Hospital de la Caridad, Sevilla

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Muchos de los turistas que adquieren billetes en los vuelos baratos a Sevilla suelen centrar sus visitas en la Giralda, la Torre del Oro o la Plaza de España, ignorando que el Hospital de la Caridad es uno de los lugares más interesantes de la ciudad andaluza, poseedor de un importantísimo patrimonio artístico. Eso sí, se agradece no tener que aguardar colas y poder sacar fotos sin masas humanas de fondo. Al fín y al cabo aún se usa como residencia de ancianos.

El Hospital, enclavado en el barrio del Arenal, ocupa las naves de lo que en su tiempo fueron las Reales Atarazanas de Alfonso VI, de las que hoy apenas queda un arco. Era la sede de la Hermandad de la Santa Caridad, creada en el siglo XV, aunque su época álgida llegaría dos más tarde con el nombramiento como Hermano Mayor de Miguel de Mañara. Éra éste un noble de vida disoluta (se dice que inspiró el personaje de don Juan Tenorio) que cambió radicalmente para dedicarse al servicio de los desamparados. La Hermandad se ocupaba inicialmente de asistir a enfermos abandonados y enterrar ajusticiados y ahogados en el mar. Bajo la dirección de Mañara se acometió la construcción de un hospital que se ocupara de los muchos enfermos que dejó por entonces una epidemia de peste en Sevilla.

El edificio corrió a cargo de Pedro Sánchez Falconete. Tiene un patio dividido en dos por una galería que sostienen columnas toscanas y arcos de medio punto; cada parte está decorada con una fuente escultórica italiana (la Fe y la Caridad) y escenas de la Biblia en los muros representadas mediante mosaicos de azulejos, si bien no son originales del lugar (son holandese y se trajeron del convento de los Descalzos de Cádiz). Del segundo patio se pasa a la Sala de Cabildos, donde los Hermanos votaban y tomaban las decisiones que regían la comunidad. Ahora está dedicada a la figura de Mañara, del que se conservan objetos personales como su espada o una máscara mortuoria. Su tumba está en la puerta de la iglesia, lugar elegido por él para que todos le pisaran al pasar.

Y lo más destacado quizá sea precisamente la iglesia barroca, no sólo por la arquitectura en sí -una sola nave cubierta con bóveda de cañón y cúpula sobre el presbiterio, obra también de Sánchez Falconete (excepto la fachada, que es de Leonardo de Figueroa) sino también por las pinturas de su interior. De sus muros laterales colgaban seis cuadros de Murillo sobre la misericordia, cuatro de los cuales fueron expoliados por el mariscal Soult durante la ocupación francesa y actualmente está repartidos por museos del mundo (se han sustituido por copias); sobre la entrada cuelga el siniestro Finis gloriae mundi y, enfrente, el igualmente impresionante In ictu oculi, ambos de Valdés Leal, quien también colaboró en el retablo mayor con Pedro Roldán.

Quien aproveche algún vuelo para visitar este interesante lugar ha de saber que abre de lunes a sábados de 10:00 a 13:00 y de 15:30 a 18:00.

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La Trinity Church de Nueva York

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Esa iglesia que se ve en la foto empequeñecida, casi aplastada, por la imponente mole de los rascacielos vecinos es la Trinity Church de Nueva York. Iglesia de la Trinidad, para entendernos, que pese a la apariencia no es católica sino protestante. Visitarla aprovechando las ofertas de vuelos a la ciudad norteamericana resulta doblemente interesante porque se halla situada en la plaza del mismo nombre, en el cruce entre Wall Street y Broadway, con lo que eso conlleva de historia reciente.

