Archivos mensuales: abril 2010

Museo Arqueológico de Alicante

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Coger vuelos baratos a Alicante no implica exclusivamente sol y playa. Los amantes de la Historia y asiduos de los museos, dos aficiones casi inseparables, tienen la oportunidad de visitar en esta ciudad uno de los considerados mejores del mundo en su especialidad: el MARQ, Museo Arqueológico de Alicante.

El MARQ es una entidad creada en el año 2000 a partir del original fundado en 1932. Entonces se ubicaba en los bajos del Palacio de la Diputación pero hace diez años se trasladó al restaurado Hospital San Juan de Dios, un antiguo edifcio de 1929 construido fuera del casco urbano que contaba con ocho pabellones más un cuerpo central para servicios comunes, un ala administrartiva y una capilla. Seguía los cánones estilísticos de la arquitectura académica pero, aunque conserva el aspecto exterior, el interior ha sido transformado, convirtiendo sus 9.000 metros cuadrados en algo más que un mero almacén de piezas a exponer. De hecho, su concepción como espacio polivalente, de gran versatilidad espacial para eventos (cuenta con gabinete didáctico, biblioteca, salones multiusos y otro de actos de 300 metros cuadrados), con utilización de modernas tecnologías (pantallas táctiles, vídeos didácticos, juegos de luces) le supusieron ser galardonado con el premio Museo Europeo del Año en 2004.

Sus fondos están compuestos por más de 81.000 piezas sobre las culturas mediterránea en general y de la Costa Blanca en particular, que se organizan en varias salas. De ellas hay cinco permanentes que muestran el devenir cronológico y cultural de la zona: Prehistoria (Paleolítico, Neolítico y Edad del Hierro), Cultura Ibérica (la del pueblo Contestano), Cultura Romana (con atención especial a los restos de los yacimientos de Lucentum, en La Albufereta, y Cabezo Lucero), la Edad Media (300 piezas del Islam y el feudalismo) y Edad Moderna/Contemporánea (hasta los años treinta, destacando el modernismo de Alicante).

Otras tres áreas reproducen a escala real excavaciones arqueológicas en medios tan diferentes como una cueva prehistórica, un templo medieval gótico con restos anteriores y un pecio subacuático (barco romano), mostrando el sistema de cuadrículas que se usa para trabajar, la clasificación estratigráfica, el análisis del polen, etc.

Además el MARQ está especialmente orgulloso de su política de exposiciones temporales de interés. Algunos hitos que pueden ejemplarizar esta iniciativa son las que se hicieron en 2006 sobre el Señor de Sipán peruano o la de 2009 sobre La belleza del cuerpo, que contó con la cesión del famoso Discóbolo y se convirtió en un éxito de público.

La abundancia de billetes de avión puede ayudar para acercarse hasta este original espacio cultural, ayudado por el bajo precio (3 euros que son 1,5 en tarifa reducida), el poder hacer fotografías y los servicios auxiliares del complejo (aparcamiento, Metro, cafetería, jardín). Está en la plaza del Dr. Gómez Ulloa s/n.

La Casa de Pilatos

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Quienes aprovechan los vuelos baratos a Sevilla para visitar la Casa de Pilatos no sólo no salen decepcionados sino que suelen recomendarlo vivamente. Este palacio, típicamente andaluz y considerado uno de los más bellos de la ciudad, pertenece actualmente a los duques de Medinaceli, cuya fundación lo gestiona.

La construcción del edificio data del siglo XV por iniciativa de Pedro Enríquez de Quiñones, Adelantado Mayor de Andalucía, y tiene alrededor una curiosa historia, mezcla de leyenda y realidad. Aún estaba sin terminar cuando su hijo y sucesor, el primer marqués de Tarifa, realizó una peregrinación a Jerusalén en 1519 durante la cual habría descubierto que la distancia entre las presuntas ruinas del pretorio de Poncio Pilatos y el Gólgota era la misma que la existente entre su palacio de Sevilla y un templete situado enfrente vulgarmente conocido como Cruz del Campo. Asombrado por la coincidencia decidió crear al año siguiente un Vía Crucis, dícese que origen de la Semana Santa local, cuya primera estación, la correspondiente a la comparecencia de Cristo ante Pilatos, estaba en la capilla de la casa. La imaginación popular hizo el resto, atribuyendo el estilo del palacete a una copia del original romano. Por cierto, tanta gente llegó a congregarse con el paso de los años que en 1529 hubo que sacar extramuros el comienzo de la procesión, la cual sigue realizándose hoy en día.

