Puede sonar extraña la idea de un museo naval en una ciudad que no solo carece de mar sino que está a cientos de kilómetros de la costa, pero son gajes de tener la capital en el centro del país. Y, de todas formas, quienes reservan vuelos baratos a Madrid y visitan el Museo Naval no salen decepcionados en absoluto; imposible, con la historia y tradición marineras de España.
En 1792 el secretario de Marina de Carlos IV, Antonio Valdés y Fernández de Bazán -imposible encontrar un apellido más ligado al mar-, decretó la creación de una biblioteca general de ciencias naturales “necesarias para la completa instrucción del Cuerpo de la Armada”. Así se comenzó una labor de acopio de libros, mapas e instrumentos por las naciones punteras de Europa, Gran Bretaña y Francia, además de copiarse toda la documentación sobre el tema encontrada en los archivos españoles. El material recopilado se almacenó en depósitos del Real Instituto y Observatorio de la Armada y allí quedó durante medio siglo porque un cambio en la titularidad del ministerio y los avatares históricos impidieron seguir adelante con el proyecto.
La idea fue recuperada en 1842, ya estabilizada la nación tras las guerras vividas, pero sustituyendo la biblioteca, que ya estaba en el Departamento Hidrográfico, por un museo que la reina Isabel II inauguró al año siguiente en el Palacio de los Consejeros (calle Mayor). Como la colección creció notablemente en dos años hubo que buscar otra sede: primero la Casa de Platero y luego el Palacio de los Ministros, donde quedó de 1853 a 1932. Ese año pasó a su ubicación definitiva en el Ministerio de Marina, hoy Cuartel General de la Armada (Paseo del Prado 5).
Los últimos directores que ha tenido, almirantes, lo han organizado cronológicamente desde el siglo XV a nuestros días a través de casi una veintena de salas, de las que al público general interesarán especialmente las dedicadas a los descubrimientos, Trafalgar, Cuba y Filipinas y Guerra Civil. Mención aparte merecen los espacios estrella del museo: las reproducciones de una cámara de oficiales (Sala del Real Patronato) y el camarote de un comandante, ambos recreados de una fragata decimonónica.
No obstante, la colección, conseguida con aportaciones de la Casa Real, la Secretaría de Marina, la Compañía de Guardias Marinas y otras muchas instituciones de la península y las colonias, tiene piezas suficientes en cantidad y calidad para satisfacer a cualquiera: maquetas de barcos antiguos y modernos (Santísima Trinidad, acorazado España), dioramas de batallas y fortificaciones (Cavite), armas blancas y de fuego (sables, cañones, carronadas, pistolas de arzón, torpedos), instrumentos náuticos y científicos (bitácoras, esferas armilares, sextantes, telescopios), monedas desde época romana, condecoraciones, láminas y pinturas (Vicente López, Muñoz Degraín, Rafael Monleón), uniformes, banderas…
De todo ello cabe destacar piezas históricas como el primer mapa de América (obra de Juan de la Cosa), una cartera utilizada por el marqués de la Ensenada, la espada del marino Churruca, el montante de don Juan de Austria, los restos de la nao San Diego, la bandera del navío San Juan Nepomuceno (combatiente en Trafalgar) e incluso la mesa sobre la que Murat firmó el decreto de represión de Madrid el 2 de mayo de 1808.
Puede ser una agradable visita sorpresa al paso por la ciudad, más al alcance que nunca gracias a los vuelos baratos. Y la entrada es gratis.
