La Torre de Londres

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Si hablamos de la Torre de Londres probablemente nos vendrán a la mente tres posibles imágenes: el cadalso con la ejecución de Ana Bolena, las suntuosas joyas de la corona y los cuervos que habitan el lugar.

Vamos a ocuparnos empezar por dichas aves en atención a la leyenda, pues dice ésta que el día que se vayan se desplomará el edificio, la City y, con ellos, la monarquía. Habrá quien diga que sólo es un mito pero no hay que olvidar que hablamos de Inglaterra y allí se toman muy en serio las tradiciones. Así que, para evitarse problemas, les cortan las alas a los pobres pájaros y se garantizan su presencia (y de paso, la de la Reina). Eso sí, para que no haya mala sangre entre unos y otros, los ocho cuervos habituales son cuidadosamente atendidos por uno de los cuarenta y dos alabarderos -los célebres beefeaters de la ginebra-, denominado Ravenmaster. Y además se les rinden honores con un pequeño monumento que se levanta en el foso en memoria de las aves que han pasado por la Torre.

La siguiente imagen es la de Ana Bolena perdiendo la cabeza por orden de su incontinente marido Enrique VIII, el de las seis esposas. Al fin y al cabo la Torre era palacio real pero también prisión, por lo que allí perdieron la vida cientos de personas tras pasar por la Puerta de los Traidores. Entre ellas Ana pero también su contemporáneo Tomás Moro y una sucesora, Catalina Howard, además de los príncipes niños Eduardo y Ricardo (hechos plasmados en la terrible Ricardo III, de Shakespeare), el regicida frustrado Guy Fawkes, el corsario Walter Raleigh y, más recientemente, Rudolph Hess. Si alguien tiene curiosidad por conocer las condiciones de vida entre los gruesos muros del lugar no tiene más que visitarlo y contemplar el refinamiento sádico de los instrumentos de tortura y ejecución expuestos.

Muchos preferirán, sin embargo, quedarse con una imagen mucho más agradable, la que alberga la Jewel House: la exposición de las joyas de la Corona británica. Un lugar de alta seguridad cuyas vitrinas se contemplan desde una pasarela automática como las de los aeropuertos, de manera que nadie puede pararse ante cada cristal demasiado tiempo (ni pensar en fotos, por supuesto, pues un alabardero te requisa la cámara a la entrada). Nunca sería suficiente, de todas formas, para dejar de quedarse boquiabierto ante la visión de la Estrella de África, el diamante más grande del mundo, que remata el cetro real, o el Kohinoor, regalado por un maharajá a la reina Victoria en el siglo XIX, cuando la India era conocida, precisamente, como la Joya de la Corona.

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