Quien reserve alguno de los vuelos baratos a Roma para conocer la ciudad debe hacer una visita a su lugar mítico, origen de la urbe y hoy en día uno de los rincones más agradables de ella: el monte Palatino. Se trata de una de las siete colinas (las otras son el Aventino, Capitolino, Esquilino, Quirinal, Viminal y Celio) en torno a las cuales se desarrolló el casco urbano de Roma.
En el Palatino sitúa la leyenda la ubicación de la Lupercal, la cueva en la que vivía Luperca, la famosa loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los niños fueron recogidos luego por el pastor Fáustulo, que los crió hasta que ya adultos discutieron por el lugar donde pensaban fundar una villa: Rómulo quería hacerlo en ese monte pero Remo prefería el Aventino; cuando éste entró en su territorio le mató. Luego organizó el rapto de las Sabinas (las mujeres de una tribu vecina) para que los suyos tuvieran descendencia y así nació Roma.
El Palatino está entre el Circo Máximo, el Foro y el Coliseo, visitándose conjuntamente con éstos. Aunque estaba habitado ya desde un milenio antes (aún se conservan vestigios de las llamadas Cabañas de Rómulo), es durante la época republicana cuando adquiere esplendor, al ser elegido como barrio residencial por los patricios: Cicerón y Cátulo, por ejemplo vivían en esa zona. Luego serán los emperadores quienes se trasladen a sus laderas, construyendo allí sus palacios y ése es el origen de esta palabra. Augusto, Tiberio, Nerón y los Flavios erigieron una serie de construcciones de las que quedan pocos restos: la Domus Tiberiana (con el Criptopórtico, galería subterránea que conectaba la residencia con otras); el stadium de Domiciano, cuyo uso no está del todo claro (¿carreras pedestres, jardín?); y el podio del templo de Cibeles (también llamado de Magna Mater, en el que se desarrollaban los actos centrales de las Lupercales (ritual de purificación y fertilidad que ha sobrevivido hasta nuestros días bajo la forma del Carnaval -por ejemplo en la costumbre festiva de golpear con vejigas infladas-).
Lo más destacado, sin embargo, son dos palacios. Uno es la Casa de Livia, situada frente a la de su esposo Augusto. Como éste era muy austero es una construcción más bien modesta formada sólo por cuatro pequeñas estancias en torno a un atrio, pero conservan magníficos frescos. Desde allí se pueden visitar también los Jardines Farnesiani, que el cardenal Alejandro Farnesio mandó hacer a Vignola en el siglo XVI sobre los restos del palacio de Tiberio y que se consideraron el primer jardín botánico del mundo.
El otro palacio es el de Domiciano (81 d. C.), conocido por las dos partes que lo componen: la residencia imperial oficial (Domus Flavia ) y la privada (Domus Augustana). Un laberinto de paredes de mármol (pulido por orden del emperador para reflejar a cualquier posible asesino que intentara atacarle por la espalda; le mataron durmiendo). La Domus Augustana fue ampliada por Septimio Severo en el siglo III, dotándola de termas.
Para los turistas que aprovechan los vuelos económicos el Palatino es hoy uno de los lugares más agradables para visitar, un remanso de paz tapizado por el césped que brota entre las piedras y los árboles que le proporcionan sombra.