Primero hay que remontarse a 1696, cuando el gobernador Benjamin Fletcher compró unos terrenos para ceder a la comunidad anglicana local con cargo a Inglaterra. Más concretamente a Su Graciosa Majestad William III de Orange… y, cuenta la leyenda, a las humildes aportaciones de otro William, Kidd, el famoso pirata, se supone que con dinero español. La iglesia episcopal que se erigió al año siguiente quedó destruida en un incendio provocado por, ironías del destino, el bombardeo británico de la ciudad en 1776, ya en plena Guerra de Independencia. Conseguida la emancipación se levantó un segundo edificio que fue demolido en 1839 y, siguiendo el diseño neogótico del arquitecto Richard Upjohn, hubo un tercero y definitivo -el actual- en 1846.

El interior no tiene mayor trascendencia (tres naves con una gran vidriera sobre el altar mayor) salvo las puertas de cobre que imitan las del Paraíso que hizo Ghiberti para el Baptisterio de Florencia en el Quatroccento, pero por fuera está construido en rara piedra marrón y alza su torre casi hasta los 86 metros, altura que fue el skyline de la ciudad de los rascacielos hasta la llegada de éstos. En el siglo XX las moles de hormigón, acero y cristal arrinconaron la iglesia tapándola con sus sombras: el Irving Trust, el Marine Midland Bank y el Trinity Building son los acosadores, por mucho que a este último se lo dotara de un estilo también neogótico para que no desentonase.

Alrededor hay un jardín con un pequeño cementerio en el que está enterrado, entre otras personalidades neoyorquinas, Robert Fulton, el inventor que aplicó la máquina de vapor a la navegación. Aunque aún se entierra a gente en él, el césped sirve sobre todo para que los brokers de la Bolsa descansen a mediodía y coman sobre la hierba. El 11 de septiembre de 2001 un árbol de este bosquecillo fue derribado por la onda expansiva del atentado contra las Torres Gemelas; milagrosamente, su copa cayó sobre la capilla de Saint Peter y la protegió contra la caida de escombros. Desde entonces allí puede verse una gran escultura en forma de raíces rojas del artista Steve Tobin.

La Trinity Church debería formar parte del programa de visitas al contratar vuelos baratos a Nueva York, la reina Isabel II ha pasado por allí alguna vez. Además la entrada es libre (también al pequeño museo) y, si son las 12:45 de un martes, es posible asistir a un concierto bajo su techo.

Foto: www.commons.wikimedia.org

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Teatro Nacional Cervantes

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Uno de los edificios más importantes de Buenos Aires, catalogado como Monumento Histórico Artístico Nacional en 1995, es el Teatro Nacional Cervantes, situado entre la calle Libertad y la avenida Córdoba. Se trata del único teatro de consideración nacional de Argentina, por lo que merece una visita si el viajero está en suelo porteño aprovechando alguna de las ofertas de vuelos a la ciudad.

Lo curioso es que este edificio guarda una estrecha relación con España, que fue quien impulsó su creación y no en tiempos coloniales sino bastante más recientes. Todo empezó en 1897, cuando la prestigiosa actriz y directora María Guerrero, renovadora del arte dramático y de su puesta en escena, arribó a la capital argentina con la compañía que dirigía su marido, Fernando Díaz de Mendoza. Su triunfo fue apoteósico hasta el punto de que cada año se esperaba la llegada de su gira con impaciencia. Fruto de esta amistosa reciprocidad, la actriz decidió financiar la construcción de un gran teatro en 1918.

La idea entusiasmó en Argentina pero también en España, donde una decena de ciudades donaron diversos materiales (azulejos, pintura, tapices, cortinajes, lámparas…) y el rey Alfonso XIII solicitó a todos los buques que viajaban al puerto bonaerense que fueran trasladando dichas piezas. Con ellas y lo aportado en propio suelo local los arquitectos Fernando Aranda y Emilio Repetto diseñaron un edificio inspirado en el de la Universidad de Alcalá de Henares, mezclando estilos plateresco y herreriano. Setecientos trabajadores aunaron esfuerzos para erigirlo y el 5 de septiembre de 1921 se inauguró con una representación de la obra de Lope de Vega La dama boba, protagonizada, claro está, por María Guerrero. Ésta rechazo modestamente que se diera su nombre al lugar.

