La Casa Milá


shutterstock 29636203 La Casa Milá

Una de las obras más importantes de Gaudí, la última que hizo antes de dedicarse en exclusiva a la Sagrada Familia, es la Casa Milá. No resulta extraño que quienes toman vuelos baratos a Barcelona suelan incluirla en su itinerario porque se trata, quizá, de la mejor representante del Modernismo civil.

Fue un encargo de Pere Milá y su esposa, quienes se reservaron un piso en la primera planta. Eligieron al arquitecto por la fama que había alcanzado con su anterior obra, la Casa Batlló, aunque con esta otra rompió todos los moldes hasta el punto de que no todos se lo tomaron en serio y hubo cierto sarcasmo ante tanta novedad. Porque novedad fue esa fachada ondulante de piedra calcárea (que dio lugar al nombre popular de La Pedrera) tachonada de balcones de forja emulando hiedra, el hecho de que no haya un solo muro recto en todo el edificio y la ausencia de paredes maestras (las estructuras descansan sobre pilares y vigas de hierro).

Esta casa de ocho plantas organizadas en torno a dos patios, uno circular y otro oval, ha sido a menudo interpretada como una gran escultura, por su redondeada parte superior de azulejos blancos simulando una montaña nevada. Sin embargo su fin era albergar viviendas. La entrada, con un arco ciclópeo rematado por una cornisa ondulada, tiene la inscripción Ave María gratia, Dominus tecum, fiel reflejo de la espiritualidad de Gaudí, quien no pudo completar la imaginería religiosa prevista para la fachada por el estallido de la Semana Trágica: un grupo escultórico de cuatro metros (la Virgen del Rosario con cuatro ángeles) fabricado en piedra, acero y cristal.

Lo más espectacular, sin embargo, hay que buscarlo en la terraza, de la que brotan docenas de salidas de las escaleras y chimeneas, unas rematadas con cruces y otras aparentando grupos de guerreros medievales con sus yelmos. El conjunto recibía el apelativo de espanta-brujas, por su aspecto amenazador, aunque en la actualidad sirve de escenario para conciertos de jazz en las noches estivales. Puede visitarse, al igual que la cuarta planta; no así otros pisos, aún ocupados por familias u oficinas.

La Casa Milá tardó cuatro años en terminarse, entre 1906 y 1910. Un período convulso porque el edificio excedió las medidas marcadas por el Ayuntamiento de Barcelona para el Paseo de Gracia donde se encuentra, obligando a Milá a pagar multas. Esto le enfrentó con el arquitecto, que abandonó los trabajos, encontrándose luego que el promotor no quería pagarle; el asunto se solventó en los tribunales pero provocó que el interior fuera decorado por otra persona, José María Jujol. Lo poco que llegó a decorar Gaudí -el piso principal- fue eliminado en 1927 por la viuda de Milá, que prefería el estilo Luis XIV. No obstante, en 1969 se catalogó el lugar como Monumento Histórico Artístico y en 1984 la UNESCO le concedió la categoría de Patrimonio de la Humanidad, gracias a la restauración llevada a cabo por Caixa Catalunya, su propietaria.

La visita merece la pena por su importancia artística, su original concepción y su desbordante fantasía. Y además no es difícil llegar hoy a la ciudad condal a bajos precios gracias a los billetes a avión baratos.

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