El Museo Sherlock Holmes

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Ahora que el detective más famoso de la historia acaba de ser revisado en el cine puede ser un buen momento para tirar de vuelos baratos a Londres y visitar el lugar dedicado a su memoria: el Museo de Sherlock Holmes.

Cuatro novelas y cincuenta y seis relatos cortos narran las aventuras de este pintoresco personaje creado por el escritor escocés Arthur Conan Doyle quien, aunque terminó harto de su creación y la hizo morir en los Alpes, no tuvo más remedio que retomarla ante el clamor de los lectores. El detective y su inseparable amigo el doctor Watson, vivían en el 221 B de Baker Street; ¿qué mejor dirección, pues, para poner su museo?

En la época en que se suponía que transcurrían las aventuras de Holmes y Watson, entre 1881 y 1907, no existía ese número: la calle terminaba en el 85. Pero en 1930 había crecido lo suficiente y fue renumerada, instalándose en el 221 la Abbey Road Building Society. Pronto empezó a recibir centenares de cartas enviadas por fans de las novelas y la entidad demostró ejemplar mano izquierda contratando personal para ocuparse de ellas en vez de destruirlas; fue la misma actitud que demostraría luego costeando una estatua en bronce del detective que hoy se puede ver junto a la salida del Metro.

Sin embargo, en la actualidad es la Sociedad Internacional de Sherlock Holmes la que ocupa el 221 de Baker Street. El 27 de marzo de 1990 abrió el museo que lleva su nombre tratando de reproducir con la mayor fidelidad posible, siguiendo las descripciones literarias, la residencia de Holmes, Watson y su casera, la señora Hudson. Un falso bobby hace guardia en la entrada, atrayendo al público con la oferta de retratarse junto a él. Él abre paso a la tienda oficial, donde se puede comprar toda clase de artículos relacionados con las historias de Conan Doyle y el Londres victoriano en general. Desde ahí, pagando seis libras, se sube a la vivienda.

En el primer piso están las dependencias de Holmes, una salita con butacas en torno a una chimenea donde se puede uno sentar, ataviarse con la clásica gorra de cuadros (los seguidores de Watson optarán por un bombín) y, portando una pipa y una lupa, inmortalizarse en foto o vídeo diciendo esa frase que Holmes no pronuncia jamás en los libros: «Elemental, querido Watson». El resto de la estancia, exhuberantemente decorada como corresponde a los tiempos, está compuesto por una mesa-laboratorio, otra con el desayuno preparado y un muestrario de armas decimonónicas.

El segundo piso es para el doctor: fotos, libros, un maletín médico sobre la cama… También están los aposentos de la señora Hudson. En cuanto al tercero, es una exposición de escenas de las aventuras del personaje recreadas con figuras a tamaño natural, aunque en realidad las hay por toda la casa. Por supuesto, no faltan el profesor Moriarty ni Irene Adler.

Al salir se puede escribir la opinión en un libro ad hoc y llevarse, como curiosidad, una tarjeta del detective por si algún día hacen falta sus servicios. Para culminar la jornada hay cerca un pub temático. En conjunto es una visita divertida y curiosa que hay que apuntar si se aprovecha alguno de los viajes baratos la capital británica.