Vila, el casco viejo de la ciudad que está englobado dentro del recinto de las murallas ocupando una loma coronada por la silueta maciza de la Catedral. El ágora principal de este lugar es la plaza donde, además del templo, el castillo, la Real Curia y la casa rectoral, figura la pequeña Capilla del Salvador.

Esta recoleta iglesia gótica fue consagrada en el año 1364 pero bajo una advocación distinta: la Transfiguración del Señor. Lo más destacado de ella es su única nave de tres tramos con bóveda de crucería simple, la roseta en uno de los muros, una terraza con frontis bajo arco ojival que muestra un bajorrelieve de Dios con la bola del mundo (siglo XIV) y una fachada que da a la Catedral -justo donde estuvo el cementerio hasta el siglo XVII- con una puerta a la que se accede por una pequeña escalinata y rematada por el escudo heráldico de la ciudad (de 1503).

La capilla fue sufragada por la Cofradía de Marineros, que la convirtieron en su sede hasta 1702, en que se trasladaron al santuario de San Telmo. Fue vendida entonces a la Universitat, es decir, la sede del gobierno balear, una especie de parlamento donde estaban representados tanto los payeses como la rica burguesía y los comerciantes. Los Decretos de Nueva Planta introducidos por Felipe V pusieron fin a las instituciones regionales en favor de una centralización estatal y el edificio pasó a ser la casa consistorial de Ibiza hasta 1838.

En la actualidad acoge una parte del Museo Arqueológico, estando la otra está en el vecino baluarte de Santa Tecla. Durante las obras de acondicionamiento se encontraron varias tallas de madera policromada de Cristo crucificado. Se cree que la más importante, realizada a tamaño natural, formaba parte de un Descendimiento catalán del siglo XIII.

Catedral de St. John the Divine

Los usuarios de vuelos baratos a Nueva York que en su visita quieran contemplar el cuarto templo del mundo cristiano en tamaño deben acercarse al Morningside Heights de Manhattan. Allí, en la Avenida Amsterdam 1047, entre las calles 110ª y 113ª, se alza la inmensa mole de Saint John the Divine, la catedral anglicana de la ciudad, con su imponente fachada “tullida” (le falta una torre y la otra está a medio hacer) y su longitud equivalente a dos campos de fútbol americano.

La diócesis episcopal de Nueva York impulsó su construcción para tener un templo que pudiera rivalizar con los europeos y, sobre todo, con la vecina catedral católica de Saint Patrick. En 1892 el obispo Henry Codman Potter puso la primera piedra en las 6 hectáreas de terreno dedicadas ad hoc. Los arquitectos George Lewis Heins y C. Grant LaFarge elaboraron un diseño en un estilo que mezclaba bizantino con neorrománico pero el edificio nunca llegó a presentar ese aspecto; la muerte del primero obligó a contratar un nuevo experto, Ralph Adams Cram, que trocó la idea original y optó por el neogótico.

Entre los cambios de planos, las gigantescas dimensiones del proyecto (superará en altura a la Estatua de la Libertad y tendrá capacidad para 10.000 personas) y el hecho de que los canteros tallen las piedras con lentas técnicas medievales, la iglesia no se abrió al público -inacabada- hasta medio siglo después. Para entonces el estallido de la Segunda Guerra Mundial obligó a suspender las obras y ya no se pudieron reanudar hasta 1972, quedando entre fechas algunas reformas. Y hoy siguen unos trabajos que, si se cumple lo previsto, estarán concluidos a mediados del siglo XXI, con lo que se habrán desarrollado a lo largo de tres centurias distintas. Casi como en el Medievo, de ahí que se llame jocosamente al lugar como Saint John the Incomplete. El equivalente estadounidense de la Sagrada Familia barcelonesa.

La catedral presenta un interior -donde suelen celebrarse conciertos- con 14 bóvedas de crucería, metáfora de las vocaciones espirituales y terrenas del Hombre. Este simbolismo está presente en todas partes, desde las 7 capillas de la girola (una por cada etnia humana) a la Fuente de la Paz exterior, donde el Bien, encarnado por una estatua del arcángel San Miguel, se enfrenta al Mal esculpido con la forma de Satanás. Además, un cangrejo representa al mar, el origen de la vida, reforzado por una doble hélice que es una cadena de ADN. A todo ello deben sumarse rincones dedicados a los Bomberos neoyorquinos (una constante en las iglesias desde el atentado contra las Torres Gemelas), a los poetas americanos, a los enfermos de SIDA… Sin olvidar el refugio-comedor para los homeless.

