El Drago Milenario de Icod (Tenerife)

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Al protagonista de este post sólo se le puede ver haciendo uso de los vuelos a Tenerife porque pertenece a una especie típica de las islas Canarias, de las que es un símbolo por ley. De hecho hay más dragos en Madeira, Cabo Verde, Marruecos y en el propio archipiélago, pero es éste el decano a causa de su edad que, pese al nombre, no alcanza los milenios que a menudo le atribuyen: los científicos calculan que tiene unos seiscientos años. Que no está nada mal.

Sin embargo es cierto que su especie (Dracaena draco) se remonta a la Prehistoria, habiendo cambiado muy poco desde entonces. De ahí el interés que suscita en el mundo botánico y el que suscitó entre los primitivos pobladores canarios, los guanches, que habitaban esta región antes de la llegada de los conquistadores castellanos. Por entonces ya estaba allí el árbol, al que consideraban sagrado y del que utilizaban productos derivados como la corteza o la savia para cosmética, farmacología o llevar a cabo los procesos de embalsamamiento que han legado a los museos locales un buen número de momias.

Misterio y atractivo probablemente se acentuaban con la curiosa cualidad que posee dicha savia: en contacto con el aire se vuelve roja. De ahí la leyenda sobre un mercader, que persiguiendo a una nativa que se había refugiado bajo las ramas del drago, dio una cuchillada al tronco; al ver el líquido encarnado que brotaba pensó que era sangre y huyó presa del pánico. No es de leyendas de lo que anda escaso el lugar. Al fin y al cabo el nombre proviene, seguramente, del dragón que en la mitología clásica protegía a las tres hijas del titán Atlas, las Hespérides, cuyo jardín se situaba geográficamente en las Canarias.

El drago se encuentra en Icod de los Vinos, al noroeste de la isla de Tenerife. Con una característica forma de seta, mide diecisiete metros de altura y seis de copa. Grande, sí, pero hubo uno en La Orotava que alcanzó los 24 hasta que cayó derribado por el viento a mediados del siglo XIX. Al igual que los demás miembros de su especie, el tronco es de un solo cuerpo pero rugoso a causa de los años, como formando fustes, y tiene la particularidad de que al crecer no forma anillos, así que se le debe calcular la edad por el número de hileras de ramas.

Ahora que llega el verano y se multiplican las ofertas de vuelos puede ser un buen momento para hacerle una visita. La entrada a la finca en que se halla cuesta cuatro euros, aunque los que se conformen pueden verlo también de lejos.