Más de un melómano habrá reservado alguno de los vuelos baratos a Roma con la intención de acercarse a ver la almena del Castel Sant’ Angelo desde la que se arrojaba Tosca para suicidarse por el amor de Mario. Es una de las escenas culminantes de la ópera de Puccini pero cuadra bastante bien con la tormentosa historia de este lugar.
Porque, ya para empezar, fue concebido por el emperador Adriano como su futuro mausoleo. De hecho, el puente sobre el Tíber frente al que está emplazado se llamaba antaño pons Aelius, que era el nombre de su hijo adoptivo. Pero aunque lo empezó Adriano en el 135 d. C. fue Antonino Pío quien lo terminó cuatro años más tarde. Y, en efecto, allí se fueron depositando las cenizas de los césares romanos hasta Caracalla, en el 217. Aún se conservan algunas en el segundo piso pero no la rica decoración que se supone debía tener el lugar porque los godos lo saquearon en el año 537. Para entonces hacía más de un siglo que se le había cambiado su función funeraria por un uso militar, integrándolo en la Muralla Aureliana.
Según la leyenda este peculiar castillo cilíndrico recibió su nombre actual del papa Gregorio I el Magno apenas 53 años después del paso de los bárbaros, en el 590, cuando Roma estaba diezmada por una epidemia de peste: en plena procesión navideña el pontífice tuvo una visión del arcángel San Miguel en la que éste, envainando su espada, le anunciaba el fin de la enfermedad. Por eso también el edificio está coronado por una estatua angélica, un bronce de Pierre van Verschaffel de 1753 que sustituyó a otro anterior de mármol, obra de Raffaello da Montelupo y que sigue un boceto de Bernini.
En el Medievo el castillo fue fortaleza y prisión. Tras sus muros fue torturado Giordano Bruno por hereje, al igual que probaron el encarcelamiento el escultor Benvenutto Cellini o el el conde de Cagliostro. Los papas reforzaron aquel lugar como protección ante eventuales peligros y acertaron. Entre 1277 y 1281 Nicolás III ordenó construir el llamado Pasetto, un pasadizo cubierto de 800 metros de longitud que lo une con el Vaticano. Resultó un auténtico salvavidas para Clemente VII en 1527, cuando los lansquenetes (mercenarios alemanes) de Carlos V llevaron a cabo el famoso Sacco de Roma: el pontífice tuvo que refugiarse en el castillo mientras el ejército imperial arrasaba la ciudad, quedando atrapado hasta que se rindió un mes después. Luego, en el siglo XVII, León IV rodeó el complejo con una muralla pentagonal, según los usos militares de entonces.
Actualmente se llama Museo Nazionale del Castel de Sant’ Angelo y la visita describe su historia mostrando tanto los calabozos como las suntuosas habitaciones papales. El salón principal está destinado a armería y tiene otras salas para exposiciones itinerantes. Un paseo para el que bien merece recurrir a los vuelos económicos a la capital italiana