El nombre le quedó ya para siempre. Se trata de una preciosa residencia a la que se accede a través de un portal renacentista, hecho en Italia, reamtado por una crestería gótica procedente en realidad de otra mansión de la familia. Se llega entonces al patio principal, que sigue el modelo andaluz con fuente central y un perímetro con arcadas en cuyo friso superior se engarzan bustos de emperadores romanos. En cada una de las cuatro esquinas hay grandes estatuas de diosas clásicas, una de ellas atribuida a la escuela de Fidias; una constante de la Casa de Pilatos es la abundancia de bustos y esculturas traidas directamente de Roma.

Desde uno de los corredores parte la bonita escalera que lleva a la segunda planta, con zócalos de azulejos mudéjares y techumbre de madera -en proceso de restauración- sobre trompas mozárabes. Este piso superior, para entrar al cual hay que pagar aparte, era la zona residencial durante el siglo XIX. Decorada con suelos de madera, grandes tapices y mobiliario de la época, destaca su colección pictórica en la que figuran obras de Goya, Lucas Jordán, Francisco Pacheco y Giusseppe Reco entre otros.

Deben destacarse además los jardines. Son dos, uno grande, claramente renacentista, que linda con el vecino convento de San Leandro, y otro pequeño con un estanque, un pabellón y rejas platerescas.

Si alguien quiere más razones para aprovechar los vuelos de bajo coste y acercarse, puede jugar a reconocer sus estancias viendo previamente alguna de las películas que se rodaron tras sus muros: Lawrence de Arabia, 1492 La conquista del Paraíso o El reino de los cielos.

Foto: Jorge

La Casa Milá

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Una de las obras más importantes de Gaudí, la última que hizo antes de dedicarse en exclusiva a la Sagrada Familia, es la Casa Milá. No resulta extraño que quienes toman vuelos baratos a Barcelona suelan incluirla en su itinerario porque se trata, quizá, de la mejor representante del Modernismo civil.

Fue un encargo de Pere Milá y su esposa, quienes se reservaron un piso en la primera planta. Eligieron al arquitecto por la fama que había alcanzado con su anterior obra, la Casa Batlló, aunque con esta otra rompió todos los moldes hasta el punto de que no todos se lo tomaron en serio y hubo cierto sarcasmo ante tanta novedad. Porque novedad fue esa fachada ondulante de piedra calcárea (que dio lugar al nombre popular de La Pedrera) tachonada de balcones de forja emulando hiedra, el hecho de que no haya un solo muro recto en todo el edificio y la ausencia de paredes maestras (las estructuras descansan sobre pilares y vigas de hierro).

Esta casa de ocho plantas organizadas en torno a dos patios, uno circular y otro oval, ha sido a menudo interpretada como una gran escultura, por su redondeada parte superior de azulejos blancos simulando una montaña nevada. Sin embargo su fin era albergar viviendas. La entrada, con un arco ciclópeo rematado por una cornisa ondulada, tiene la inscripción Ave María gratia, Dominus tecum, fiel reflejo de la espiritualidad de Gaudí, quien no pudo completar la imaginería religiosa prevista para la fachada por el estallido de la Semana Trágica: un grupo escultórico de cuatro metros (la Virgen del Rosario con cuatro ángeles) fabricado en piedra, acero y cristal.

Lo más espectacular, sin embargo, hay que buscarlo en la terraza, de la que brotan docenas de salidas de las escaleras y chimeneas, unas rematadas con cruces y otras aparentando grupos de guerreros medievales con sus yelmos. El conjunto recibía el apelativo de espanta-brujas, por su aspecto amenazador, aunque en la actualidad sirve de escenario para conciertos de jazz en las noches estivales. Puede visitarse, al igual que la cuarta planta; no así otros pisos, aún ocupados por familias u oficinas.