La Casa de Campo

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La Casa de Campo, 1.747 hectáreas de bosque y matorral que lindan con el Monte del Pardo, constituye el mayor parque público de Madrid, muy superior en tamaño a los quizá más famosos de otras capitales como París (Boulogne), Londres (Hyde Park) o Nueva York (Central Park).

Fue un lugar habitado ya desde la Prehistoria, algo que repitieron luego los romanos. Los árabes fundaron Magerit justo al lado y Felipe II empezó a introducirlo en la vida oficial al trasladar la corte a Madrid y mandar comprar la casa de campo -de ahí el nombre- de los Vargas, que aún se alza en el lugar. Desde el principio fue el coto real para los reyes españoles, generalmente tan aficionados a la caza, aunque Felipe IV prefirió ejercer la actividad cinegética en el Buen Retiro. Felipe V, el primer Borbón, mandó incorporar jardines estilo francés que le recordaran su patria y su hijo Fernando VI lo tituló Bosque Real, quintuplicando su tamaño al adquirir otras fincas de los alrededores.

El arquitecto preferido de Carlos III, Sabatini, erigió diversas estructuras como la Faisanera, el Reservado (más jardines) o el Puente de la Culebra, además de caminos, canalizaciones y un muro perimetral. Un siglo después, a mediados del XIX, bajo el reinado de Isabel II, llegó el ferrocarril a España, atravesando por la Casa de Campo la línea Madrid-Irún. Su hijo Alfonso XII mandó hacer el Lago Grande y evitar, a duras penas, que el terrible incendio de 1878 la arrasara. Y así se llegó a 1931, cuando la proclamación de la República abrió el coto a los ciudadanos, convirtiéndolo en parque público y declarándolo Monumento Histórico-Artístico Nacional: 300.000 personas pasaron la tarde bajo sus árboles el día de la inauguración.

En la Guerra Civil constituyó una línea de frente desde el Puente de los Franceses hasta Carabanchel, siendo el cerro Garabitos el lugar desde donde la artillería franquista bombardeó la capital. De esa época aún quedan numerosos nidos de ametralladoras y trincheras. La Casa de Campo se reabrió en 1946 y quedó ya plenamente integrada en la vida madrileña gracias a las dotaciones de ocio que recibió, caso de la Fiesta del Campo (representación de la arquitectura rural de regiones de España, que se reconvirtió en actual Paseo de la Gastronomía, avenida de restaurantes), el Parque de Atracciones (1969) o el Zoológico (1972). La contrapartida vino de la mano de la contaminación y la prostitución; la primera se solucionó prohibiendo el tráfico rodado en 2007 mientras que la segunda sigue pendiente.

Los vuelos baratos a Madrid permiten al turista disfrutar de los encinares de este pulmón verde, practicar deportes por sus numerosas instalaciones, contemplar una panorámica de la ciudad desde el teleférico que salva el río Manzanares, asistir a algún espectáculo en el pabellón multiusos Madrid Arena o remar por el Lago Grande creado por Alfonso XII.

Los Jardines del Turia

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Valencia posee el mayor jardín urbano de España para disfrute de sus ciudadanos, que supieron luchar para impedir que el cauce del río Turia fuera cubierto por una autopista. Dicho cauce estaba seco tras desviarse su curso para impedir que atravesara el casco urbano y corriera el riesgo de desbordarse, como pasó en 1957. Entonces, a los daños materiales hubo que sumar un centenar de muertos, lo que llevó a Ayuntamiento y Gobierno a desviarlo. El hueco lo reclamaron los vecinos y se puso manos a la obra. El resultado: los Jardines del Turia, 110 hectáreas repartidas longitudinalmente a lo largo de 6,5 kilómetros que se abrieron en 1986.