Quien reserve alguno de los vuelos baratos a Buenos Aires y lo visite podrá admirar los tres salones que lo componen: el principal es el María Guerrero, de estilo italiano, que tiene capacidad para 860 espectadores entre su platea, palcos y balcones; luego está el Orestes Caviglia, pensado para que 150 personas asistan a conciertos de cámara y otros espectáculos pequeños; por último el Luisa Vehil, también llamado Dorado por su parecido con el salón homónimo del Palacio Real de Madrid (a su vez conocido como Salón María Luisa), carece de platea y escenario porque es polivalente.

Sin embargo faltó poco para que el teatro desapareciera. En 1926 los altos costes de mantenimiento provocaron el endeudamiento del matrimonio Guerrero-Díaz, algo que se pudo salvar gracias a la intervención del artista Enrique García Velloso, quien convenció al gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear para que el Estado se hiciera cargo. Desde entonces, el teatro pasó a ser patrimonio nacional. Pero el dinero no pudo evitar el incendio que lo destruyó casi por completo en 1961. Una laboriosa reconstrucción tomando como modelo lo poco que se había salvado y completando el resto a base de documentación fotográfica permitió reabrirlo siete años después.

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Monasterio de las Descalzas Reales

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Una de las ventajas de tanta abundancia de vuelos baratos a Madrid es que se puede volver a la ciudad una y otra vez para visitar todos los lugares que quedan pendientes de viajes anteriores. Uno de ellos podría ser el Monasterio de las Descalzas Reales, que no suele figurar en los lugares prioritarios de las guías pese a su ubicación en pleno casco histórico y su pasado cargado de historia.

De hecho, el que también es conocido como Nuestra Señora de la Consolación está considerado como uno de los edificios religiosos más importantes de la capital, aunque quizá pasa algo desapercibido por su sobrio exterior plateresco de granito y ladrillo rojo ante el que antaño se aclamaba a reyes y príncipes. Algunos historiadores remontan su origen al palacio de Alfonso VI pero la mayoría opta por situarlo en el siglo XVI, como el alcázar donde Carlos I y su esposa Isabel de Portugal vieron nacer a su hija menor Juana de Austria (1535). Esta princesa se casó con el monarca Juan Manuel de Portugal y, al enviudar pronto, su hermano Felipe II la nombró regente mientras él viajaba a Londres para casarse con María Tudor. Dos años antes de retirarse de la vida política decidió fundar un convento de monjas franciscanas descalzas, clarisas, para damas de la aristocracia y realeza: allí profesaron gentes de la alcurnia de María de Austria, viuda del emperador Maximiliano de Habsburgo, o la hija de juan José de Austria, hermano de Carlos II. Por eso el lugar tiene tesoros de incalculable valor artístico y económico, fruto de donaciones.

Antonio Sillero y, después, Juan Bautista de Toledo dirigieron los trabajos de construcción sobre el palacio gótico. El complejo se inauguró en 1559, si bien la iglesia no estuvo lista hasta 1564. Ésta, de una sola nave y con bóveda de cañón obra del italiano Francesco Paciotto, que también trabajó en El Escorial, sería reformada por Diego de Villanueva en el siglo XVIII. Se ha perdido, sin embargo, el retablo mayor, calcinado en el incendio que en 1862 arrasó también las pinturas de las bóvedas (aunque éstas se pudieron restaurar al sobrevivir los dibujos).

Del edificio destaca el claustro, escenario de procesiones durante la Semana Santa, en cuyos muros se cuelgan los famosos tapices de Bruselas tejidos para la gobernadora Isabel Clara Eugenia (hija de Felipe II) con la representación de la Apoteosis de la Eucaristía, basados en cartones de Rubens. Precisamente en la capilla del claustro estaba el retablo con la conocida Anunciación de Fra Angélico, hoy en El Prado. En otra capilla del primer piso-museo se encuentra la tumba de la fundadora Juana de Austria, con una estatua orante de mármol blanco bajo templete renacentista tallada por Pompeo Leoni. Y no hay que olvidar la escalera principal, renacentista, decorada con un fresco de Felipe IV y su familia contemplando la escena desde un balcón simulado, mérito de Claudio Coello.