La Casa Milá tardó cuatro años en terminarse, entre 1906 y 1910. Un período convulso porque el edificio excedió las medidas marcadas por el Ayuntamiento de Barcelona para el Paseo de Gracia donde se encuentra, obligando a Milá a pagar multas. Esto le enfrentó con el arquitecto, que abandonó los trabajos, encontrándose luego que el promotor no quería pagarle; el asunto se solventó en los tribunales pero provocó que el interior fuera decorado por otra persona, José María Jujol. Lo poco que llegó a decorar Gaudí -el piso principal- fue eliminado en 1927 por la viuda de Milá, que prefería el estilo Luis XIV. No obstante, en 1969 se catalogó el lugar como Monumento Histórico Artístico y en 1984 la UNESCO le concedió la categoría de Patrimonio de la Humanidad, gracias a la restauración llevada a cabo por Caixa Catalunya, su propietaria.

La visita merece la pena por su importancia artística, su original concepción y su desbordante fantasía. Y además no es difícil llegar hoy a la ciudad condal a bajos precios gracias a los billetes a avión baratos.

Claustro e iglesia de Sant Francesc, Mallorca

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En Palma de Mallorca hay una iglesia que pasa algo desapercibida para el turista, pese a ser una auténtica joya artística y estar a pocos minutos de la Catedral. Se trata de la basílica de Sant Francesc, ubicada en la plaza del mismo nombre, y merece la pena hacerle una visita aprovechando alguna de las ofertas de vuelos a la isla.

La iglesia de San Francisco formaba parte de un antiguo monasterio, franciscano obviamente, del que quedan aún el precioso claustro y algunas edificaciones. La iglesia atrae al viajero por su imponente fachada, obra de Francisco de Herrera en el siglo XVII, marcada por la rotundidad de sus formas y la originalidad de dos elementos en los que se mezclan la belleza artística de varios estilos, desde el gótico hasta el barroco pasando por el plateresco: uno es la portada con tímpano semicircular y otro el rosetón con cristalera del maestro vidriero Pere Comas.

El interior presenta una sola nave de 74 metros de longitud por 17 de anchura y 25 de alto. Está cubierta con una techumbre de madera y apeada sobre arcos transversales que descansan en contrafuertes interiores. Erigida entre los siglos XIII y XIV, representa un gótico bastante sencillo. La nave, rodeada por ocho capillas, termina en un testero con ábside que también se halla festoneado de capillas de los años 1445 a 1670. Tras el altar mayor, que tiene un retablo barroco coronado por San Jorge, y bajo el coro, se halla uno de los principales atractivos del lugar: la tumba del humanista mallorquín Ramón Lull, un erudito del siglo XIII –Doctor Iluminatus se le llamó- que trocó su vida licenciosa por la religiosa, escribiendo cientos de obras sobre filosofía, teología y poesía en varios idiomas (latín, mallorquín, castellano…) y marchando a África para predicar, de donde regresó maltrecho para morir en su tierra.

El otro gran elemento de la visita es el claustro del antiguo convento fundado por Jaime III, un espacio adosado trapezoidal que fue declarado Monumento Nacional. La arcada inferior es gótica, con arcos lobulados, columnillas muy finas y ningún capitel igual. Las galerías superiores son más tardías, de los siglos XVI y XVII. En el centro del patio hay un pozo de 1747.

La simplicidad general del edificio, su modestia combinada con la elegancia de los elementos resaltados, parecen invitar al recogimiento. Para vivirlo, escapando un poco de la masificación de los vecinos Palacio de La Almudaina o Catedral, están los vuelos baratos a Palma de Mallorca.

El Museo del Louvre

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Reservar vuelos baratos a París lleva implícita la visita a uno de los grandes museos del mundo: El Louvre. Originalmente era un castillo que mandó construir el rey Felipe Augusto en 1190 para proteger la ciudad de las incursiones vikingas. De esos tiempos medievales se conserva la base de las torres gemelas y el soporte del puente levadizo; el resto se reformó en tiempos de Catalina de Médici y Francisco I, eliminándose la torre del homenaje y los calabozos para sustituirlos por un palacio renacentista que, a su vez sufriría otra remodelación en 1630 por iniciativa de Carlos V.