Los jardines cruzan el casco urbano desde el puerto, donde hoy está la Ciudad de las Artes y las Ciencias, hasta el Parque de Viveros, actual sede del reciente Bioparc, el nuevo zoo. Fue un proyecto realizado en varias fases, con sucesivas ampliaciones y participación de varios estudios arquitectónicos, entre ellos los de Ricardo Bofill, Veges-Tu Mediterránea o la Consellería de Agricultura. Así se crearon 12 tramos distintos, cada uno con sus propias características pero con el objetivo común de servir de lugar de esparcimiento para los valencianos.

De las zonas cabe destacar el Parque de la Papelera (que incluye un lago con barcas para pasear, una parte ajardinada y el mencionado Bioparc), el Vetges-Tu (con entorno vanguardista), la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y el parque de Gulliver (una plaza circular de 15.000 metros cuadrados cuyo centro es una figura gigante tumbada del personaje de Jonathan Swift, con una pierna a manera de escalera y el pelo y la ropa formando toboganes para los niños, los liliputienses. En el interior hay una maqueta de Valencia).

Pero hay muchas más cosas: pistas de minigolf, de monopatín, dos tableros gigantes de ajedrez y otras pistas deportivas, 18 puentes de todos los estilos que comunican ambas riberas, el llamado Bosque Urbano, la casa del Agua, avenidas de palmeras, naranjos y pinos, el Parque de la Cabecera, el Palau de la Música… Atracciones suficientes como para congregar cada año a más de 3 millones de personas, entre ellas muchos inmigrantes que utilizan los Jardines del Turia como punto de reunión los fines de semana. A tener en cuenta para llevar a los niños cuando se haga uso de los vuelos baratos a Valencia.

Foto: 3bp

El Café Tortoni de Buenos Aires

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Puede sorprender que se recomiende visitar una cafetería a los usuarios de los vuelos baratos a Buenos Aires pero es que el Café Tortoni es bastante más que un simple establecimiento de hostelería y, por eso, suele estar lleno de turistas cámara en ristre. Y no es que atraiga sólo su aspecto, su arquitectura clásica o su ambiente inequívocamente porteño; también está el programa de eventos culturales a los que se puede asistir bajo su techo (es posible consultarlo en la web oficial), de los que destacan los espectáculos de tango y jazz pero también las presentaciones literarias o los concursos de poesía.

Porque el Tortoni está ligado al mundo del arte, si no desde su fundación sí desde hace ya casi un siglo, cuando el escritor Benito Quinquela Martín decidió imitar lo que había visto en Europa y fundar la Agrupación Gente de Artes y Letras, más conocida como La Peña. Corría el año 1926 y la intención era fomentar estas disciplinas a través de conciertos, conferencias, lecturas públicas y demás. Pero, sobre todo, tener un lugar donde reunirse -la bodega- con sus colegas; algo similar a lo que en España eran las tertulias del Café Gijón, por ejemplo. Por allí pasó buena parte de la élite de la intelectualidad bonaerense y de más sitios: Borges, Ortega y Gasset, Lorca, Gardel… Suficiente para atraer a otra gente como el piloto Fangio, Einstein o el rey Juan Carlos I.

El café presume de carecer de origen cierto, mas allá de la fecha, 1858. Unos atribuyen su fundación y nombre a un emigrante francés que se lo habría puesto en memoria de un establecimiento homónimo del París decimonónico. Otros lo niegan, pese a que Stendhal lo menciona en su novela Rojo y Negro, y se lo atribuyen a un tal Orestes Tortoni. No hay acuerdo y el misterio dota al lugar de más encanto aún.

Lo que sí se sabe es que en 1880 se trasladó a su dirección actual de la Avenida Ribadavia, que hoy es la puerta trasera (cerrada al público) porque ocho años después se abrió la Avenida de Mayo y se construyó una elegante fachada de estilo francés diseñada por el arquitecto noruego Alejandro Christophensen. El legendario interior, con su gran espacio de columnas, techo acristalado, mesas de madera, sala de billar y escenario para actuaciones, destila los característicos aires bohemios de Buenos Aires.