La visita se completa con la exposición del rico ajuar de las monjas, lleno de objetos preciosos, y la colección de pinturas, con autores como Zurbarán, Murillo, Brueghel el Viejo, Tiziano, Ribera… y esculturas de Gregorio Hernández o Juan de Mena, entre otros. En cambio no se podrá ver el coro porque una bomba lo destruyó durante la Guerra Civil.

Quien decida hacer uso de las mencionadas ofertas de vuelos debe tener en cuenta que el monasterio forma parte de Patrimonio Nacional y está abierto al público.

Foto: es.wikipedia.org

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El Ateneo de Bucarest

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Uno de los lugares más importantes que se pueden visitar aprovechando los vuelos baratos a Bucarest es el Ateneo. Situado en la strada Franklin, en la Plaza de la Revolución, se trata del centro artístico y cultural de la ciudad así como de un auténtico símbolo de la libertad de expresión. Sus floridos jardines dotan a este sitio de un encanto añadido, pese a haber perdido la mayor parte de las estatuas que los embellecían durante la etapa comunista.

El Ateneo nació como Academia a mediados del siglo XIX pero su verdadera forma, su sede actual, fue construida entre 1886 y 1888 por los arquitectos Albert Galleron y Constantin Baicoianu. El primero, director de las obras, era francés. Formaba parte de la legión de artistas galos que llegaron al país para transformar su capital en una versión rumana de París, siguiendo la moda que se impuso durante el el final de la centuria y el comienzo de la siguiente. Así que, fiel a la Escuela de Bellas Artes de la Ciudad de las luces, dotó al edificio de un estilo neoclásico académico, fácilmente reconocible a primera vista en su fachada: ocho columnas jónicas exactamente iguales a las del Erecteion ateniense sostienen un frontón triangular y, dentro del peristilo, hay cinco medallones hechos de mosaico con los retratos de cinco personajes históricos rumanos. Detrás se eleva la cúpula, de 41 metros de altura por 29 de diámetro, sostenida por un cuerpo salpicado de ventanas redondas adornadas con liras y coronas, cada una con el nombre de una gran figura de las Artes: Beerthoven, Homero, Sheakespeare… Las alas laterales del edificio son posteriores, aportación del arquitecto Leónidas Negrescu.

Una vez en el interior cuatro escaleras de caracol llevan al visitante al auditorio, cuya capacidad es de 600 espectadores más otros 55 de los palcos. Esta sala guarda una especial relación con la Historia nacional, no sólo porque los frescos de Costin Petrescu que la decoran tengan ese motivo temático sino porque en ella se celebraron importantes acontecimientos como la unificación de Rumanía, con la incorporación oficial de los territorios de Bukovina, Besarabia y Transilvania en 1919. Pero hoy se dedica, ante todo, a conciertos: al cabo del año puede asistirse a cientos de ellos, muchos ofrecidos por la Orquesta Filarmónica Gheorghe Enescu, a precios insólitamente bajos (menos de 3 euros).

Tanto como los vuelos económicos a que antes hacíamos alusión. En ambos casos es lo adecuado, si se tiene en cuenta que el Ateneo se financió con aportaciones populares de los ciudadanos de Bucarest siguiendo el lema Dati leu pentru Ateneu, que significa Dar un león para el Ateneo (el león era la moneda rumana anterior al florín).

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El Puente Zubizuri de Bilbao

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No siempre han de ser lugares o construcciones antiguas, históricas, las que atraigan a ese turista que aprovecha los vuelos baratos para conocer mundo. A veces la modernidad se las compone para resultar interesante y enseguida se convierte en símbolo de una ciudad o país, aún cuando no siempre se vea con buenos ojos. En este mismo blog hemos visto ejemplos, caso del Empire State Building neoyorquino o el Palacio del Pueblo rumano. Algo de todo esto hay en el Puente de Zubizuri, en Bilbao.

