El Panteón de Agripa


shutterstock 29386663 El Panteón de Agripa

Un dato curioso para quienes estén mirando vuelos baratos a Roma: el único edificio de la era de los césares que se ha conservado más o menos intacto y en uso hasta la actualidad es el Panteón. Sólo por esto ya merecería una visita pero es que su imponente aspecto, que contrasta con la rara imagen externa, la gratuidad de la entrada y el hecho de que haya legado el nombre a un tipo de edificación arquitectónica funeraria también son motivos disuasorios.

El Panteón era originalmente un templo dedicado a todos los dioses, especialmente a los siete celestes (Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), que encargó el cónsul Marco Vipsanio Agripa, yerno de Octavio de Augusto, en el año 27 a. C; al menos eso parece indicar la inscripción del frontón. Hay quien atribuye la autoría artística a Apolodoro de Damasco, aunque no es seguro. Sin embargo un incendio lo destruyó y fue el emperador hispano Adriano quien decidió reconstruirlo un siglo después alterando su aspecto primitivo, que era rectangular, al añadirle a la fachada un cuerpo circular.

Traspasada la columnata de entrada, hoy a nivel del suelo pero antaño con una escalinata de seis metros, se entra a un espacio diáfano en el que destaca una grandiosa cúpula que representaba la bóveda celeste. De hecho, sus cinco niveles de casetones correspondían a las cinco esferas del antiguo sistema planetario, rematadas por un óculo central, una abertura que se identificaba con el Sol o la Luna, según fuera de día o de noche, y que permite iluminar con luz natural el recinto; como mide nueve metros de diámetro también entra la lluvia pero el agua se desaloja por unos desagües en el suelo. Las medidas de la cúpula, 43,20 metros de diámetro y altura, la convirtieron durante mucho tiempo en la más grande del mundo; incluso la de la basílica de San Pedro se hizo un poco más pequeña por respeto a su modelo.

Y es que, efectivamente, el Panteón se convirtió en modelo para los artistas del Renacimiento: Miguel Ángel, Bramante, Brunelleschi… Rafael pidió ser enterrado entre sus muros y luego le imitaron Annibale Carracci y Vignola, originando así la costumbre de llamar panteón a los grandes mausoleos. La costumbre perduró y también allí reposan los restos de los Saboya, Víctor Manuel II y su familia. Otros, sin embargo, no fueron tan respetuosos: a Bernini le encargaron colocar dos campanarios, uno a cada lado del frontón, que provocó que se los llamara orejas de asno hasta que se retiraron en 1893. Peor fue lo del papa Urbano VIII, que mandó arrancar los forros de bronce que cubrían los casetones para fundirlos y hacer el baldaquino barroco de San Pedro; eso le costó ver su apellido ligado al escarnio para la posteridad : “Lo que no hicieron los bárbaros lo hicieron los Barberini”.

No todos los pontífices fueron tan insensibles. A Bonifacio IV, por ejemplo, se debe la supervivencia del edificio al consagrarlo iglesia cristiana en el año 608 d. C. Aunque el nuevo nombre que recibió nadie lo tiene en cuenta (Santa María de los Mártires) hoy siguen celebrándose misas e incluso bodas, revitalizando el barrio de Trevi y las inmediaciones de la Piazza della Rotonda. Y junto con el casco antiguo de Roma, es Patrimonio de la Humanidad desde 1980; téngase en cuenta al mirar esos viajes baratos.

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