No fue el último cambio porque Luis XIII levantó las alas que envuelven el actual Patio Napoleón, Claude Perrault añadió ese mismo siglo una gran columnata en la fachada este en tiempos de Luis XIV y Bonaparte aportó en 1805 el Jardín del Carrousel, con su Arco victorioso. Este parque se unió definitivamente al Louvre al arder el Palacio de las Tullerías en 1871, durante la rebelión de La Comuna. La guinda del pastel la puso en 1989, bajo la presidencia de Francois Miterrand, el arquitecto Ieoh Ming Pei (que no es chino sino estadounidense): la famosa Pirámide de cristal que hace de entrada principal y el Carrousel subterráneo, un complejo de servicios que, junto a la apertura al público del Ala Richelieu (con varios patios cubiertos por techo de cristal) han dado lugar al llamado Gran Louvre. De los sucesivos aspectos del edificio se da cuenta en la Sala Napoleón, donde puede contemplarse además una gran maqueta de la construcción primitiva.

La colección fue iniciada por Francisco I en el siglo XVI. A partir de ahí fue creciendo, bien por compras, bien en pago de deudas. En 1793 se abrió al público, pues con la Revolución pasó a ser sede de las academias de arte, y hoy posee algunas -muchas- obras maestras universales, tanto de la pintura como de la escultura. Se exponen en tres alas diferentes, Denon, Sully y Richelieu, cada una con tres pisos. Las secciones temáticas son siete: Antiguo Oriente, Antiguo Egipto, Grecia y Roma, Pinacoteca, Escultura (desde el Medievo hasta la actualidad), Muebles y Artes decorativas, y Grabados y dibujos.

Piezas talladas de especial interés pueden considerarse los impresionantes toros alados mesopotámicos, el Código de Hammurabi (estela de basalto negro), el Escriba sentado egipcio, la Venus de Milo (estatua helenística del siglo II a. C. encontrada en esa isla griega en 1820), la Victoria de Samotracia (otra figura griega que, además está estratégicamente situada en medio de una escalinata para que el visitante pueda fotografiarse con ella), las esculturas procedentes de la tumba del papa Julio II, de Miguel Ángel, o los caballos marmóreos decimonónicos, trasladados desde la Plaza Concorde y exhibidos en el magnífico patio acristalado homónimo.

Mención aparte merecen las pinturas, con la Gioconda (Mona Lisa) de Leonardo da Vinci a la cabeza. A veces hay que esperar a que se vaya la nube de turistas japoneses para poder verla tras su cristal antibalas; es el único cuadro el museo que no puede fotografiarse. Pero también están La encajera (Vermeer), La balsa de La Medusa (Gericault), La libertad guiando al pueblo (Delacroix), La coronación de Napoleón (David), El buey desollado (Rembrandt), La gitana (Frans Hals), La muerte de Sardanápalo (Delacroix) y muchas más obras de Ingres, Rigaud, Leonardo, Durero, Ucello, Rubens, Van Eyck, etc.

Es casi inconcebible pasar por París y no visitar el Louvre. No obstante, si las prisas lo impidieran o se hizo pero no hubo tiempo de verlo entero (puede llevar días) siempre se tiene la posibilidad de volver en otra ocasión: lo que sobran son vuelos económicos.

Museo del Romanticismo

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Hace ocho años que muchos aficionados estaban esperando para poder visitar el Museo del Romanticismo de Madrid. Desde 2001 se hallaba cerrado, sometido a un proceso integral de reformas en todo el edificio, pero finalmente en el último tercio de 2009 reabrió sus puertas. Ya se pueden buscar vuelos económicos a la capital para contemplarlo.

El museo está situado en la calle San Mateo 13, en el mismo edificio en el que fue creado en 1921 por el marqués de Vega-Inclán. Este aristócrata decidió donar al Estado la colección de cuadros, muebles y objetos que había expuesto poco antes en la Sociedad de Amigos del Arte, estableciendo como sede el palacete de la Comisaría Regia de Turismo al frente de la cual estaba él mismo. Se trataba de una mansión de 1776 que luego había pasado a propiedad del conde de la Puebla Maestre. Se inauguró oficialmente en 1924 bajo el nombre de Museo Romántico con las obras cedidas por el marqués más otras donaciones que se fueron incorporando poco a poco procedentes de otros nobles, intelectuales, artistas y entidades varias. Un ejemplo son las aportaciones hechas por Larra, Zorrilla o Juan Ramón Jiménez. Rafael Alberti asumió la dirección.