Zubizuri significa puente blanco en euskera, alusión al color de esta futurista pasarela peatonal que lleva el sello inconfundible de su autor, Santiago Calatrava, a quien el Ayuntamiento encargó en 1990 unir los dos márgenes de la ría del Nervión, el derecho del Paseo de Campo Volantín y el izquierdo del Paseo Uribitarte (el llamado Ensanche). Se diseñó colgando por tirantes de acero de un arco inclinado, con rampas de acceso para discapacitados y escaleras en cada orilla que daban a un suelo de 560 baldosas de vidrio de diferentes tipos. Este espectacular aspecto fue su virtud y su maldición cuando se inauguró en 1997: aparte de la fragilidad del cristal, que obliga a reemplazar las piezas rotas cada poco, las frecuentes lluvias del norte vuelven muy resbaladizo el firme. El arquitecto valenciano fue acusado de no saber adaptar su obra al húmedo clima cantábrico, como ya le había ocurrido poco antes con las numerosas goteras aparecidas en el aeropuerto vizcaíno de La Paloma, también creación suya.

Pero el Ayuntamiento puso otra pega: el puente se olvidaba de la Alameda de Mazarredo, una calle situada a mayor altura que la orilla de la ría y que conecta con el centro de la ciudad. De manera que en 2006 contrató al arquitecto japonés Arata Isozaki una prolongación que lo uniera con el Paseo de las Torres Isozaki Atea que él mismo había diseñado, como se puede deducir del nombre. Calatrava denunció al Consistorio por considerar que atentaba contra la propiedad intelectual pero los jueces optaron por una solución salomónica: las reformas se conservarían aunque se le compensaría por ello (30.000 euros, que donó a la Casa de Misericordia de Bilbao). Aún así ganó la batalla costumbrista, pues los bilbaínos no hablan del Puente Zubizuri sino del “puente de Calatrava”.

En la actualidad el puente forma parte de ese nueva imagen que la ciudad ofrece junto al Guggenheim, que se encuentra a sólo diez minutos, en lo que supuso la recuperación de la zona de la ría y que atrae a tantos vuelos baratos a Bilbao desde entonces. La última moda es importada de Italia: los enamorados cierran candados en sus cables como prueba de su amor, costumbre iniciada en el Puente Milvio de Roma a raiz de un pasaje de un libro del escritor Federico Moccia (Tengo ganas de tí) que se ha ido extendiendo por otras ciudades; una de ellas Sevilla, donde Calatrava hizo un puente muy parecido.

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El Palau de la Música Catalana

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Quien haya escrito Barcelona en su buscador de vuelos y se haya planteado una visita a este exhuberante Palau de la Música Catalana debe tener en cuenta que, salvo que vaya en un tour, es difícil lograr verlo por dentro: no se hacen reservas y normalmente hay que sacar entrada con días de antelación. Ahora bien, si se consigue, merece la pena.

En 1904 el Orfeón Catalán le encargó al arquitecto Lluís Doménech i Montaner la construcción de una sede social, para lo cual se adquirieron los terrenos que ocupaba el viejo claustro del convento de San Francisco. Las obras duraron cuatro años y en 1908 una nueva joya del Modernismo, aún más suntuosa si cabe que las demás, se erigía en la calle Sant Pere més Alt, en el barcelonés barrio de La Ribera. concebido por su autor como una oda a Cataluña. Al estar en un callejón estrecho es difícil contemplar toda la fachada, realizada en ladrillo rojo con columnas y arcos decorados mediante mosaicos de trencadís (cerámica); quizá por eso la esquina del edificio se convierte en protagonista, con una enorme escultura de piedra (realizada por Miquel Blay) dominada por una gran figura femenina sobre la que se alza San Jorge y que, junto a otras figuras que representan tipos catalanes, es una alegoría de la cançó popular local.

