Reservar vuelos baratos a París lleva implícita la visita a uno de los grandes museos del mundo: El Louvre. Originalmente era un castillo que mandó construir el rey Felipe Augusto en 1190 para proteger la ciudad de las incursiones vikingas. De esos tiempos medievales se conserva la base de las torres gemelas y el soporte del puente levadizo; el resto se reformó en tiempos de Catalina de Médici y Francisco I, eliminándose la torre del homenaje y los calabozos para sustituirlos por un palacio renacentista que, a su vez sufriría otra remodelación en 1630 por iniciativa de Carlos V.
No fue el último cambio porque Luis XIII levantó las alas que envuelven el actual Patio Napoleón, Claude Perrault añadió ese mismo siglo una gran columnata en la fachada este en tiempos de Luis XIV y Bonaparte aportó en 1805 el Jardín del Carrousel, con su Arco victorioso. Este parque se unió definitivamente al Louvre al arder el Palacio de las Tullerías en 1871, durante la rebelión de La Comuna. La guinda del pastel la puso en 1989, bajo la presidencia de Francois Miterrand, el arquitecto Ieoh Ming Pei (que no es chino sino estadounidense): la famosa Pirámide de cristal que hace de entrada principal y el Carrousel subterráneo, un complejo de servicios que, junto a la apertura al público del Ala Richelieu (con varios patios cubiertos por techo de cristal) han dado lugar al llamado Gran Louvre. De los sucesivos aspectos del edificio se da cuenta en la Sala Napoleón, donde puede contemplarse además una gran maqueta de la construcción primitiva.
La colección fue iniciada por Francisco I en el siglo XVI. A partir de ahí fue creciendo, bien por compras, bien en pago de deudas. En 1793 se abrió al público, pues con la Revolución pasó a ser sede de las academias de arte, y hoy posee algunas -muchas- obras maestras universales, tanto de la pintura como de la escultura. Se exponen en tres alas diferentes, Denon, Sully y Richelieu, cada una con tres pisos. Las secciones temáticas son siete: Antiguo Oriente, Antiguo Egipto, Grecia y Roma, Pinacoteca, Escultura (desde el Medievo hasta la actualidad), Muebles y Artes decorativas, y Grabados y dibujos.
Piezas talladas de especial interés pueden considerarse los impresionantes toros alados mesopotámicos, el Código de Hammurabi (estela de basalto negro), el Escriba sentado egipcio, la Venus de Milo (estatua helenística del siglo II a. C. encontrada en esa isla griega en 1820), la Victoria de Samotracia (otra figura griega que, además está estratégicamente situada en medio de una escalinata para que el visitante pueda fotografiarse con ella), las esculturas procedentes de la tumba del papa Julio II, de Miguel Ángel, o los caballos marmóreos decimonónicos, trasladados desde la Plaza Concorde y exhibidos en el magnífico patio acristalado homónimo.
Mención aparte merecen las pinturas, con la Gioconda (Mona Lisa) de Leonardo da Vinci a la cabeza. A veces hay que esperar a que se vaya la nube de turistas japoneses para poder verla tras su cristal antibalas; es el único cuadro el museo que no puede fotografiarse. Pero también están La encajera (Vermeer), La balsa de La Medusa (Gericault), La libertad guiando al pueblo (Delacroix), La coronación de Napoleón (David), El buey desollado (Rembrandt), La gitana (Frans Hals), La muerte de Sardanápalo (Delacroix) y muchas más obras de Ingres, Rigaud, Leonardo, Durero, Ucello, Rubens, Van Eyck, etc.
Es casi inconcebible pasar por París y no visitar el Louvre. No obstante, si las prisas lo impidieran o se hizo pero no hubo tiempo de verlo entero (puede llevar días) siempre se tiene la posibilidad de volver en otra ocasión: lo que sobran son vuelos económicos.
