El Castillo de Santa Bárbara

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En lo alto del monte Benacantil, a 166 metros de altura, un gigantesco moro vigila la bahía de Alicante desde el cabo de Santa Pola hasta el de las Huertas. Pero no podrás verlo desde el aire cuando tu vuelo se acerque al aeropuerto porque hablamos en broma, claro. En realidad se trata sólo de un macizo rocoso cuyo perfil, visto desde la ciudad -la playa del Postiguet es el mejor lugar- toma la caprichosa forma de un árabe con su turbante, de ahí que reciba el nombre de la Cara del Moro. Sólo es un atarctivo más del conjunto en que se enmarca y que tiene como punto de interés principal el Castillo de Santa Bárbara.

Esta fortaleza se asienta sobre el terreno que antes ocuparon iberos, cartagineses y romanos, y que los musulmanes supieron reaprovechar en el siglo IX como enclave estratégico para edificar una alcazaba. El avance cristiano supuso su conquista en el año 1248 por parte de un Infante de Castilla que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes reyes de la Historia peninsular, Alfonso X el Sabio. Poco duró la posesión castellana porque en menos de cuatro décadas pasó a manos aragonesas cuando Jaime II lo incorporó a su Corona. Un siglo más tarde Pedro el Ceremonioso inició la que sería una larga lista de reformas, las más antiguas de las cuales corresponden a la parte alta; allí se localizaban la torre del homenaje, de la que queda como muestra la Torreta, el Baluarte de los Ingleses, la Casa del Gobernador, la Sala Noble y una explanada denominada Macho del Castillo donde estuvo la alcazaba árabe. Carlos V y su hijo Felipe II también pusieron su granito de arena. Fue el segundo quien dotó al complejo del aspecto que, más o menos, tiene actualmente, mérito de los arquitectos Bautista antonelli y Giacomo Palearo; el grueso de su aportación se puede ver en la zona intermedia del castillo: el Patio de Armas, el Baluarte de la Reina, una ermita…

Desde entonces, pese a que aún se construyó el Revellín del Bon Repos (actualmente usado como aparcamiento en la parte baja), los cambios fueron más de destrucción que de construcción, fruto de los avatares bélicos experimentados por la ciudad. Por ejemplo, los bombardeos de que fue objeto el castillo durante la Guerra de Sucesión de comienzos del siglo XVIII, período en el que los ingleses, aliados del candidato austríaco Carlos de Habsburgo, ocuparon el castillo y sufrieron el cañoneo francés, que defendía a Felipe de Borbón, a la postre vencedor. Pero en 1873 los proyectiles que cayeron sobre los muros de Santa Bárbara no eran extranjeros: procedían de la fragata acorazada Numancia, famosa en su día por ser el primer buque blindado que dio la vuelta al mundo y ahora en manos de los rebeldes cantonalistas de Cartagena, que atacaban Alicante y la costa levantina para intentar imponer su idea de una España federal.

Quizá para evitarle nuevos peligros a la población, se resolvió desarmar al Castillo y así se desmontaron los 87 cañones que lo defendían, aunque hoy se conservan alguno antiguos, dieciochescos. El sitio pasó a ser prisión y cumplió su cometido con creces durante la Guerra Civil, primero para presos nacionales y luego para republicanos; aún pueden verse los graffitis que dejaron algunos de ellos en paredes y puertas. Fue el último uso real que se le dio. El abandono total duró hasta 1963, en que se decidió recuperarlo de cara a lo que se estaba convirtiendo en la principal fuente de divisas del país, el turismo, si bien algunos cineastas lo emplearon como decorado de películas de terror. Muchas de sus dependencias fueron restauradas y se le dotó de dos ascensores subterráneos que remontan la empinada ladera desde la calle Jovellanos. Puedes comprobarlo aprovechando los vuelos baratos a Alicante.