Sin embargo lo más impresionante es el interior. El piso bajo está destinado a oficinas pero el vestíbulo, con una preciosa escalera que alterna piedra con vidrio, prepara al visitante para que, ya en la segunda planta, pueda enmudecer de asombro a la vista del auditorio, la gran sala de conciertos (2.049 personas de aforo) dominada por una espectacular cúpula invertida de vidrio que permite la iluminación natural de la estancia. Algo en lo que ayudan las paredes, también de cristal (caso único en Europa), con pilastras ornamentadas a través de motivos florales y cabezas de dragón entre otros muchos. El escenario, cuyo fondo lo constituyen los tubos del órgano, se halla flanqueado por esculturas de Diego Massana (terminadas por Pablo Gargallo) que representan la música internacional (Cabalgata de las walkirias; Wagner siempre tuvo muchos seguidores en la ciudad condal) y la de Anselm Clavé, creador del Orfeón.

Falla, Stravinsky, Ravel, Prokofiev, Strauss, Caballé y otros clásicos dejaron su arte en el Palau. Pero también Ella Fitzgerald, Serrat, Raimón y actores, pues es un local multidisciplinar. Tanto que incluso alberga actos políticos: en 1960 el público cantó el Els segadors en el centenario del poeta Joan Maragall como protesta por la prohibición franquista, terminando todo con la intervención de la Policía.

En 1971 se declaró Monumento Nacional al Palacio, procediéndose a una restauración. Entre 1983 y 1989 el arquitecto Óscar Tusquets dirigió una ampliación a través de un edificio adosado y en el año 2000 se dotó a éste de biblioteca, archivo y camerinos. Trea años antes, en 1997, la UNESCO le había concedido la categoría de Patrimonio Mundial. Si además de visitarlo turísticamente aprovechando los vuelos baratos a Barcelona se puede asistir a alguno de los más de doscientos conciertos que hay al año, tanto mejor pues su acústica es excepcional.

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Los Museos Capitolinos de Roma

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Quien siga nuestroblog recordará que ya hemos hablado del Capitolio de Roma. Pero entonces circunscribimos nuestros comentarios a la plaza diseñada por Miguel Ángel. Hoy vamos a ocuparnos de sus Museos, que fueron los primeros de la Historia en abrirse al gran público por orden del papa Clemente XII Corsini en 1734.

Si se hace una visita al lugar aprovechando los vuelos de bajo coste no hay que despistarse y sí caer en la cuenta de que tienen dos palacios como sede, uno frente a otro. El primero es el Palazzo Nuovo, proyectado también por el artista florentino aunque no se terminaría hasta 1654, ya en estilo barroco, de la mano de los hermanos Rainaldi. Se trata prácticamente de una gliptoteca ya desde 1471, en que el papa Sixto IV donó a la ciudad un importante grupo de esculturas, la mayoría copias romanas de originales griegos. El museo se estructura en dos pisos pero hay algunos puntos de especial interés: es el caso de la Sala de los Filósofos, que exhibe bustos de sabios griegos procedentes de jardines y bibliotecas y que, pese al nombre, también incluye retratos de políticos romanos. Con ellos descuellan además la Venus Capitolina, el Gálata moribundo y un Discóbolo transformado en guerrero en el siglo XVIII. La estrella, sin embargo, es la estatua ecuestre de Marco Aurelio, un bronce del siglo II d. C. que en 1997 fue retirado de su ubicación original en el centro de la plaza para protegerlo del deterioro.

La segunda sede es el Palazzo dei Conservatori, sede renacentista de los tribunales de justicia construida por Giacomo della Porta siguiendo el diseño de Miguel Ángel, que murió al poco de empezar las obras. Aquí encontrarás pinturas de importantes maestros como el Veronés, Tiziano, Tintoretto, Rubens, Van Dyck o Caravaggio; de éste último es la más celebrada, un joven y poco ortodoxo San Juan Bautista. No obstante, vuelven a ser las esculturas las que se llevan la mayor atención: la delicada Venus Esquilina es casi la contraposición de la cabeza de Constantino, único resto -junto con una mano- de la colosal estatua del primer emperador cristiano. Pero este palazzo es, sobre todo, la “casa” de la Loba Capitolina, el símbolo romano por excelencia: tallada en bronce en el siglo V a. C., las figurillas de Rómulo y Remo que están siendo amamantados fueron añadidos un milenio después.