La remodelación afecta al nombre también, de Museo Romántico a Museo Nacional del Romanticismo, porque ahora se plantea bajo un concepto más actual y completo, un lugar para estudiar la época en todos sus aspectos, de ahí que se estructure temáticamente en varias áreas: la infancia, la vida familiar, el cortejo, las costumbres, la política, la economía… Por eso en el interior es posible encontrar salas dedicadas exclusivamente a reproducir una vivienda alto-burguesa, a figuras históricas como Prim o Isabel II, a grandes escritores como Larra o Zorrilla, etc.

Respecto a la colección, está compuesta por 7.700 piezas catalogadas. De ellas, 4.000 son fotografías en diversas técnicas décimonónicas (daguerrotipos, ambrotipos) o más modernas; otras 600 corresponden a mobiliario, abarcando desde el reinado de Fernando VII al de su hija Isabel II (pianos, arpas, sofás, escritorios, mesas de billar y otras); y también hay un importante número de piezas de artes decorativas, vajillas de porcelana (Sèvres, Sargadelos, La Cartuja…), elementos de cerámica andaluza, conjuntos de abanicos, joyería, animales disecados y objetos artesanos varios realizados con cabello o conchas.

Sin embargo, lo más destacado son las pinturas, tanto en lienzo como en acuarela. La mayoría proceden de la propiedad del marqués (86 obras) pero también las hay llegadas desde el Museo del Prado, de Patrimonio Nacional y de otros particulares. Casi todas corresponden al segundo tercio del siglo XIX, que es cuando el Romanticismo alcanzó su esplendor, plasmado en diferentes temas: desde el costumbrismo de Leonardo Alenza (Sátira del suicidio romántico, Muerte de Daoiz), Valeriano Bécquer (Conspirador carlista) y Antonio María Esquivel (Escena de baile bolero) al historicismo de Federico de Madrazo (Retrato del duque de Rivas) y Casado de Alisal (Retrato de Espartero), pasando por el orientalismo de Francisco Lamayer (Escena en el desierto) o Pérez Villaamil (Paisaje con ruinas clásicas).

Dos puntos más de interés en este recoleto lugar: la capilla, que está decorada con un retrato del papa Gregorio Magno obra de un auténtico predecesor del estilo romántico, Francisco de Goya; y el exhuberante jardín al que se llega a través del Salón de té, remanso de paz al aire libre, aunque no hay masificación en este museo pues sólo se admite un máximo de cien visitantes al mismo tiempo. Otro motivo más para reservar entre los vuelos baratos a Madrid.

Foto: www.wasabix.org

TriBeCa y el SoHo

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Nueva York puede considerarse uno de los templos de la arquitectura moderna. Seguro que muchos de quienes reservan algún vuelo barato para visitar la ciudad se sentirán fascinados (o abrumados, como le pasó a Lorca) por tanto rascacielos. Pero hay zonas que tienen una altura más moderada y siguen siendo tan interesantes arquitectónicamente como para haber sido declaradas Distrito Histórico en 1973. Se trata del medio centenar de edificios construidos en hierro colado, que se hallan aglutinados en cinco manzanas del SoHo.

El SoHo es un barrio de Manhattan cuya ubicación geográfica ha originado su nombre, con esa costumbre típicamente neoyorquina de sintetizar las primeras sílabas de cada palabra para ahorrar tiempo: South of Houston (sur de la calle Houston). Lo mismo ocurre con su vecino TriBeCa, que es una continuación también hacia el sur y que significa Triangle below Canal Street (Triángulo bajo Canal Street, que es la calle que los separa). TriBeCa era una zona de almacenes cárnicos y textiles hasta que empezaron a instalarse conocidos artistas como Mariah Carey, Heather Graham o Robert de Niro, quien además tiene allí sus estudios cinematógraficos y en 2002 fundó el Tribeca Film Festival. También vivía JFK antes de ser presidente.

