El Puente Zubizuri de Bilbao


shutterstock 955 El Puente Zubizuri de Bilbao

No siempre han de ser lugares o construcciones antiguas, históricas, las que atraigan a ese turista que aprovecha los vuelos baratos para conocer mundo. A veces la modernidad se las compone para resultar interesante y enseguida se convierte en símbolo de una ciudad o país, aún cuando no siempre se vea con buenos ojos. En este mismo blog hemos visto ejemplos, caso del Empire State Building neoyorquino o el Palacio del Pueblo rumano. Algo de todo esto hay en el Puente de Zubizuri, en Bilbao.

Zubizuri significa puente blanco en euskera, alusión al color de esta futurista pasarela peatonal que lleva el sello inconfundible de su autor, Santiago Calatrava, a quien el Ayuntamiento encargó en 1990 unir los dos márgenes de la ría del Nervión, el derecho del Paseo de Campo Volantín y el izquierdo del Paseo Uribitarte (el llamado Ensanche). Se diseñó colgando por tirantes de acero de un arco inclinado, con rampas de acceso para discapacitados y escaleras en cada orilla que daban a un suelo de 560 baldosas de vidrio de diferentes tipos. Este espectacular aspecto fue su virtud y su maldición cuando se inauguró en 1997: aparte de la fragilidad del cristal, que obliga a reemplazar las piezas rotas cada poco, las frecuentes lluvias del norte vuelven muy resbaladizo el firme. El arquitecto valenciano fue acusado de no saber adaptar su obra al húmedo clima cantábrico, como ya le había ocurrido poco antes con las numerosas goteras aparecidas en el aeropuerto vizcaíno de La Paloma, también creación suya.

Pero el Ayuntamiento puso otra pega: el puente se olvidaba de la Alameda de Mazarredo, una calle situada a mayor altura que la orilla de la ría y que conecta con el centro de la ciudad. De manera que en 2006 contrató al arquitecto japonés Arata Isozaki una prolongación que lo uniera con el Paseo de las Torres Isozaki Atea que él mismo había diseñado, como se puede deducir del nombre. Calatrava denunció al Consistorio por considerar que atentaba contra la propiedad intelectual pero los jueces optaron por una solución salomónica: las reformas se conservarían aunque se le compensaría por ello (30.000 euros, que donó a la Casa de Misericordia de Bilbao). Aún así ganó la batalla costumbrista, pues los bilbaínos no hablan del Puente Zubizuri sino del “puente de Calatrava”.

En la actualidad el puente forma parte de ese nueva imagen que la ciudad ofrece junto al Guggenheim, que se encuentra a sólo diez minutos, en lo que supuso la recuperación de la zona de la ría y que atrae a tantos vuelos baratos a Bilbao desde entonces. La última moda es importada de Italia: los enamorados cierran candados en sus cables como prueba de su amor, costumbre iniciada en el Puente Milvio de Roma a raiz de un pasaje de un libro del escritor Federico Moccia (Tengo ganas de tí) que se ha ido extendiendo por otras ciudades; una de ellas Sevilla, donde Calatrava hizo un puente muy parecido.

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