Los Museos Capitolinos tienen que formar parte de cualquier visita a la capital italiana cuando se reserva billete entre los vuelos baratos a Roma.

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El Museo de cera de Madame Tussaud’s, Londres

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Al hablar del Museo de Cera de Madame Tussaud hay que aclarar que hablamos de Londres, pues el éxito de éste ha permitido abrir otras sedes en Ámsterdam, Las Vegas y Hong Kong. Un espectáculo que atrae cada año a más de dos millones y medio de visitantes, lo que le convierte en uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad. No extraña así que se multipliquen los vuelos de bajo coste con dicho destino.

Y, sin embargo, Marie Grosholz, verdadero nombre de madame Tussaud, era francesa. Nacida en Estrasburgo, para más señas, en el siglo XVIII. Marie aprendió a modelar la cera con un médico llamado Phillippe Curtius que usaba estas esculturas para sus clases de anatomía, aun que todo cambió para ella cuando vio una figura que representaba a madam du Barry, amante del rey Luis XV. Una vez que Marie dominó la técnica se lanzó a explotarla comercialmente. Sus primeras obras fueron retratos de Voltaire y Rousseau, logrando éxito suficiente como para abrir una galería e incluso realizar una muestra en el Palacio Real de Luis XVI. Pero hablar de este monarca equivale a decir revolución y, si antes Marie representaba imágenes del régimen como el duque de Orlèans, la sombra de la guillotina la obligó a plasmar en cera a los personajes que representaban esos tiempos jacobinos, como Robespierre o Marat; bien es cierto que ayudaba a los persegudos por el Terror fabricándoles máscaras. Hasta que la presión debió de hacerse demasiado agobiante y, en 1802, optó por trasladarse a Inglaterra con treinta y cinco de sus maniquíes.

Si tenía éxito en París en su nueva tierra no fue menos. Marie, ya convertida en madame Tussaud, falleció en 1850 pero su museo se convirtió en un clásico. Aún se ve su retrato a la entrada -de cera, por supuesto- pero ahora son otros personajes los que atraen la atención. A la entrada, por ejemplo, hay una enorme sala de celebrities con las que los visitantes pueden hacerse fotos sin cortapisa alguna: Brad Pitt (de momento con Angelina), Morgan Freeman, Leonardo di Caprio, Madonna, Beckham y señora, Los Beatles, Beyoncé, Amy Winehouse, un Hulk de cinco metros de altura… También genuinos ingleses de última hornada como Bond, James Bond-Daniel Craig, o Harry Potter. Incluso una Jennifer López que se ruboriza cuando se le susurra algo al oído.

Pasando por las diferentes salas encontramos políticos (Hitler, Churchill, Blair, Castro…), militares (Napoleón, Nelson, Wellington, Moshe Dayán), deportistas (Mohammed Alí, Fernando Alonso), artistas (Van Gogh, Picasso, Warhol), etc. Una de estas salas es la famosa Cámara de los Horrores, la única en la que no se permiten fotos porque hay alguna otra sorpresa que no desvelaremos. Otra atracción es un recorrido en trenecito por el Espíritu de Londres, un rápido vistazo a sus cuatrocientos años de historia. Por último hay que mencionar, si se adquiere billete para ello, el Madame Tussaud’s Experience, que combina lo descrito con el viaje espacial interactivo por el London Planetarium adjunto.

A quien compre vuelos baratos a Londres para pasar unos días le recomendamos visitar este museo, sito en Marylebone Road, aún cuando requiere dos horas de cola (salvo que se reserve) y el precio es elevado, en torno a 22,50 libras; para abaratarlo se pueden coger entradas familiares -si es el caso- o combinadas para ver también el London Eye.

