
Ya es habitual encontrar Argentina entre las ofertas de vuelos de agencias e Internet. Y en muchos casos hay vuelos baratos a Buenos Aires, especialmente ahora que llega el invierno (allí es verano). Aunque se trata de un país joven, su capital aún destila el aroma de su fundación española y algunos de los lugares más destacados son un muestrario de los avatares históricos que se fueron sucediendo con el paso de los tiempos. Un buen ejemplo de esto es el conjunto formado por el convento de Santo Domingo y la basílica del Santísimo Rosario, en el primigenio barrio de Montserrat.
Esta iglesia empezó a construirse en 1751 en los terrenos del cenobio dominico; aún se conserva en la torre una veleta con forma de perro, alusión a los Domini canis (los perros del Señor). No habían terminado las obras -faltaban la techumbre y una de las torres- cuando en el año 1783 fue consagrada. Tiene un típico estilo colonial: tres naves, la central con bóveda de cañón corrido, las laterales con retablos y confesionarios de mármol y cúpula sobre crucero.
Pero buena parte de su interés estriba sobre todo en los acontecimientos bélicos que asolaron el sitio y la ciudad en general en el verano de 1807. Entonces, un ejército británico dirigido por John Whitelocke asaltó Buenos Aires por segunda vez en meses. La primera había corrido a cargo del general Beresford y el almirante Popham, que si bien pusieron en fuga al virrey Rafael de Sobremonte y tomaron la ciudad, hubieron de enfrentarse al surgimiento de una figura histórica que ocupó el puesto de Sobremonte, Santiago de Liniers: a Beresfords no le quedó más remedio que rendirse y volver por donde había venido. Sin embargo Popham no escarmentó y volvió a la carga, esta vez acompañado de Whitelocke, desde Montevideo. Todo inútil, máxime cuando Inglaterra había pasado ya a ser aliada de España contra Napoleón: la guerrilla urbana acorraló a los británicos en la iglesia y su aventura terminó igual que la anterior. De ese conflicto quedan hoy dos curiosidades para las cámaras del turista: unos tacos de madera en la torre que señalan los puntos de impacto de los cañonazos (tuvo que ser reconstruida) y las banderas del 71º Regimiento de Higlanders y de la Royal Navy que los vencidos hubieron de entregar y nunca recuperaron porque, les explicó Liniers, ahora pertenecían a la Virgen.
No fue la última de las vicisitudes del convento y su templo, ni mucho menos. Ya como país independiente (también se conservan dos banderas realistas de esa época), los dominicos fueron expulsados del país por el gobierno de Bernardino Ribadavia y el edificio se convirtió entonces en Museo de Historia Natural, con la torre utilizada como observatorio astronómico, un aula de Física y un gabinete meteorológico. Pero la Historia se recicla a sí misma y en 1835 los frailes obtuvieron permiso de otro presidente, Juan Manuel de Rosas, para regresar.
Desde entonces el complejo se vio aumentado con una nueva torre (1856) y un mausoleo que acoge los restos de los héroes de la Independencia Manuel Belgrano y Antonio González Balcarce. ¿Significaba esto la tranquilidad definitiva? Pues no. Aunque el siglo XX parecía ir en ese sentido con la consagración de la iglesia como basílica y la catalogación del conjunto como Monumento Histórico Nacional en 1942, aún habría de pasar por el doloroso trance de la quema de edificios religiosos de junio de 1955: aunque oficialmente se echó la culpa al comunismo, en realidad fue obra de los partidarios de Juan Domingo Perón como represalia por el intento de golpe de Estado y las acusaciones de anticlericalismo. El resultado: pérdida de valiosísimos documentos centenarios y destrucción del altar mayor.
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