La Casa-Museo de Murillo

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Sevilla fue la ciudad natal de uno de los grandes maestros del arte español y mundial de todos los tiempos, Bartolomé Esteban Murillo. El pintor que hizo las versiones más famosas de la Inmaculada Concepción ha dejado su nombre a numerosos lugares de la ciudad, como los jardines junto a la Universidad, y tiene estatuas en su honor ante el Museo de Bellas Artes local y en lo alto del Palacio de San Telmo. Ahora se pretende recuperar un antiguo proyecto de 1972: abrir al público su casa-museo (calle Santa Cruz número 8), a imitación de las que tienen Lope de Vega y El Greco en Madrid y Toledo respectivamente, por ejemplo.

En realidad la idea se llevó a cabo diez años después para aprovechar el tercer centenario de la muerte del artista (1682) pero la cosa no se mantuvo demasiado tiempo: en 1988 todo quedó congelado y el edificio se reconvirtió en oficinas de la Consejería de Cultura mientras se gestionaba algo más ambicioso. Y parece que, por fin, ha llegado el momento.

Siguiendo los diseños del arquitecto Fernando Mendoza Castells, se está remozando la fachada que da al Convento de San José del Carmen (de las Teresas), así como el interior, que quedará estructurado en 8 espacios distribuidos en 2 plantas más un ático, todo ello en torno a un típico patio andaluz porticado. Este patio es lo único que se puede visitar por ahora pero se prevé que, cuando esté terminadas las obras, el visitante pueda contemplar el ambiente de una auténtica casa del siglo XVII, con cocina, dormitorio, salón y el estudio de trabajo.

Murillo se alojó en esta dirección los últimos meses de su vida, maltrecho tras una caída de un andamio mientras pintaba el templo del convento de los Capuchinos de Cádiz. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de Santa Cruz, pero los franceses la destruyeron durante la Guerra de la Independencia y después se construyó encima la plaza del mismo nombre, por lo que los restos del artista forman parte hoy del subsuelo de la ciudad.

Habrá que estar pendiente de la apertura y de los vuelos baratos a Sevilla para conocer el hogar de uno de los genios del bien surtido Siglo de Oro.

Una visita al H.M.S Belfast

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Buena parte de las visitas que pueden realizar quienes viajan con los vuelos baratos a Londres, se pueden ir haciendo siguiendo el curso del Támesis: la National Gallery, el Parlamento, la Torre, el Tower Bridge… Pero hay alguna que está en el río mismo, como ocurre con el HMS Belfast, un auténtico buque de guerra que los ingleses, siempre tan atentos a conservar el recuerdo de su tradición marinera, han restaurado, convertido en Patrimonio Nacional e incorporado al Imperial War Museum como una sección forzosamente autónoma. Por 12,95 libras (estudiantes 10,40 y menores de 16 años gratis) se pueden ver las entrañas de esta formidable máquina bélica, desde la sala de máquinas al puente de mando, pasando por los camarotes de marineros y oficiales, la enfermería, las cocinas y las torres de los cañones.

Se trata de un crucero ligero, fabricado y botado en los astilleros Harland and Wolf de Belfast, que se entregó a la Royal Navy en 1938, justo en el mejor momento dada la inminencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El Belfast tenía 187 metros de eslora, 19,3 de manga y 6,5 de calado, desplazando hasta 13.175 toneladas y alcanzando una velocidad de 32 nudos. Estaba armado con 36 cañones, 6 tubos lanzatorpedos y dos antiaéreos, que no tardó en emplear.

Y, sin embargo, se perdió gran parte del conflicto porque una mina le partió la quilla en 1939, pasando 3 años en el dique seco. Durante ese período se ampliaron su manga y calado a 22,6 y 7,1 metros respectivamente, además de dotárselo con cañones pesados. Así, volvió al frente consiguiendo hundir al crucero alemán Scharnhorst en 1943 con la ayuda del Duke of York, el Jamaica y varios destructores. Al año siguiente, con la guerra decantada a favor de los Aliados, cubrió con su artillería el Desembarco en Normandía y capturó sin necesidad de combatir un submarino enemigo.

No fue ése el final de sus andanzas, pues luego se sometió a un proceso de modernización para participar en la Guerra de Corea (1959). Terminados los grandes conflictos sirvió en diversas misiones humanitarias de la ONU hasta que en 1971 fue retirado del servicio activo y anclado en el corazón de Londres como museo flotante, a la manera del Victory en Portsmouth. Abre de 10: 00 a 18:00.