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La plaza Vendôme de París

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Aprovechando las numerosas ofertas de vuelos hoy vamos de paseo por uno de los lugares más glamourosos de París. Los escaparates de las joyerías y perfumerías que se ubican en él deslumbrarían a cualquiera por la cantidad de ceros de sus precios. Hablamos de la plaza Vendôme, ese ampio espacio octogonal (en realidad cuadrado con las esquinas truncadas) de 214 por 224 metros en el que tienen su sede Cartier, Chaumet o Chanel (quien dio a alguno de sus frascos de perfume la forma de la plaza); también el Hotel Ritz, que multiplicó aún más su fama desde que Diana de Gales y Dodi Al Fayed salieron por su puerta camino de la muerte, suficiente para que docenas de turistas se fotografíen ante él. Justo enfrente, en el primer piso de lo que antes era otro hotel, el Boudard de Saint James, también había muerto (1849) el músico Frederic Chopin.

La plaza fue obra del arquitecto Jules Hardouin-Mansart, el mismo que hizo Versalles, a raiz de un plan urbanístico trazado en 1686 en tiempos de Luis XIV. De hecho, la estatua ecuestre del Rey Sol que hizo François Girardon ocuparía el centro de aquel lugar que llevaría su nombre (Louis le Grand) pensado para albergar los edificios públicos más importantes, como el hotel de las Academias, el de los Embajadores o la Biblioteca Real. Se levantaron las exquisitas fachadas previstas para esos edificios -sólo las fachadas, para la inauguración- y fue derribado el convento des Capucines, aunque se reconstruyó al otro lado de un arco monumental que debía servir de entrada a la plaza. Pero en 1699 cambió el plan; el monarca vendió el terreno a la ciudad, demoliéndose las fachadas y sustituyéndose los edificios públicos por casas privadas uniformes, todas diseñadas por Hardouin, con lo que quedó un espacio cerrado atravesado únicamente por la calle Saint Honoré.

En 1789 los aires violentos de la Revolución Francesa derribaron la estatua y su lugar fue ocupado brevemente por el cadáver del revolucionario Louis-Michet Lepeletier, depositado desnudo y sangrante en el suelo en memoria de su asesinato en una cermonia concebida por el pintor David. De esa época procedió la costumbre de llamar al lugar Plaza de las picas: allí se exhibían, clavadas en largas picas, las cabezas guillotinadas; no en vano Danton dirigía la justicia nacional desde el número 11, el Hotel de la Grande Chancillerie, antes de que su propia cabeza acabara igual. Curiosamente, en 1795 en la puerta del Ministerio -que aún sigue domiciliado ahí pero dos portales más allá-se clavó algo muy diferente: un metro de mármol destinado a acostumbrar a los parisinos al recién adoptado Sistema Métrico Decimal.

La plaza adoptó el nombre actual, Vendôme, bajo el gobierno de Bonaparte. En 1805 el Emperador logró en Austerlitz una de sus victorias más aclamadas y mandó a Jacques Gondouin y Jean Baptiste Lepère erigir en el centro una gran columna de 44 metros para conmemorarla. Imitando a la Trajana, debía ir cubierta con sus glorias militares en un relieve helicoidal y realizarse con el bronce de los 1.250 cañones capturados a rusos y austríacos. Además encargó al artista Antoine-Denis Chaudet coronarla con una estatua suya a la manera clásica, vestido de victor romano. Tras caer Napoleón fue sustituida por una flor de lis pero toda la obra acabó derribada en 1871, durante la revuelta de la Comuna, por su connotación bonapartista (acababa de caer Napoleón III); el famoso pintor Courbet participó en el siniestro y en el renombramiento de la plaza, que pasó a llamarse Internacional. Luego la columna se restauró y Auguste Dumond hizo una nueva estatua, que allí sigue. En 1992 una restauración devolvió a la plaza Vendôme su aspecto más puro, eliminando los aparcamientos.

Tomando uno de los vuelos baratos a París debe estar entre las visitas inexcusables. Es muy probable pasar por ella de camino al vecino Teatro de la Ópera o a las Tullerías, por ejemplo.

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