Algo similar había ocurrido antes con el SoHo. En el primer tercio del siglo XIX, pasó de ser área residencial de la clase media a zona industrial, perdiendo la cuarta parte de sus habitantes. Pero, poco a poco, las fábricas fueron cerrando y sólo la llegada de artistas huyendo del encarecimiento de Greenwich Village, su barrio por autonomasia, salvó al lugar de ser demolido para hacer una autopista que uniera Nueva Jersey con Long Island. Los recién llegados ocuparon las viejas naves vacías, dando origen a esos espacios diáfanos de altos techos y sin tabiques llamados lofts.

Era al final de los años sesenta y brotaron estudios, galerías de arte, talleres de grabación… Su éxito fue su condena: llegaron los especuladores inmobiliarios y el barrio se puso por las nubes, forzando a los nuevos artistas a establecerse en TriBeCa mientras el SoHo quedaba para yuppies, brokers y boutiques de alto standing; esto, extrapolado a todo el país, es lo que se llamó efecto SoHo.

Sin embargo perduraron las construcciones de hierro, con las típicas escaleras de incendios de sus fachadas, en el SoHo Cast Iron District (Distrito del Hierro Colado). Empezaron a hacerse cada vez más frecuentes poco antes de la Guerra de Secesión por su facilidad de construcción (ensamblando piezas prefabricadas) y resistencia al fuego (aún estaban en la memoria los graves incendios de 1835 y 1845). El más bello ejemplo de esa técnica es el Haughwout Building (1857), que combina su aspecto clásico del exterior con el innovador del interior: allí está el que fue primer ascensor de la compañía Otis, movido a vapor. Pero hay otros, como el Singer Building (sede de la empresa de máquinas de coser), los de Green Street, West Broadway, Spring street, etc.

Desde 1890 el acero, más apropiado para los rascacielos, fue sustituyendo al hierro colado pero el SoHo conserva la mayor cantidad de construcciones del mundo en esta técnica. Reservar vuelos baratos a Nueva York implica darse una vuelta por estos barrios antaño tan bohemios y hoy impregnados de aureola fashion.

El Palatino de Roma

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Quien reserve alguno de los vuelos baratos a Roma para conocer la ciudad debe hacer una visita a su lugar mítico, origen de la urbe y hoy en día uno de los rincones más agradables de ella: el monte Palatino. Se trata de una de las siete colinas (las otras son el Aventino, Capitolino, Esquilino, Quirinal, Viminal y Celio) en torno a las cuales se desarrolló el casco urbano de Roma.

En el Palatino sitúa la leyenda la ubicación de la Lupercal, la cueva en la que vivía Luperca, la famosa loba que amamantó a Rómulo y Remo. Los niños fueron recogidos luego por el pastor Fáustulo, que los crió hasta que ya adultos discutieron por el lugar donde pensaban fundar una villa: Rómulo quería hacerlo en ese monte pero Remo prefería el Aventino; cuando éste entró en su territorio le mató. Luego organizó el rapto de las Sabinas (las mujeres de una tribu vecina) para que los suyos tuvieran descendencia y así nació Roma.

El Palatino está entre el Circo Máximo, el Foro y el Coliseo, visitándose conjuntamente con éstos. Aunque estaba habitado ya desde un milenio antes (aún se conservan vestigios de las llamadas Cabañas de Rómulo), es durante la época republicana cuando adquiere esplendor, al ser elegido como barrio residencial por los patricios: Cicerón y Cátulo, por ejemplo vivían en esa zona. Luego serán los emperadores quienes se trasladen a sus laderas, construyendo allí sus palacios y ése es el origen de esta palabra. Augusto, Tiberio, Nerón y los Flavios erigieron una serie de construcciones de las que quedan pocos restos: la Domus Tiberiana (con el Criptopórtico, galería subterránea que conectaba la residencia con otras); el stadium de Domiciano, cuyo uso no está del todo claro (¿carreras pedestres, jardín?); y el podio del templo de Cibeles (también llamado de Magna Mater, en el que se desarrollaban los actos centrales de las Lupercales (ritual de purificación y fertilidad que ha sobrevivido hasta nuestros días bajo la forma del Carnaval -por ejemplo en la costumbre festiva de golpear con vejigas infladas-).

