Las estatuas de la plaza de Mayo

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Originalmente Puerto de Santa María del Buen Ayre, allá por mediados el siglo XVI, la ciudad de Buenos Aires creció, en efecto, a partir de un muelle para galeones, estructurándose poco a poco la urbe en torno a una típica plaza Mayor española. Este lugar está hoy enclavado en el barrio de Montserrat y ha trocado su nombre por el de plaza de Mayo recordando el mes en que se inició el movimiento de emancipación, en 1810.

La plaza de Mayo es el punto neurálgico, vital, de la capital argentina. Las manifestaciones, sean de protesta o de alegría, se dan cita en ella y son, al fin y al cabo, las que le han dado fama: las Madres de la plaza de Mayo, por ejemplo, ocupaban el lugar periódicamente durante la dictadura para exigir noticias de sus hijos desparecidos.

La plaza está situada al principio de una de las principales arterias de Buenos Aires, la tocaya avenida de Mayo, elegante, de espíritu cosmopolita y exótica belleza gracias a sus filas de palmeras brasileñas. El entormo de este extremo aglutina algunos de los principales objetos de interés turístico de la ciudad. Entre ellos, que iremos comentando poco a poco, hay un puñado de estatuas que podemos reseñar brevemente.

Se puede empezar por la Pirámide, anteriormente llamada Columna pero que tuvo que ceder ante la denominación popular. En realidad es un obelisco al que se fueron añadiendo relieves y esculturas -la de la cúspide representa la Libertad-. Commemora la independencia nacional, por lo que hay un puñado de tierra de cada provincia en sus cimientos.

Detrás está la estatua de bronce del general Manuel Belgrano, uno de los artífices de esa archipresente revolución. Tiene la particularidad de ser obra de dos artistas: el francés Albert Carrier Benlleuse esculpió al militar y el argentino Manuel de Santa Coloma, al caballo.

Muy cerca está inmortalizado otra de las figuras históricas nacionales: Juan de Garay, el hombre que fundó Buenos Aires en 1580. Para ser exactos, era la segunda vez, pues lo llevó a cabo sobre un asentamiento previo abandonado al que se había bautizado como Ciudad de la Santísima Trinidad. La autoría de la obra corresponde al alemán Eberlein.

Y avanzando un poco más, saltándose una manzana, llegamos al parque de Colón, donde se alza un monumento al descubridor. Está realizado en mármol y fue un regalo de Italia en 1910 con motivo del centenario de la omnipresente Independencia.

Si puedes coger un vuelo barato a Buenos Aires y verlas por tí mismo descubrirás una ciudad plena de atractivos injustamente desconocidos.