
No es el monumento más bello, ni el más visitado, ni el más publicitado de Bucarest. De hecho es una rareza, un edificio detestado por los propio habitantes de la ciudad, que lo descartaron de las candidaturas a las Siete maravillas de Rumanía. Hablamos del Palacio del Pueblo, actual sede del Parlamento y del Tribunal Constitucional nacionales, en la calle 13 de Septiembre.
Este faraónico complejo es parte del legado del fallecido dictador Nicolae Ceaucescu, el Conducator, aquel que fue derrocado en la Navidad de 1989 y procesado sumariamente en un juicio televisado antes de ser pasado por las armas junto a su mujer. Un legado envenenado que empezó a levantarse en 1985 aprovechando los estragos que causara ocho años antes un violento terremoto que derribó 35.000 viviendas. Ceaucescu no tuvo reparos en terminar con lo que no había podido el seísmo y arrasó un barrio entero del centro, incluyendo iglesias, sinagogas, palacetes, monasterios y miles de casas.
En su lugar se construyó un auténtico monumento a la megalomanía cuyas cifras es imposible determinar con exactitud porque todas las fuentes dan cifras distintas: 315.000 metros cuadrados que albergan miles de dependencias en sus doce pisos, entre ellas un refugio anti-nuclear y la fastuosa Galería de Honor, de 150 metros de longitud por 18 de ancho. La avenida principal que llegaba hasta su puerta fue bautizada con el pomposo nombre de Victoria del Socialismo, al que los ciudadanos no tardaron en añadir jocosamente “…contra los rumanos”, recordando el hambre y el frío que sufrieron mientras para la obra se traían materiales nobles: mármoles, arañas de oros, maderas, tapices tejidos a mano por monjas…
Al morir Ceaucescu la obra quedó inconclusa. Aún así, dicen, es el segundo edificio más grande del mundo, sólo superado por el Pentágono estadounidense. Antes de designarlo para sede parlamentaria se barajaron varios proyectos para el Palacio del Pueblo, desde su demolición hasta enterrarlo formando una montaña-monumento contra las dictaduras, pasando por su reconversión en casino. Al final ha conseguido sobrevivir y servir al Estado al que antes exprimió: ahora no sólo los diputados pisan sus suntuosos suelos; también los turistas pueden hacerlo pagando poco más de cinco euros. De hecho casi todas las agencias con vuelos a Bucarest incluyen esta visita en sus programas.