Lo más destacado, sin embargo, son dos palacios. Uno es la Casa de Livia, situada frente a la de su esposo Augusto. Como éste era muy austero es una construcción más bien modesta formada sólo por cuatro pequeñas estancias en torno a un atrio, pero conservan magníficos frescos. Desde allí se pueden visitar también los Jardines Farnesiani, que el cardenal Alejandro Farnesio mandó hacer a Vignola en el siglo XVI sobre los restos del palacio de Tiberio y que se consideraron el primer jardín botánico del mundo.

El otro palacio es el de Domiciano (81 d. C.), conocido por las dos partes que lo componen: la residencia imperial oficial (Domus Flavia ) y la privada (Domus Augustana). Un laberinto de paredes de mármol (pulido por orden del emperador para reflejar a cualquier posible asesino que intentara atacarle por la espalda; le mataron durmiendo). La Domus Augustana fue ampliada por Septimio Severo en el siglo III, dotándola de termas.

Para los turistas que aprovechan los vuelos económicos el Palatino es hoy uno de los lugares más agradables para visitar, un remanso de paz tapizado por el césped que brota entre las piedras y los árboles que le proporcionan sombra.

Iglesia del Temple en Inns of Court, Londres

Aprovechando alguno de los vuelos baratos a Londres se puede visitar uno de los lugares más enigmáticos de la ciudad: Temple Church, la iglesia que los caballeros templarios construyeron en lo que hoy es el barrio de Holborn y que popularizó la novela El código Da Vinci.

Entre los siglos XII y XIII toda la zona pertenecía a la Orden, aunque tras su expulsión el recinto se convirtió en sede del Derecho británico cuyos letrados, dice la tradición, para conseguir su título no sólo debían aprobar los exámenes sino también ingresar en una de las Inns of Court y cenar veinticuatro veces en ella. Las Inns of Court son cuatro exquisitas escuelas profesionales de abogacía, Middle Temple, Inner Temple, y las no muy lejanas Lincoln’s Inn y Gray’s Inn; cada una con su propio complejo de edificios y jardines a los que se llega de forma un tanto enrevesada: desde Fleets Street hay que cruzar bajo un arco que da paso a una zona peatonal, laberinto de callejuelas solitarias alumbradas por faroles de gas en las que se puede uno encontrar con algún juez de toga roja y peluca. En el entorno predomina el neogótico victoriano, ya que la mayor parte fue destruido por los bombardeos alemanes. Así se perdió la valiosa biblioteca, por ejemplo, aunque a cambio se salvaron los dos King’s Bench Walks.

Finalmente se sale a una angosta plaza en la que una columna coronada por la estatua de un caballo con dos jinetes muestra que se ha llegado a destino: compartir cabalgadura era un símbolo de pobreza para los templarios. Y, en efecto, detrás puede verse el edificio típicamente circular de la iglesia parroquial que erigieron los caballeros. Nada más entrar destacan las tumbas de algunas de ellos, señaladas con esculturas acostadas sobre las lápidas, en el suelo. La iglesia tiene un cuerpo longitudinal añadido posteriormente por Enrique III, que deseaba ser enterrado allí. Pese a que la entrada es gratuita no suele haber gente, quizá por su difícil localización, por sus peculiares horarios de apertura o, simplemente, porque Londres tiene muchos atractivos más populares para el turismo masivo que ha llevado los vuelos de bajo coste.

No obstante también se pueden visitar algún Inn of Court para completar la excursión. Especialmente recomendable es el Lincoln’s Inn, donde estudiaron Tomás Moro, Disraeli, Gladstone y Margaret Thatcher entre otros. En su Old Hall se pueden ver unos de los techos de madera más ricos de la ciudad o el Museo de John Soane, arquitecto y coleccionista de hace dos siglos que surtió de pinturas a varios centros británicos y aún conservó obras de Turner, Canaletto o Hogarth, por ejemplo, además del sarcófago del faraón Seti.